10 Febrero 20195 Tiempo Ord

Homilia de Padre Phil Bloom
Stmaryvalleybloom.org
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Tocar Fondo (10 de febrero de 2019)

Mensaje: Cuando tocamos fondo, podemos escuchar a Jesús decir: "No tengas miedo".
Hoy escuchamos acerca de tres hombres que tocaron fondo, que reconocieron su indignidad radical. Isaías dice: "¡Ay de mí, estoy perdido! Porque soy un hombre de labios impuros, que habito entre un pueblo de labios impuros". Pablo dice: "Yo soy el ultimos de los apóstoles, no soy digno de ser llamado apóstol..." Y Pedro dice: "Apartate de mí, Señor, porque soy un pecador". Estos hombres no estan practicando la falsa modestia. No, están mirando como es. Se dan cuenta del abismo entre Dios y el hombre. La distancia entre nosotros y Dios es mayor que la distancia entre nosotros y un gusano. El gusano, después de todo, puede llevarse bien sin nosotros. Sin embargo, nuestra dependencia de Dios es total y continua. No habríamos llegado a existir ni ser sostenidos por un instante sin él. Nuestra existencia depende totalmente de Dios. Sin embargo, queremos hacernos pequeños dioses. La semana pasada los nazarenos dieron un ejemplo arquetípico. En su hijo nativo, Jesús, tienen el mayor tesoro de la historia, pero cuando comenzó a revelar su verdadero estado, quisieron arrojarlo desde un precipicio (Lucas 4:29). Del mismo modo, reaccionamos cuando Jesús infringe lo que consideramos nuestro: mi tiempo, mi dinero, mi cuerpo. Como Isaías y Pedro, a veces queremos escapar y escondernos de Dios. El vacío y el miedo resultantes pueden llevar a contemplar el suicidio.

Una vez escuché sobre el hombre que tocó fondo. La fecha fue el 16 de octubre de 1978 y este hombre cansado se sentó en un hotel romano. Había hecho un lío de cosas y estaba convencido de que su vida no valía nada. Sobre la mesa colocó un pequeño montón de pastillas y un vaso de whisky. Al fondo una radio tocaba con noticias de la elección papal. Una voz eslava staccato dijo: "No Avete Paura - No tengas miedo". Al escuchar esas palabras, algo se elevó en su corazón. Barrió las pastillas en un cesto de basura y vertió el whisky en el fregadero. El hombre tocó fondo, pero comenzó a subir. Para venir a Jesús, tú y yo, en algún sentido, necesitamos tocar fondo. Dios no permita que debamos contemplar el suicidio. Hay una mejor manera de "tocar fondo". Intenta meditar sobre Isaías, Pablo o Pedro, y escucha sus gritos de angustia.

Entonces reconozca que estamos rodeados de personas en situaciones desesperadas: personas sin hogar, enfermos terminales, personas cuyas vidas se están desmoronando. Considera que tu vida eventualmente se desenredará. Puede que parezcas seguro ahora, pero querido hermano, tu mundo se desmoronarará. Cuando tocamos fondo, podemos escuchar a Jesús decir: "No tengas miedo". Ahora es el momento de venir a Jesús, admitirle nuestra inmundicia, nuestro pecado. Entonces podemos aprender de Pablo que dijo que "no era digno de ser llamado apóstol" porque persiguió a la iglesia de Dios. La película Pablo Apóstol de Cristo lo muestra en una prisión romana con flashbacks (recuerdos rapidos) sobre la caza de hombres, mujeres y niños inocentes. Esos vergonzosos recuerdos lo deprimen, pero Jesús lo levanta: "por la gracia de Dios, soy lo que soy, y su gracia para mí no ha sido ineficaz". Luego, con honesto orgullo, añade. "He trabajado más duro que todos ellos; sin embargo, no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo". Amén


Homilia de la Parroquia Nuestra Senora de la Caridad del Cobre, Caracas
Homilia.org
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Domingo 5 del Tiempo Ordinario - Ciclo "C"
10 de Febrero de 2019

Las tres lecturas de hoy, nos presenta a tres hombres: Isaías, Pedro y Pablo. Tres personas ... como cualquiera de nosotros. Escogidos por Dios, llamados por Dios, que supieron responder a Dios. "Aquí estoy, Señor. Envíame", le respondió Isaías, a quien vemos en la Primera Lectura (Is. 6, 1-8). En el Evangelio vemos a Pedro, acompañado de Santiago y Juan. "Desde hoy serás pescador de hombres", le dijo Jesús a Pedro. Entonces, "llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron (Pedro, Santiago y Juan)" (Lc. 5, 1-11). En la Segunda Lectura vemos a Pablo. Y recordamos la lectura del día que celebramos su conversión (25 de enero) cuando, respondiendo a la luz y la voz que oye camino a Damasco, pregunta: "¿Qué debo hacer, Señor?" (Hech. 22, 3-16). En los relatos del llamado que Dios les hace, podemos apreciar cómo Dios se manifiesta a cada uno de estos hombres por El escogidos. Y se manifiesta en forma poderosa, impresionante, convincente. Al Profeta Isaías se le presenta en una visión que lo deja estupefacto.

En breves momentos de intimidad con Dios, Isaías puede apreciar la santidad y el poder de Dios. Ni siquiera puede describir a Yahvé, porque sólo ve que "la orla de su manto llenaba todo el Templo". Y queda invadido de un temor que no es susto: es la sensación que se experimenta al estar ante Dios. Capta, entonces, esa distancia abismal que hay entre Dios y él. Así, reducido a su realidad, siente no sólo su nada, sino también su indignidad y su impureza. Cuenta Isaías que uno de los Serafines, que se encontraba junto a Dios, llevando una brasa a su boca, le dice: "Tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados están perdonados". Así, cuando siente la voz del Señor preguntando "¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte mía?", Isaías no duda y enseguida responde: "Aquí estoy, Señor. Envíame". Muchas enseñanzas nos trae este pasaje. No podemos inventarnos misiones de parte de Dios; no podemos asumir por nuestra propia cuenta y riesgo misiones específicas como si vinieran de parte de Dios.

Pero ¡eso sí! cuando Dios llama, no hay pretexto que valga para decir no. Ni siquiera sirve el creerse incapaz o el no sentirse digno. Porque lo que sí sabemos es que si Dios llama, equipa bien a sus enviados. Tal es el caso de los Apóstoles. Nos cuenta el Evangelio que Jesús se subió a la barca de Pedro, con quien -por cierto- ya había tenido un contacto previo (cfr. Jn. 1, 35-42), y le pide alejarse un poco de tierra, para predicar desde allí. Al final de la predicación les ordena ir más adentro para pescar. Pedro, pescador experimentado, dice que no hay pesca, que ya han probado, pero "confiado en tu palabra, Señor, echaré las redes". Sucedió, entonces, la llamada "pesca milagrosa": atraparon tantos peces que "las barcas casi se hundían". Al ver la manifestación del poder de Dios, a Pedro le sucede como a Isaías: se reconoce pecador e indigno y siente ese temor reverencial, que no es miedo. "¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!". "No temas. Desde ahora serás pescador de hombres", le dice el Señor.

Y nos cuenta el Evangelio que llevaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron. A San Pablo le sucede lo mismo, cuando camino a Damasco para perseguir cristianos, la luz divina lo tumba al suelo y queda enceguecido. Su sentimiento de indignidad lo resume en una palabra terrible, que nos trae la Segunda Lectura de hoy: "Finalmente se me apareció también a mí, que soy como un aborto? indigno de llamarme apóstol" (1 Cor. 15, 1-11). Aunque indignos, fueron escogidos por Dios. ¿Y quién es digno? ¡Nadie! ¿Y quién es de veras capaz? ¡Nadie! Pero es que esas deficiencias no cuentan, porque cuando Dios llama, Él mismo purifica, prepara y equipa al escogido para la misión que le encomienda. Y San Pablo nos explica qué es lo que sucede: es Dios Quien obra en quien ha llamado. "Por gracia de Dios soy lo que soy ... he trabajado ... aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios".


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