Miércoles de Ceniza - Ciclo "B" -
22 de Febrero de 2012 -
Las Lecturas de este importante día con que la Iglesia da inicio
a la Cuaresma, el Miércoles de Ceniza, nos llaman a la
conversión, al arrepentimiento y a la humildad ... todas cosas
que hay que tener en cuenta en este tiempo especial que llamamos
Cuaresma, durante el cual debemos prepararnos para la
conmemoración de la Pasión y Muerte del Señor y la
celebración de su Resurrección triunfante el Domingo de
Pascua.
Conversión, arrepentimiento y humildad van entrelazadas entre
sí para darnos un verdadero espíritu cuaresmal. Por eso
comenzamos hoy la Cuaresma en penitencia: hoy es día obligatorio
de ayuno y abstinencia para todos los Católicos. Hoy es
día de Imposición de la Ceniza, ritual por el que -en
humildad- reconocemos lo que somos (nada ante Dios) y lo que debemos
hacer (arrepentirnos y regresar a Dios o acercarnos más a El).
Y ¿qué es la ceniza? ¿Qué significado tiene
el ritual de imposición de la ceniza?
La Ceniza no es un rito mágico, ni de protección especial
-como muchos podrían considerarlo. La ceniza simboliza a la vez
el pecado y la fragilidad del hombre.
Veamos lo que es la ceniza y el polvo en la Sagrada Escritura.
Isaías habla del idólatra como “un hombre que se alimenta
de cenizas” (Is. 44, 20).
La idolatría, el gran pecado de los tiempos antiguos, pero
también de ahora, porque cada civilización se crea su
propios ídolos, a los que el Libro de la Sabiduría
denomina “invenciones engañosas de los hombres” (Sab. 15, 4).
Hoy en día tenemos también nuestros propios inventos,
nuestros propios ídolos. Así que el término de
idólatra también se refiere a nosotros hombres y mujeres
del Tercer Milenio.
Y he aquí lo que nos dice el Señor sobre los
idólatras: “Su corazón es cenizas, su esperanza es
más vil que el polvo, su vida más miserable que la greda,
porque desconoce al que lo formó y le infundió un alma
capaz de actuar y un espíritu de vida” (Sab. 15, 10).
Dios, por boca del Profeta Ezequiel, anunciando la destrucción
de la ciudad de Tiro, dice así de sus habitantes, expertos en
navegación y comercio, pero pecadores porque embuidos en su
riqueza material, no tenían en cuenta a Dios: “se
cubrirán la cabeza de polvo y se revolcarán en ceniza”
(Ez. 27, 30).
Y el Señor, a través del mismo Profeta Ezequiel,nos hace
ver que el resultado del pecado no puede ser sino la ceniza, cuando se
refiere al Rey de Tiro: “Te he reducido a cenizas” (Ez. 28, 18).
Así que para reconocer ante los demás y para convencerse
a sí mismos que realmente eran “polvo y ceniza”, algunos
personajes de la Biblia se sientan sobre ceniza o se cubren la cabeza
de ceniza: Job (Job, 42, 6); el Rey de Nínive, ante la
predicación de Jonás (Jonás 3, 6).
Jesús mismo menciona la costumbre de revestirse de ceniza al
referirse a dos ciudades que no habían acogido su mensaje de
salvación (Mt. 11, 20-24).
Al saber de los desmanes que Holofernes, jefe del ejército de
Nabucodonosor, había hecho en los pueblos vecinos, los
israelitas, recién regresados del exilio en Babilonia, se
asustan, por lo que “todos los habitantes de Jerusalén ... se
cubrieron la cabeza con cenizas” (Judit, 4, 11).
En Abraham, nuestro padre en la fe, modelo de humildad, docilidad y
entrega a Dios, la ceniza tiene su verdadero sentido, cuando orando se
reconoce nada ante el Creador: “Sé que a lo mejor es un
atrevimiento hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza” (Gn.
19, 27).
Cubrirse de cenizas significa, entonces, el realizar en forma tangible
un reconocimiento público, por el cual nos declaramos
frágiles, incapaces, pecadores, en busca de la misericordia de
Dios.
Al que reconoce y realmente cree que es nada, al que se sabe necesitado
de la misericordia divina y de la salvación que nos trajo
Jesucristo, El cambia la tristeza en alegría y la ceniza en
corona, cuando nos promete por boca del Profeta Isaías “una
corona en vez de ceniza” (Is. 61, 3).
El Ritual de la Imposición de la Ceniza nos lleva, entonces, a
recordar nuestra nada. Las palabras de una de las fórmulas de
imposición de la ceniza nos recuerdan lo que somos: “Polvo eres
y al polvo volverás”. Es decir, nada somos ante Dios.
Somos tan poca cosa como ese poquito de ceniza, ese polvillo, que se
vuela con un soplido de brisa, o que desaparece con tan sólo
tocarlo. Eso somos ante Dios: muy poca cosa ... como es ese resto
proveniente de ramos o palmas benditas quemados con anterioridad, que
es la ceniza.
Y los hombres y mujeres de hoy necesitamos ¡tanto! darnos cuenta
de nuestra realidad:
Nos creemos tan grandes ... y somos ¡tan pequeños!
Nos creemos capaces de cualquier cosa ... y somos ¡tan
insuficientes!
Nos creemos capaces de valernos sin Dios o a espaldas de El ...
y somos ¡tan dependientes de El!
El fruto más importante de un Miércoles de Ceniza bien
comprendido es la conversión. Precisamente las palabras que
posiblemente serán pronunciadas en el momento de la
Imposición de la Ceniza son las siguientes: “Conviértete
y cree en el Evangelio”. Es importante tomar en cuenta estas palabras.
El Ritual de la Imposición de la Ceniza tiene por fin, entonces,
llevarnos a la conversión. Y ¿qué es convertirse?
Nos lo explica la Primera Lectura del Profeta Joel: “Vuélvanse a
Mi de todo corazón ...... Vuélvanse al Señor Dios
nuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera
y rico en clemencia”.
Convertirse es volverse a Dios: regresar a Dios o acercarse más
a El. ¿Cuánto tiempo toma convertirse? La
conversión es un programa de toda la vida. Todos -sin
excepción- necesitamos convertirnos: hasta el más santo
puede todavía ser más santo aún.
Y la conversión debe ser verdadera, no aparente. Por eso nos
dice Joel: “enluten su corazón, no sus vestidos”. Es decir: el
cambio debe ser interior, en el corazón. El cambio no puede ser
la ceniza en la frente sin un verdadero regreso (si es que estamos de
espaldas a Dios) o un verdadero acercamiento (si es que estamos de
frente a Dios).
En esto consiste el verdadero arrepentimiento de las faltas, pecados,
vicios, etc. Cada uno, en el interior de su corazón sabe
cuál es aquella falta que el Señor desea que deje. Y la
Cuaresma es el tiempo propicio para ese arrepentimiento. Y el
arrepentimiento es una gracia que el Señor nos concede si
realmente lo deseamos, si verdaderamente lo buscamos.
“Pues bien”, nos dice San Pablo en la Segunda Lectura, “ahora es el
tiempo favorable; ahora es el día de la salvación”. El
Señor, que siempre está abierto a perdonar a quien desee
arrepentirse, el Señor que siempre está dispuesto a
ayudar a quien desee ser mejor, está especialmente pendiente en
este día de penitencia en que nos humillamos
reconociéndonos “polvo”, y también en este tiempo de
gracia llamado Cuaresma, que hoy comenzamos.
Por eso decíamos al comienzo que el verdadero espíritu de
la Cuaresma está en estas palabras: conversión,
arrepentimiento y humildad.
¿Cómo llegar a este espíritu cuaresmal? Jesucristo
nos indica en el Evangelio los medios especiales para ser humildes,
para arrepentirnos y para convertirnos. Son la oración, la
penitencia o el ayuno, y la limosna.
Durante estos cuarenta días que nos preparan para la Semana
Santa, intensifiquemos nuestra oración.
¿No rezas nada? Comienza por rezar un Padre Nuestro, una Ave
María y un Gloria. ¿Ya haces esto? Trata de rezar una
decena del Rosario, ven a hacer una visita a Jesús, que
está presente en el Sagrario.
¿No vas a Misa los Domingos? Ven, a partir de hoy, todos los
Domingos a Misa. ¿Ya haces esto? ¿Por qué no venir
algún día o varios días durante la Semana, a Misa
y a comulgar?
¿Necesitas confesarte para aliviar esa culpabilidad que pesa y
que molesta y que, además, ofende al Señor?
¿Qué mejor tiempo que éste, que es tiempo de
arrepentimiento y conversión?
El ayuno, que puede ser más estricto o menos estricto,
según se pueda, es un ingrediente importante dentro del
espíritu cuaresmal y es un sacrificio agradable a Dios. Negarse
algo que a uno le gusta es un buen ejercicio espiritual.
Puede ayunarse no sólo de alimentos y de bebidas. Puede ayunarse
de cigarrillo. Puede ayunarse de televisión, por ejemplo.
¡Qué bien nos haría personalmente y qué bien
haríamos dedicando parte del tiempo que pasamos ante el
televisor o en internet, en orar en familia, en leer o estudiar la
Biblia o en hacer alguna obra buena en favor de alguien necesitado de
una enseñanza, de un consejo o de una ayuda cualquiera!
La limosna a los necesitados se refiere a todas las obras de
misericordia, tanto materiales como espirituales: dar de comer al
hambriento de pan ... o al hambriento de conocimiento de Dios. La
práctica de las obras de misericordia, cuando se realiza con
recta intención, es decir, con el sincero deseo de agradar a
Dios y de ayudar, es fuente de muchas gracias.
Pero recordemos: oración, penitencia y obras de caridad,
realizadas siempre en humildad, como muy expresamente nos pide el
Señor en el Evangelio. Quien haga estas cosas para ser
reconocido o alabado, no sólo se pierde de sus frutos y de
practicar un verdadero espíritu cuaresmal, sino que comete ese
pecado escondido de falta de rectitud de intención, de impureza
de corazón.
La oración y la penitencia son medios para regresar a Dios y
para acercarnos más a El. Las obras de caridad son el fruto de
esa conversión. De eso se trata la Imposición de la
Ceniza, de eso se trata la Cuaresma que hoy iniciamos.
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