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4 Tiempo Ord |
Liberacion
de Adicion
(29 de enero de 2012)
Tema básico: Jesus libero a Dostoievski del espiritu inmundo de
los juegos de casino. Tambien nos puede libero de la adiccion.
En el evangelio de hoy oímos de un hombre atormentado por un
espíritu inmundo que le sacude incontrolablemente. Al principio
parece que está muy lejos de nuestro mundo. Sin embargo, cuando
uno lo piensa bien, tal vez no está tan diferente. Siempre
leimos en los periódicos de personas que actuan bajo una
compulsión inexplicable, que hacen cosas que casí no se
puede imaginar. Además nosotros conocemos algunos que parecen
comunes y corrientes, pero unas adicciones auto-destructivos los han
agarrado. Y la mayoría de nosotros hemos tenido aquel tipo de
experiencia, al menos durante unas etapas de nuestra vida. Tal vez no
lo identicamos como un "espíritu inmundo," pero nos encontramos
captivados por un poder que está fuera de nuestro control. Es
común que unos con grandes habilidades mentales caen como
victimas de una compulsión irrazonable.
Quisiera usar un ejemplo de uno de los mayores genios del tiempo
moderno. Lo mencioné el domingo pasado - el novelista ruso
Fiodor Dostoievski. Es conocido como el "maestro del corazón
humano" a causa de visión sicológica penetrante, pero
tenía dificultad en dominar sus propias emociones. Un "demonio"
que le afligió era una adicción a los juegos. Un
día había entrado en un casino y apostó en una
ruleta. Ganó - y le pareció que había encontrado
la solución a sus problemas económicos. Desgraciadamente,
no paró cuando estaba ganando; seguió jugando y
perdió todo. Saliendo del casino, entregó su anillo y
reloj a un prestamista. Perdió ese dinero también.
Después, se sintió miserable, no solamente por las
pérdidas, sino porque se había entregado a una actividad
febril que le hizo actuar con temeridad. Resolvió no jugar
más. A su señora le prometió que
terminaría, pero era una promesa que ella escucharía
muchas veces. El juego lo sumergió a Dostoievski en una deuda
siempre aumentando; puso en peligro su matrimonio y familia.
Siguió así por varios años.
Un día las cosas cambiaron. Dostoievski había juntando
una cantidad de dinero equivalente a unos doscientos dólares.
Calculó cuidadosamente que parte arriesgaría y que parte
guardaría. Como siempre, la compulsión lo superó y
no solamente apostó todo, sino pidió a los otros
jugadores prestarle dinero, ofreciendo parte de su ropa como fianza. A
las nueve y media de la noche salió del casino, lleno de
remordimiento. Decidió buscar un sacerdote para confesarse. A la
distancia, atisbó lo que parecía como una iglesia rusa.
Pero cuando llegó, resultó que era una sinagoga
judía. Más tarde escribió, "Era como alguien
echó agua fría sobre mí. Fui corriendo a mi
casa..." Desde aquel día, jamás entró otro casino.
No sabemos exactamente lo que sucedió a Dostoievski aquella
noche, pero en alguna manera su adicción fue quebrada.
Ciertamente tenía algo que ver con deseo de confesarse sus
pecados y buscar el perdón de Cristo. Era como si el
espíritu inmundo fuera echado de él. Entró en lo
que eran unos de los años más productivos - y más
felices - de su vida.
Cuando vemos tales cosas sucediendo - y suceden, aun hoy - solamente
podemos admirar y reaccionar como la gente de Cafarnaúm:
“¿Qué es esto? ¿Que nueva doctrina es ésta?
Este hombre tiene autoridad para mandar a los espíritus inmundos
y lo obedecen.” Jesús también puede librarte a tí
- y a mí.
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English Version
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4 Tiempo Ord |
DOMINGO 4 del Tiempo Ordinario - Ciclo "B" -
29 de Enero de 2012 -
La Primera Lectura del Deuteronomio nos habla de la promesa que
Yahvé hizo al pueblo prometiéndole profetas que les
dirían lo que El les mandara a decir. Nos dice esta lectura que
el pueblo había pedido a Dios que no quería volver a
oír su voz. Por eso, “en aquellos días, habló
Moisés al pueblo, diciendo: ‘El Señor Dios hará
surgir en medio de ustedes, entre sus hermanos, un profeta como yo. A
él lo escucharán” (Dt. 18, 15-20). Así lo
prometió Dios a Moisés y así fue con toda la serie
de profetas de los cuales leemos en el Antiguo Testamento (escritores y
no escritores, mayores y menores), que sucedieron a Moisés,
hasta que llegó “el Profeta”, que no es otro sino el mismo Dios
hecho Hombre: Jesucristo.
Profeta es quien dice al pueblo de Dios lo que Dios quiere que se le
diga. Profeta no es simplemente quien habla de Dios; es, más
bien, quien habla en nombre de Dios y bajo su inspiración. El
profeta es a la vez receptor y transmisor: recibe la palabra de Dios y
la transmite. Se dice que el profeta es “boca de Dios”, pues el profeta
habla con su boca la palabra de Dios.
Ahora bien, Jesucristo es la Palabra misma; es decir, Jesucristo es la
expresión de Dios para nosotros los seres humanos. De
allí que Jesús, al comenzar a predicar y a actuar,
sorprendiera a la gente de su época. Nos dice el Evangelio de
hoy que, al enseñar,“sus oyentes quedaron asombrados de sus
palabras”. Y al expulsar un demonio, “todos quedaron estupefactos ... y
decían ‘este hombre sí tiene autoridad pues manda hasta a
los espíritus inmundos y éstos le obedecen’” (Mc. 1,
21-28). Jesucristo era el Profeta que, además de hablar en
nombre de Dios y de enseñar con autoridad, también
expulsaba a los demonios.
Sobre la lucha contra los espíritus malignos es importante tomar
en cuenta algunas recomendaciones. Como el Demonio y los demonios
están siempre al acecho para hacer caer a los seres humanos en
el pecado y para hacerlos andar por el camino que lleva a la
condenación, debemos recordar que Jesucristo nos habla de la
importancia de la vigilancia.
Y el medio más eficaz de vigilar, para impedir que el mal se
acerque a nosotros es vigilar en oración, llenando así
nuestro corazón de Dios que es Quien expulsa el Mal. Así
el Enemigo no podrá encontrar sitio en nuestro corazón. Y
no tiene sitio allí si la persona está bien unida a Dios.
¿En qué consiste esa unión con Dios? Consiste en
aceptar la Voluntad de Dios y renunciar a la propia voluntad. Consiste
en aceptar los deseos de Dios y renunciar a los propios deseos.
Consiste esa unión con Dios en aceptar la forma de pensar y de
ser de Dios y renunciar a las propias formas de pensar y de actuar. Y
esto es así, por quien está unido a Dios de esa manera es
fuerte con la fortaleza misma de Dios. Esta es la vigilancia que nos
pide el Señor.
Volviendo a la Primera Lectura, es lamentable que el vocablo “profeta”
sea tomado para referirse a quien predice el futuro. Ciertamente el
profeta puede hablar del futuro, si Dios así lo desea. Pero el
mensaje profético incluye muchísimo más que eso.
“La palabra del profeta edifica, exhorta y consuela” (1 Cor. 14, 3).
El mensaje del profeta suele ser exigente, pues recuerda con claridad
los compromisos de la humanidad para con Dios. Es inflexible con el
pecado, especialmente con la idolatría. El mensaje
profético también es consolador, pues reconforta y
reanima al pueblo de parte de Dios, y descubre la esperanza en medio de
la oscuridad. También suele ser un mensaje edificante, pues
enseña y corrige; educa y forma, además de sanar y
purificar, y de llamar a la conversión.
El profeta no se hace a sí mismo, sino que es Dios Quien lo
escoge. Es Dios Quien tiene la iniciativa y domina a la persona del
profeta. Y suele Dios llamar al profeta de una manera irresistible y
hasta seductora. Eso lo supo Jonás, a quien vimos en las
lecturas de la semana pasada en medio de una tormenta, luego en el
vientre de una ballena, hasta que predicó lo que Dios le
indicó.
He aquí lo que dice el profeta Amós sobre el llamado de
Dios al profeta: “Así como nadie queda impertérrito al
oír el rugido del león, así también nadie
se negará a profetizar cuando escucha lo que le habla el
Señor” (Am. 3, 8). Y Jeremías: “Me has seducido,
Yavé, y me dejé seducir. Me hiciste violencia y fuiste el
más fuerte ... Sentí en mí algo así como un
fuego ardiente aprisionado en mis huesos, y aunque yo trataba de
apagarlo, no podía” (Jer. 20, 7 y 9).
¿A quiénes escoge Dios como profetas? Por supuesto, a
quienes El quiere. Pero incluye a toda clase de personas: hombres y
mujeres, ricos y pobres, adultos y adolescentes, y aún desde el
seno materno. “Antes de formarte en el seno de tu madre, ya te
conocía; antes de que tú nacieras, yo te consagré,
y te destiné a ser profeta de naciones” (Jer. 1,5).
Al principio de la Historia de la Salvación, Dios guía a
su pueblo mediante los Patriarcas que son también profetas, pues
reciben instrucciones de Él para su pueblo. Tal es el caso de
Abraham y también de Moisés, quien es considerado como un
auténtico profeta, además de ser patriarca.
Luego viene la época de los Jueces, que no eran jueces como los
conocemos hoy -personas que dirimían problemas de justicia- sino
más bien guías y gobernadores del pueblo escogido. Samuel
fue el último y más grande gran Juez de Israel. De
él leíamos hace dos domingos, cuando recibió la
palabra de Dios, Quien le dio la misión de hablar en su nombre.
Es decir, Samuel también fue profeta.
Luego viene la época de los Reyes, en la cual los tres ejes de
la sociedad israelita son el Rey, el Sacerdote y el Profeta. Surge,
entonces, la época del profetismo. Los profetas iluminan a los
Reyes. Tal es el caso de Natán, Gad, Eliseo, muy especialmente
Isaías y por momentos Jeremías. A ellos les tocaba decir
si la acción emprendida era la deseada por Dios y si calzaba
dentro de sus planes.
Llega un momento en que se interrumpe el profetismo (cfr. 1 Mac. 4, 46
y Sal. 74, 39). Comienza entonces el pueblo de Israel a vivir en la
espera del “Profeta” prometido. De allí el entusiasmo que
suscitó San Juan Bautista, quien es el último de los
Profetas del Antiguo Testamento, pues, aunque el relato de su vida y de
su predicación esté recogido en el Nuevo Testamento,
él es anterior a Cristo, es quien prepara el camino a
Jesús.
Ahora bien, la misión del profeta es más bien ingrata,
pues la palabra de Dios suele ser un estorbo para todos: para reyes,
príncipes, autoridades, sacerdotes, falsos profetas y para el
pueblo en general. De allí que muchos profetas se resisten a
ejercer su función. Pero Dios no se arrepiente e insiste. Lo
vimos con Jonás. Cuando Moisés se resiste, sus excusas de
nada le valen (Ex. 3, 11-12). Tampoco las de Jeremías (Jer. 1,
6-7).
De allí, también, que los profetas tenga sus crisis de
depresión y de rebeldía. Tal es el caso de Jonás
después de la conversión de Nínive (Jon. 4).
También Moisés (Núm. 11, 11-15) y Elías (1
Re.19, 4). Jeremías llega a quejarse amargamente y casi abandona
su misión (Jer. 15, 18 s; 20, 14-18). También Ezequiel
(Ez. 3, 14s).
Los profetas casi nunca ven el fruto de su misión. La
predicación de Isaías más bien endurece al pueblo
(Is. 6, 9; Mt. 13, 14-15). Sin embargo, el profeta deberá hablar
en nombre de Dios así lo escuchen o no (Ez. 2, 5-7 y 3, 11-21).
Vemos, entonces, cómo el carisma de profecía es un
carisma de revelación, por el que Dios da a conocer a los seres
humanos lo que no podríamos descubrir con nuestros limitados
recursos humanos. Como todo carisma, el de profecía
también es para el bien de la comunidad y para levantar la fe
del pueblo de Dios o de un sector del pueblo de Dios. Es así
como el profeta se salva cumpliendo su misión de profetizar y
cumpliendo también el mensaje que Dios da a través suyo.
Y el pueblo de Dios se salva escuchando lo que dicen los profetas y
cumpliendo las indicaciones que Dios da a través de ellos.
¿Han habido profetas después de Cristo? ¿Existen
profetas en nuestros días? Santo Tomás de Aquino tiene
esto que decir al respecto: “En todas las edades los hombres han sido
instruidos divinamente en materias referentes a la salvación de
los elegidos ... y en todas las edades han habido personas
poseídas del espíritu de profecía, no con el
propósito de anunciar nuevas doctrinas, sino para dirigir las
acciones humanas” (Summa:2:2:174:Res. et ad 3).
“El profetismo no se extingue con la edad apostólica (con los
Apóstoles). Sería difícil comprender la
misión de muchos santos en la Iglesia sin observar en ellos el
carisma profético. ‘Las profecías desaparecerán un
día’, explica San Pablo (1 Cor. 13, 8). Pero esto será al
fin de los tiempos. “La venida de Cristo a acá, muy lejos de
eliminar el carisma de profecía, provocó su
extensión, la cual había sido predicha: ‘Ojalá
todo el pueblo fuera profeta’, era el deseo de Moisés
(Núm. 11, 29).” (X.León-Dufour, Vocabulario de
Teología Bíblica).
Y el Papa Juan Pablo II nos dejó dicho lo siguiente respecto del
profetismo en nuestros días: “El Espíritu Santo derrama
una gran riqueza de gracias ... Son los carismas. También los
laicos son beneficiarios de estos carismas ... como lo atestigua la
historia de la Iglesia” (JP II, Catequesis del Miércoles
9-3-94). “Conviene precisar con palabras del Concilio la naturaleza del
profetismo de los laicos ... no sólo de un profetismo de orden
natural ... Más bien es cuestión de un profetismo de
orden sobrenatural, tal como se nos presenta en el oráculo de
Joel (3,2), ‘En los últimos días ... profetizarán
vuestros hijos y vuestras hijas’ ... para hacer vibrar en los corazones
las verdades reveladas” (JP II, Catequesis del Miércoles
26-1-94).
Es decir, la función principal de los profetas posteriores a
Cristo es recordar las verdades reveladas y la doctrina y
enseñanzas de la Iglesia de Cristo. Ejercen su misión
profética, nos dice el Concilio Vaticano II, “en unión
con los hermanos en Cristo, y sobre todo con sus pastores, a quienes
toca juzgar la genuina naturaleza de tales carismas y su ordenado
ejercicio, no, por cierto, para que apaguen el Espíritu, sino
con el fin de que todo lo prueben y retengan lo que es bueno (cf. 1
Tes. 5, 12.19.21).
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