21 Octubre 201829 Tiempo Ord

Homilia de Padre Phil Bloom
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Homilia de la Parroquia Nuestra Senora de la Caridad del Cobre, Caracas
Homilia.org
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Domingo 29 del Tiempo Ordinario - Ciclo "B"
21 de Octubre de 2018

Las Lecturas de hoy se refieren al sufrimiento, en comparación con los deseos de reconocimiento y de honra que -equivocadamente- alimentamos y promovemos los seres humanos. En la Primera Lectura del Antiguo Testamento se anuncian los sufrimientos de Cristo y su finalidad. "El Señor quiso triturar a su siervo con el sufrimiento", anunciaba el Profeta Isaías. "Cuando entregue su vida como expiación ... con sus sufrimientos justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos" (Is. 53, 10-11). En efecto, nos dice el Evangelio (Mc. 10, 35-45): "Jesucristo vino a servir y a dar su vida por la salvación de todos".

Y el sacrificio de Cristo, anunciado desde el Antiguo Testamento y realizado hace 2018 años menos 33 (hace 1985 años), se re-actualiza en cada Eucaristía celebrada en cada altar de la tierra. ¡Gran milagro! "El más grande de los milagros", lo proclamaba el Papa Juan Pablo II en una de sus Catequesis de los Miércoles del año 2000, dedicada a la Eucaristía. Y nos comentaba Juan Pablo II en su Encíclica sobre la Eucaristía (Ecclesia de Eucharistia») que los Apóstoles, habiendo participado en la Última Cena, tal vez no comprendieron el sentido de las palabras que salieron de los labios de Cristo en el Cenáculo. Aquellas palabras vinieron a aclararse plenamente al terminar el Triduo Santo, lapso que va de la tarde del Jueves Santo hasta la mañana del Domingo de Resurrección. Nos dice el Papa que la institución de la Eucaristía, en efecto, anticipaba sacramentalmente los acontecimientos que tendrían lugar poco más tarde, comenzando con la agonía de Jesús en el Huerto de Getsemaní.

Vemos a Jesús que sale del Cenáculo, baja con los discípulos, atraviesa el arroyo Cedrón y llega al Huerto de los Olivos. En aquel huerto había árboles de olivo muy antiguos, que tal vez fueron testigos de lo que ocurrió aquella noche, cuando Cristo en oración experimentó una angustia mortal. La sangre, que poco antes había entregado a la Iglesia como bebida de salvación, al instituir la Eucaristía durante la Ultima Cena, comenzaría a ser derramada con los azotes, la corona de espinas, y su efusión, hasta la última gota, se completaría después en el Calvario. Y entonces su Sangre se convierte en instrumento de nuestra redención. "En este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual. Con él instituyó una misteriosa "contemporaneidad" entre aquel Triduo y el transcurrir de todos los siglos" (JP II-Ecclesia de Eucaristía).

Recuerdo. Memorial. Re-actualización. Son todas palabras que definen lo que realmente sucede en la Santa Misa. Es decir, en cada Eucaristía se recuerda, se revive, se re-actualiza, más aún, se hace presente el Sacrificio de Cristo: su muerte para salvación de todos. Estamos en el Calvario cuando estamos en Misa. La escena del Calvario se hace presente en la Misa. ¡Gran Milagro! Nos dice la Encíclica que cuando se celebra la Eucaristía … se retorna de modo casi tangible al momento de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, se retorna a su «hora», la hora de la cruz y de la glorificación. A aquella hora vuelve espiritualmente todo Presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella". La Segunda Lectura (Hb. 4, 14-16) nos habla de Cristo como nuestro Sumo Sacerdote. El Sumo Sacerdote era el jefe del Templo en el Antiguo Testamento, el que ofrecía la víctima del sacrificio. Jesucristo, entonces, no sólo es Sumo Sacerdote, sino que El mismo es la Víctima. Y San Pablo nos recuerda que Jesús pasó por el sufrimiento, que El comprende nuestro sufrimiento, pues El lo experimentó hasta el extremo. Tembló ante el sufrimiento y la muerte, pero lo hizo todo para nuestra salvación.

Jesús no retrocede ante la perspectiva del dolor y el sufrimiento extremo. De hecho, comentó a un grupo de sus seguidores después de su entrada triunfal a Jerusalén, días antes de su muerte: "Me siento turbado ahora. ¿Diré acaso al Padre: líbrame de la hora? Pero no. Pues precisamente llegué a esta hora para enfrentar esta angustia" (Jn. 12, 27). Y justo antes de plantearnos su angustia nos pidió a nosotros que hiciéramos como El: "Si el grano de trigo no muere, queda solo, pero si muere da mucho fruto. El que ama su vida la destruye, y el que desprecia su vida en este mundo la conserva para la vida eterna" (Jn. 12, 25-26). Si El sufrió, El sabe lo que nos está pidiendo. Si El sirvió, El sabe lo que nos está pidiendo. "Acerquémonos, por tanto, en plena confianza, al trono de gracia". No hay que temer al sufrimiento. Hay que acercarse a éste "en plena confianza". El sufrimiento es un "trono de gracia". Pero ¡qué distinto vemos los humanos el sufrimiento!

A la luz de lo que Cristo ha hecho por nosotros, cabe pensar entonces cómoaceptamos nosotros el sufrimiento. Cabe cambiar nuestra visión del sufrimiento, si no tenemos la adecuada. Para ello, cabe recordar cómo recibieron los Apóstoles el anuncio de la pasión y muerte del Mesías. Es insólito ver la reacción de éstos ... Y más insólito aún resulta observar nuestras reacciones al sufrimiento. ¿Cómo son?

El Evangelio de hoy nos narra lo que sucedió enseguida de que Jesús, aproximándose con sus discípulos a Jerusalén, les anunciara por tercera vez su Pasión. (cfr. Mc. 10, 32-34). Ahora bien, lo insólito está en observar que enseguida de este patético, pero también esperanzador anuncio -pues lo cierra el Señor asegurándoles que a los tres días resucitará- los hermanos Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, los más cercanos a Jesús además de Pedro, parecen no darle importancia a lo anunciado y le piden -¡nada menos!- estar sentados "uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria". Poder y gloria. Posiciones y reconocimiento. ¡Cómo somos los seres humanos! ¿Cómo reaccionamos ante anuncios de sufrimiento? Estos dos evadieron la idea misma del sufrimiento y pensaron más bien en los honores, en los puestos, en el poder… para cuando ya todo hubiera pasado. De allí la respuesta de Jesús: el que quiera tener parte en la gloria, deberá pasar por la dura prueba del sufrimiento. Y les pregunta si están dispuestos. No habían siquiera comenzado a comprender el misterio de la cruz, pero ambos, Santiago y Juan, responden que sí están dispuestos. No sabían lo que decían, pero su respuesta fue "profética", pues más adelante supieron sufrir y morir por Él. ¡Ah! Pero es que primero tuvieron que morir a sus aspiraciones a ser los primeros, para convertirse en servidores, como su Maestro. En el seguimiento a Cristo no hay puestos, ni competencias, ni pre-eminencias, ni ambiciones, ni afán de honores, de glorias, de triunfos. Es al revés:
El que quiera ser grande, que se humille.
El que quiera elevarse, que se abaje.
El que quiera sobresalir, que desaparezca.
El que quiera destacarse, que se opaque.
El que quiera ser primero, que sirva.

Jesús nos da el ejemplo. El, siendo Dios, el Ser Supremo, lo máximo, ha venido "a servir y a dar su vida por la salvación de todos".
Es lo que se re-actualiza en cada Eucaristía. Es lo que cada uno de nosotros debe re-actualizar en su vida: servir, aún en el sufrimiento, en la cruz de cada día, y hasta en la muerte. ¿Para qué? Pues para la propia salvación y para la salvación de otros. Una santa cuya fiesta es este mes, Santa Teresa de Jesús, logró entender muy bien eso del sufrimiento. Y lo explicaba con su usual sentido común: "¡Oh Señor mío! Cuando pienso de qué maneras padecisteis y como no lo merecíais, no sé dónde tuve el seso cuando no deseaba padecer" (Camino, 15, 5). ¿Dónde tenemos el seso los que no queremos sufrir? Nuestra honra no está en evitar el sufrimiento, ni está en los reconocimientos humanos. Nuestra honra está en la gloria eterna. Y a ésa tenemos acceso justamente porque Jesucristo, con su sufrimiento, muerte y resurrección, la ha ganado para todos… para todos los que quieran llegar a ella.

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