19 Mayo 20195 Pascua

Homilia de Padre Phil Bloom
Stmaryvalleybloom.org
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5 Pascua
La Unica Cura para una Fe que esta Desanimandose

Mensaje: Tolkien describe cómo la Eucaristía nos sostiene frente a las dificultades y el desaliento. "La única cura para una fe que esta deanimandose", dice, "es la Comunión".

Tú y yo estamos en un viaje, y tenemos una meta. Como dice Juan en el Libro de Apocalipsis, nos dirigimos a "la ciudad santa, la nueva Jerusalén". En esa Nueva Jerusalén, Dios enjugara toda lagrima; no habra muerte, ni pena ni luto. Todo lo antiguo terminara. Dios declarar: "Ahora yo voy a hacer nuevas todas las cosas".

Así es nuestra meta: la Nueva Jerusalén, la ciudad santa. Para alcanzar esa meta, San Pablo nos dice que tenemos que "pasar por muchas tribulaciones". No hay un camino suave hacia la Nueva Jerusalén. "Hay que pasar por muchas tribulaciones", dice Pablo, "para entrar en el reino de Dios".

La pregunta de este domingo es: ¿Qué nos sostiene en el viaje? Para llegar a la Nueva Jerusalén, Dios nos da un alimento especial. Un cuento famoso puede ayudar a entender la comida que Dios nos da. Algunos de ustedes han leído El Señor de Los Anillos o han visto la película. Habla de un viaje: Frodo, acompañado por Samwise, abandona su hogar, la Comarca (Shire), para llevar el anillo malvado a Mordor, Mount Doom. Allí un fuego ardiente puede destruir el anillo. El viaje parece imposible, tantos obstáculos, oposición cruel y mucho sufrimiento. ¿Qué sostiene a Frodo y Sam en el viaje? Probablemente recuerdes - un pan maravilloso llamado Lembos. Una pequeña pieza da energía y fuerza renovadas.

Así es para nosotros. Al igual que los Elfos le dieron a los hobbits Lembos, Dios nos da un pan maravilloso. Como Lembos nos sostiene. En pocos minutos dos personas traerán unas ofrendas: pan y vino. El sacerdote reza sobre ellos. Le pide a Dios que envíe al Espíritu Santo para que el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Cuando recibes este Pan, te une íntimamente con Jesús, y con su Iglesia que tiene dos dimensiones: la Iglesia visible gobernada por el Papa Francisco y la Iglesia invisible. Como vamos a escuchar, la Iglesia invisible incluye a María nuestra Madre, San José, los Apóstoles, junto con todos los santos y ángeles.

Este Pan nos une a Jesús y su Iglesia, visibles e invisibles. Nos sostiene en nuestras penas. J.R.R. Tolkien, el autor de El Señor de los Anillos recibió la comunión diariamente. Cuando su hijo estaba luchando con su fe, Tolkien le escribió: "Desde la oscuridad de mi vida, tan frustrada, te presento la única gran cosa que amar en la tierra: el Santísimo Sacramento...Allí encontrará el romance, gloria, honor, fidelidad y el verdadero camino de todos tus amores en la tierra..."

Tolkien describe cómo la Eucaristía nos sostiene frente a las dificultades y el desaliento. "La única cura para una fe que esta deanimandose", dice, "es la Comunión".

Durante la Pascua estamos siguiendo el programa de dos pasos de Jesús. Primero: la fe, un acto de confianza en Jesús. Segundo, toca su cuerpo. Conéctate con Jesús de una manera material y física. Te pido que lleves a casa esta palabra de Tolkien: "La única cura para una fe que esta deanimandose es la Comunión" Amén.

Homilia de la Parroquia Nuestra Senora de la Caridad del Cobre, Caracas
Homilia.org
5 Pascua
Ya nos hemos olvidado de la Semana Santa, sin darnos cuenta de que aún estamos en Tiempo de Pascua, aún estamos en tiempo de celebración de la Resurrección de Cristo, el más grande acontecimiento de todos los tiempos ... por lo menos para los que nos llamamos cristianos.

Y el misterio pascual, cuyo centro es la Resurrección de Cristo, se completará plenamente con nuestra propia resurrección. Todo creyente, entonces, está en espera de su propia resurrección. Y, más aún, espera también el establecimiento de la nueva Jerusalén, que baja del Cielo. Y no es invento, puesel Evangelista San Juan nos habla de esto en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis.

En efecto, San Juan nos refiere una visión que tuvo de un "Cielo nuevo y tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía. También vi que descendía del Cielo, desde donde está Dios, la ciudad santa, la nueva Jerusalén." (Ap. 21, 1-5).

Para poder entender lo que nos describe San Juan, debemos tener en cuenta el momento en que esto sucede. Es el momento en que volverá Cristo para establecer su reinado definitivo. Es el momento en que Dios "hará nuevas todas las cosas" (Ap. 21, 5). Es el momento en que sucederá nuestra resurrección. Es el momento del fin del mundo.

Necesariamente se nos presenta esta pregunta: ¿Se acabará el mundo algún día? Es enseñanza de la Iglesia Católica, basada en las Sagradas Escrituras, que este mundo –tal como lo conocemos ahora- dejará de existir.

En efecto, la primera tierra, ésta en que vivimos, ya no existirá, así como la conocemos, pues Juan dice haber visto en su visión, "que es Palabra de Dios y Testimonio solemne de Jesucristo" (Ap. 1, 2) una "tierra nueva". Curioso que también hable de "Cielo nuevo".

Y es lógico, porque -nos dice la Biblia Latinoamericana en sus comentarios- ese nuevo Cielo "no será un paraíso para ‘almas’ aisladas ni para puros Ángeles, sino una ciudad de seres humanos que han llegado a ser totalmente hijos de Dios".

¡Por eso San Juan lo llama "Cielo nuevo"! Porque en ese momento ya nuestras almas se habrán unido a nuestros cuerpos y ya habremos sido transformados en seres gloriosos.

De eso precisamente se trata nuestra resurrección. Como la de Cristo. El ya resucitó. Y El nos prometió resucitarnos a nosotros. De eso precisamente se trata el fin del mundo.

Y todos resucitaremos. Nuestra meta es ese "Cielo nuevo". Pero es el mismo San Juan quien nos advierte en su Evangelio: "Los que hicieron bien resucitarán para la Vida; pero los que obraron el mal resucitarán para la condenación" (Jn. 5, 29).

¿Y qué es esa "ciudad santa, la nueva Jerusalén" que baja del Cielo, vestida como una novia que "viene a desposarse con su prometido"? ¿Qué significa todo este simbolismo?

Al terminar la historia, al fin de los tiempos, descubriremos lo que Dios nos ha preparado: la Jerusalén Celestial. Pero no podemos siquiera imaginar cómo será, porque "ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni el corazón humano puede imaginar lo que Dios tiene preparado para aquéllos que lo aman" (1 Cor. 2, 9). Es precisamente lo que trata de explicar San Juan con su visión de esa bellísima ciudad que baja del Cielo, es decir, que proviene del Cielo.

¿En qué consiste, entonces, la Jerusalén Celestial? "Es la morada de Dios con los hombres". Esa nueva ciudad somos nosotros, pueblo de Dios, la Iglesia de Cristo, la novia del Cordero, que viene a unirse definitivamente a Dios: Dios viviendo en nosotros y nosotros en Dios. Algo así como los peces que están en el agua y el agua en los peces.

Notemos que San Juan nos informa que en esa "tierra nueva" ya no hay mar. Simbolismo curioso para indicar que ya no habrá turbulencia, ni agitación, tan propia de las preocupaciones terrenas. Habrá paz, paz verdadera, y seremos plenamente felices, lo que siempre hemos querido, lo que siempre hemos deseado. Y seremos así de felices, porque "Dios enjugará todas las lágrimas, y ya no habrá muerte ni duelo, ni penas, ni llantos, porque ya todo lo antiguo terminó".

Estaremos en medio de una felicidad plena. Una felicidad tal que resulta inimaginable, pues sobrepasa infinitamente todos nuestros conceptos humanos. Y si la pudiéramos imaginar, tampoco podríamos describirla. Lo que nos queda es esperarla.

Por ahora nos toca esperar, esperar con fe y con confianza. Pero nuestra espera no debe ser de brazos cruzados. Mientras nos llega ese momento, debemos tratar de comenzar a vivir esa "morada de Dios con los hombres".

Para eso nos dejó Jesús el "nuevo mandamiento del amor: ámense unos a otros, como Yo los he amado", el cual aparece nuevamente en el Evangelio de hoy (Jn. 13, 31-35).

Este Evangelio es parte de las palabras del Señor a los Apóstoles en la Ultima Cena, enseguida de la salida de Judas del sitio donde estaban. Jesús habla allí de su próxima glorificación, que tendrá lugar con su pronta Resurrección. Nos habla de la glorificación que por El, recibe también el Padre. Se glorifican mutuamente Padre e Hijo y en ambas direcciones: del Padre al Hijo, del Hijo al Padre.

¿Cómo sucede esta glorificación? Sucede porque el Hijo cumple en todo la Voluntad del Padre, inclusive la muerte en la cruz. Luego es glorificado con su Resurrección.

Nosotros también esperamos nuestra glorificación, la cual tendrá lugar con nuestra propia resurrección, cuando Cristo venga a establecer su reinado definitivo. Pero antes, como dice la Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hch. 14, 21-27) "hay que pasar muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios".

No hay resurrección sin cruz. No hay gloria sin tribulación. Unos más, otros menos. Unos antes, otros después. Todo sufrimiento es para nuestra purificación con miras a esa glorificación futura. Todo sufrimiento aceptado en imitación a Cristo y en unión con su sufrimiento, sirve de modo privilegiado para nuestro bien espiritual y para bien de otros.

Así, no sólo seremos glorificados, sino que daremos gloria a Dios desde aquí en esta vida terrena. Como el Padre al Hijo y el Hijo al Padre. Es lo que vivieron Pablo y Bernabé en sus recorridos por las comunidades paganas que se iban convirtiendo al Evangelio.

Eran verdaderos instrumentos del Señor y así lo señalan: "Al llegar reunieron a la comunidad y les contaron lo que había hecho Dios por medio de ellos y cómo les había abierto a los paganos las puertas de la fe".

Y esto sucedía, no sólo por su trabajo evangelizador, necesario -por supuesto- y por los prodigios que Dios realizaba a través de ellos, como el caso del tullido de nacimiento que acababa de sanar el Señor por medio de Pablo (cf. Hch. 14, 8), sino que sucedía también porque sabían aceptar todas las tribulaciones causadas al tratar de difundir el Evangelio (cf. Hch. 14, 19).

Ese amor de amarnos como El nos ha amado, el cual nos pide Jesús en este Evangelio, es exigente, pues -pensemos bien- El nos amó a tal extremo que se dejó matar por nosotros, por nuestra salvación, para luego ser glorificado y glorificarnos a nosotros también.

Ese amor exige nuestra entrega total a Dios y nuestra disponibilidad de servicio a los hermanos. Entregados a Dios, El sabrá cómo usar nuestra entrega y nuestra disponibilidad en bien de nuestros hermanos. El irá indicando el camino de nuestro servicio a los demás.

Así se va construyendo la Nueva Jerusalén desde aquí, pues Dios comienza a establecer su morada en medio de nosotros y a establecer su Reino de justicia y de gracia, de amor y de paz.

Que así sea.
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