DOMINGO 2 del Tiempo Ordinario - Ciclo "B" -
15 de Enero de 2012 -
San Juan Bautista preparaba al mundo de su época y de su región
para el momento de la revelación de Jesucristo, el Mesías
prometido, esperado por el pueblo de Israel, se revelara públicamente.
El Bautista predicada la conversión, el cambio de vida. Y el Bautismo
que impartía era un Bautismo de conversión; era como la
aceptación de la conversión que se realizaba en aquéllos
que, motivados por su predicación, deseaban cambiar de vida.
En esa preparación del camino del Mesías, San Juan Bautista
predicaba, bautizaba y, además, tenía algunos discípulos.
En el Evangelio de otro Juan, San Juan Bautista nos ha dado esta
bellísima revelación: “Yo no lo conocía (a
Jesús, el Mesías prometido), pero Dios, que me envió a
bautizar con agua, me dijo también: ‘Verás al
Espíritu bajar sobre aquél que ha de bautizar con el
Espíritu Santo, y se quedará en él. ¡Y yo lo he
visto! Por eso puedo decir que éste es el Hijo de Dios” (Jn. 1,
33-42).
Nos dice el Evangelio de hoy lo que sucedióal día siguiente de
esta confesión.Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos:
Andrés y Juan, y al ver que Jesús iba pasando, les dijo:
“Este es el Cordero de Dios”. Cuando los dos discípulos
oyeron al Precursor del Señor identificar a Jesús como el
Mesías tan esperado por el pueblo de Israel, lo buscaron para seguirlo.
Ellos sabían de Quién se trababa, pues eran discípulos de
San Juan Bautista que los había preparado para la venida del
Mesías. De allí que inmediatamente siguieron a Jesús.
La Segunda Lectura de San Pablo (1 Cor. 6, 13-15.17-20) nos recuerda la
importancia de la virtud de la templanza, ya que “nuestros cuerpos son
miembros de Cristo”. Por ser miembros del Cuerpo Místico de Cristo
y porque nuestros cuerpos son “templos del Espíritu Santo”,
nos recuerda San Pablo que debemos vivir alejados de las fornicaciones. Y nos
recuerda una cosa importantísima, la cual expone con mucha
convicción: “No son ustedes sus propios dueños, porque Dios
los ha comprado a un precio muy caro”. Y esto lo refiere especialmente al
cuerpo. ¡Qué apropiadas estas palabras en nuestro mundo actual, en
el que creemos que se puede hacer lo que sea con el propio cuerpo! Y termina
diciendo el Apóstol: “Glorifiquen, pues, a Dios con el
cuerpo”.
En la Primera Lectura del Primer Libro de Samuel (1 Sam. 3, 3b-10.19) vemos al
joven Samuel, siendo llamado por Dios. Pero Samuel no reconocía al
Señor: creía que quien lo llamaba era el sacerdote Elí, a
quien servía en el Templo. A la tercera llamada Elí comprende que
es el Señor quien está llamando a Samuel. Y le instruye a
responder a Dios con aquella bellísima frase, tan útil en la
oración: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Y nos
dice esta lectura que el Señor estaba con Samuel y todo lo que el
Señor le decía se cumplía. Es el Sacerdote Elí
quien instruye a Samuel para conocer la voz del Señor y para entregarse
a Dios.
Sucede algo similar con San Juan Bautista y sus discípulos. La actitud
del Precursor no puede ser más elocuente: San Juan Bautista muestra el
Mesías a sus seguidores: “Este es el Cordero de Dios”. Y
luego él mismo desaparece.
¿Cuál es la enseñanza de este episodio? En el apostolado y
en la evangelización debemos mostrar continuamente a Jesús a los
demás y no podemos estar mostrándonos nosotros mismos.
¿Qué significa esto? Significa que para ser reales portadores y
mostradores de Jesús debemos, como el Bautista, desaparecer
también nosotros.
Todo cristiano es llamado a seguir a Cristo en la santidad y en el apostolado y
la evangelización. Pero también en las actividades religiosas
–y también en otras menos importantes- corremos el riesgo de
querer lucirnos, de buscar poder, de pretender ser apreciados por lo que
hacemos. Pero la enseñanza de San Juan Bautista es crucial: debemos
disminuir para que el Señor crezca; debemos opacarnos para que el
Señor brille; debemos desaparecer para que el Señor se muestre;
debemos escondernos para que sea el Señor el único que luzca.
Así otros podrán reconocer a Jesús como el Salvador y
seguirlo como lo siguieron Juan y Andrés. Ellos ni lo pensaron.
Enseguida comenzaron a caminar detrás de Jesús. Y éste, al
ver que lo seguían, les pregunta: “¿Qué
buscan?” Ellos quieren conocer al Mesías y El les pregunta sobre
sus intenciones, porque de nada vale seguir al Mesías si no estamos
dispuestos a entregarnos a El del todo.
Ellos le preguntan: “¿Dónde vives?” En realidad
querían saber dónde buscarlo, cómo reunirse con El,
cómo conseguirlo en algún momento posterior. Pero Jesús
los sorprende, pues de una vez los invita a venir. Nos dice en su Evangelio uno
de estos dos discípulos, Juan, que eso sucedió a las cuatro de la
tarde y que se quedaron con Jesús el resto del día.
¡Qué emoción la de estos dos jóvenes! Ya no era otro
hablándoles del Mesías: era El mismo hablándoles y
enseñándoles.
Y luego ellos hacen lo mismo que San Juan Bautista. Andrés fue a buscar
a su hermano Simón y le informa que han encontrado al Mesías. Y
lleva a Pedro a donde Jesús. Notemos la cadena: Elí enseña
a Samuel. Juan Bautista lleva a Juan y a Andrés a Jesús.
Andrés lleva a Pedro. Y así sucesivamente. En esto consiste el
apostolado y la evangelización. Unos llevamos a otros a Jesús.
Pero para hacer esto, recordemos la enseñanza del Bautista: disminuir,
opacarnos, desaparecer ... para que para que Jesús sea Quien se muestre
|