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3 Adviento |
Alegria
es una Decision
(11 de diciembre de 2011)
Tema básico: La tristeza es facil. Alegria es una decision. San
Pablo nos dice encontrar la alegria por rezar sin cesar, dar gracias en
toda ocasion y abstenerse de toda clase de mal. Vivan siempre alegres.
Como hoy es domingo "Gaudete" o sea "Alégrate," quisiera
comenzar con un cuento de buen humor. Resulta que había un
predicador famoso que estaba tratando de enseñar a su clase
hacer sus expresiones faciales en armonía con lo que
están diciendo. "Cuando hablan del cielo," les dijo, "dejen que
su cara ilumine, irradie una luz celestial, que sus ojos brillen con
una gloria reflejada. Al otro lado, cuando hablan del infierno – pues,
entonces, pueden usar su cara de cada día."
Nos sonreimos porque todos sabemos que es facil tener la cara larga. No
tenemos dificultad en ver lo negativo.
Una vez un sacerdote visito un feligres rico. El hombre tenia una casa
bella con un jardin lindo. El sacerdote le dijo que debe estar bien
contento. "Si," dijo el hombre, pero con una cara triste anadio, "mire
esos arbustos. Pago bien y los cuidan mal."
Negativismo es casi automatico. Por otro lado, alegria puede
sorprendernos.
El mismo sacerdote que visito el feligres rico, mas tarde sirvio en un
pais de Latinoamerica. Visito una familia que le pidio la bendicion de
su casa. Era una choza de adobe, pero con una sonrisa amplia el hombre
le dijo, "Padre, hemos ahorrado por un año para comprar este
techo de lamina. Favor de bendecirlo por nosotros."
La alegria nos sorprende. Va en contra de la corriente. La alegria
implica todo nuestro ser - que incluye la capacidad de escoger.
San Pablo dice, "Vivan siempre alegres." No es una sugerencia, sino un
mandato. Vivan siempre alegres - no solamente cuando las cosas vayan
bien. San Pablo puede mandar la alegria porque requiere una decision
conciente.
Tengo que admitir que el mandato no es facil para mi. Puedo rendirme a
la tristeza y la depresion. No estoy hablando de la depresion clinica
que se puede tratar con medicinas. Estoy hablando de la tristeza que
puede abrumarnos. Noventa y nueve cosas puede ir bien, pero nos
enfocamos en la sola cosa que va mal.
Afortunadamente, Pablo explica como lograr la felicidad. La primera
cosa que dice es orar. Cuando las cosas van mal, me desanimo. Pero San
Pablo dice, "oren sin cesar." Aun cuando las cosas van mal -
especialmente cuando van mal.
Segun dice, dar gracias. Otra vez, no solamente cuando la vida me
favorece sino "en toda ocasion." Se puede preguntar: San Pablo dio
gracias cuando sus paisanos le insultaba y golpeaba? Dio gracias cuando
su barco naufrago? Dio gracias cuando la serpiente lo mordio? Tal no
inmediatamente, pero por oracion vio la mano de Dios en los sucesos. Y
le dio gracias.
Pablo, entonces, anade algo que parece obvio. "Abstenganse de toda
clase de mal." Si alguien esta involucrado en una actividad de pecado,
no va a ser feliz. No puede alegrarse. Por eso necesitamos oir a Juan
el Bautista: "Enderecen el camino del Senor." Este Adviento les suplico
hacer un buen examen de conciencia - tomar un inventario de la vida. Y
confesarse. La confesion alivia la conciencia y una conciencia limpia
conduce a la alegria.
Para resumir: La tristeza es facil. Alegria es una decision. San Pablo
nos dice encontrar la alegria por rezar sin cesar, dar gracias en toda
ocasion y abstenerse de toda clase de mal. Vivan siempre alegres. Amen.
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3 Adviento |
DOMINGO 3 de Adviento - Ciclo "B" -
11 de Diciembre de 2011 -
El Evangelio de este Domingo vuelve a presentarnos a San Juan Bautista,
esta vez desde el Evangelio de San Juan.
San Juan Bautista, era primo de Jesús, pero no lo
conocía, según nos dice él mismo. Fue su
Precursor, apareció en el desierto para anunciar la llegada del
Mesías. Por todo esto San Juan Bautista es un personaje central
del Adviento, este tiempo de preparación que la Liturgia nos
ofrece antes de la Navidad.
Por ello es útil revisar el relato que de San Juan Bautista
hacen los cuatro Evangelistas (Mt. 3, 1-12; Mc. 1, 1-8; Lc. 3, 1-17;
Jn. 1, 6-28). Allí podemos ver varias cosas importantes a tener
en cuenta en preparación para la venida del Señor.
San Juan Bautista predicaba un bautismo de arrepentimiento.
Pedía con su predicación que la gente se convirtiera de
la vida de pecado y se resolviera a vivir una nueva vida de acuerdo a
la ley de Dios. Es lo que nosotros debemos hacer en preparación
a la venida del Señor.
San Juan Bautista hablaba de preparar el camino del Señor
rellenando lo hundido, aplanando lo alzado, enderezando lo torcido y
suavizando lo áspero. Se trata esto de reformar nuestros modos
equivocados de comportamiento y de costumbres: por ejemplo, rellenando
las bajezas de nuestro egoísmo y envidia; rebajando las alturas
de nuestro orgullo y altivez; enderezando los caminos desviados y
equivocados que no nos llevan a Dios; suavizando las asperezas de
nuestra ira e impaciencia. En general, corrigiendo, nuestros defectos,
vicios y pecados.
La Primera Lectura es del Profeta Isaías, el cual desde el
Antiguo Testamento también anunciaba a Cristo (Is. 61, 1-2 y
10-11). Isaías fue el Profeta que más claramente
describió por adelantado la vida, pasión y muerte de
Jesucristo.
En este trozo de Isaías vemos la descripción de la
misión del Mesías. Un día Jesús leyó
ese pasaje de Isaías en la Sinagoga de Nazaret, el sitio donde
vivía, y agregó al final de la lectura que esa
profecía se refería a El mismo. Y vemos en este mismo
episodio que, a pesar de lo admirados que estaban de los milagros de
Jesús y de sus enseñanzas, no pudieron aceptar que
Jesús, el de Nazaret, el hijo del carpintero, fuera el
Mesías esperado. (cfr. Lc. 4, 16-30).
Veamos con detalle la misión del Mesías, anunciada por
Isaías y ratificada por Cristo mismo:
“Anunciar la buena nueva a los pobres”: la Buena Nueva es el anuncio de
salvación que Jesucristo, el Salvador del mundo nos vino a
traer. Y la anuncia a los pobres. Pero ¿quiénes son estos
pobres? ¿Serán los económica y socialmente pobres?
Y si esto fuera así ¿cómo quedan los que tienen
medios económicos y pertenecen a las clases medias o altas?
¿No es para ellos la Buena Nueva del Señor? Claro que
sí es. Es para todos: pobres y ricos, considerados desde el
punto de vista económico y social. Pero todos los que reciban la
Buena Nueva de salvación sí deben ser pobres en el
espíritu. Son los mismos a quienes Jesús se refiere en
las Bienaventuranzas (Mt. 5, 3). Pobres en el espíritu son
aquéllos que se saben nada sin Dios, que saben que nada pueden
sin Dios, que en todo dependen de El. Esos están listos para
recibir la Buena Nueva que Cristo trae. En cambio, los ricos en el
espíritu, los que creen que pueden por sí solos, los que
se creen gran cosa ante Dios, ésos no están listos para
recibir el mensaje de Jesucristo.
“Curar a los de corazón afligido”: Jesucristo vino a sanar a los
que sufren. También esta parte de su misión la menciona
en las Bienaventuranzas: “Dichosos los que sufren, porque ellos
serán consolados” (Mt. 5, 4). Jesús cura los corazones
afligidos. Pero los cura mostrándonos que el sufrimiento, bien
aceptado y bien llevado, es una gracia muy especial. Los cura
mostrándonos con su sufrimiento, que nuestro sufrimiento, unido
al suyo, tiene valor redentor. Los cura mostrándonos que todo
sufrimiento aceptado en Cristo, es la cruz que el Señor nos
regala para poder imitarlo y para poder “ser consolados”, como nos
promete esta bienaventuranza.
“Proclamar el perdón a los cautivos y la libertad a los
prisioneros”: Jesucristo nos trae el perdón de los pecados. Ese
perdón nos libera del cautiverio del pecado. El que está
hundido en el pecado, necesita ser liberado. Y Cristo nos trajo esa
liberación. Podemos decir que los seres humanos nos
encontrábamos prisioneros en situación de secuestro:
estábamos secuestrados por el Demonio, a causa del pecado
original de nuestros primeros progenitores. Pero Cristo pagó
nuestro rescate con su muerte en cruz y su resurrección
gloriosa. Ya somos libres; ya se nos ha borrado el pecado original con
el Sacramento del Bautismo; y se nos perdonan los demás pecados
cometidos, con nuestro arrepentimiento y con el Sacramento de la
Confesión
“Pregonar el Año de Gracia del Señor”. La
aparición de Cristo en nuestra historia fue el Año de
Gracia del Señor anunciado desde el Antiguo Testamento por
Isaías. Año de Gracia en nuestra época fue el
aniversario número 2.000 de ese gran acontecimiento, cuando la
Iglesia, recordando lo anunciado por el Profeta Isaías,
proclamó un nuevo Año de Gracia, el del Gran Jubileo del
2.000, el cual fue “año de perdón de los pecados y de las
penas por los pecados, año de reconciliación entre los
adversarios, año de múltiples conversiones y de
penitencia sacramental y extra-sacramental ... y de la concesión
de indulgencias de un modo más generoso que en otros
años” (TMA # 14).
El Salmo nos trae el Magnificat (Lc. 1, 46-55) esa oración de
alabanza que la Santísima Virgen María recita al ser
saludada como la Madre de Dios por su prima Santa Isabel.
Y de este Canto de María es bueno resaltar su coincidencia
también con lo expresado por el Profeta Isaías: “A los
hambrientos colmó de bienes y a los ricos despidió
vacíos”. Se refieren estos hambrientos a los que necesitan de
Dios y de los bienes de Dios. Y se refieren estos ricos a los que creen
no necesitar de Dios y de los bienes de Dios. Por ello, a los que
necesitan del El, Dios los colma de bienes, y a los que se bastan a
sí mismos, los despide vacíos.
En la Segunda Lectura (1 Ts. 5, 16-24), San Pablo nos recuerda lo mismo
que San Pedro el pasado domingo sobre nuestra preparación para
la venida del Señor: “que todo su ser, espíritu, alma y
cuerpo, se conserve irreprochable hasta la llegada de nuestro
Señor Jesucristo”. Y, además, nos habla San Pablo de la
acción del Espíritu Santo en los mensajes
proféticos, instruyéndonos sobre la correcta actitud al
respecto: “No impidan la acción del Espíritu Santo, ni
desprecien el don de profecía; pero sométanlo todo a
prueba y quédense con lo bueno”.
Vemos en la narración de los Evangelios sobre San Juan Bautista,
cómo éste cumplió con su misión de anunciar
al Mesías y de preparar su camino. Y cuando lo vio venir pudo
reconocerlo por una íntima revelación que Dios le dio, la
cual él hace pública:“Yo no lo conocía, pero Dios,
que me envió a bautizar con agua, me dijo también:
‘Verás al Espíritu bajar sobre Aquél que ha de
bautizar en Espíritu Santo y se quedará en El.’ ¡Y
yo lo he visto! Por eso puedo decir que Este es el Elegido de Dios”
(Jn. 1, 33-34).
Al ser preguntado por qué bautizaba si no era el Mesías,
San Juan Bautista dice que ciertamente él ha estado bautizando
con agua, pero que el que viene después de él,
bautizará con el Espíritu Santo.
Jesucristo confirmará este anuncio de San Juan Bautista. En el
diálogo nocturno que tuvo con Nicodemo, le dice a este buen
fariseo: “En verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios sin no
nace de nuevo, de arriba”. Y, ante el asombro de Nicodemo, Cristo le
explica: El que no renace del agua y del Espíritu Santo, no
puede entrar en el Reino de Dios ... Por eso no te extrañes que
te haya dicho que necesitas nacer de nuevo, de arriba” (Jn. 3, 3-7).
Y ¿qué es nacer de nuevo, de arriba? Para entender esto,
no hay más que ver a los Apóstoles antes y después
de Pentecostés (cfr. Hech. 2 y 5, 17-41). Antes eran torpes para
entender las Sagradas Escrituras y aún para entender las
enseñanzas que recibieron directamente del Señor.
También eran débiles en su fe, deseosos de los primeros
puestos y envidiosos entre ellos. Eran, además, temerosos para
presentarse como seguidores de Jesús, por miedo a ser
perseguidos.
Pero sí hicieron algo: creyeron y obedecieron el anuncio del
Señor: “No se alejen de Jerusalén, sino que esperen lo
que prometió el Padre, de lo que Yo les he hablado: que Juan
bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el
Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hech. 1s, 4-5).
Y ¿cómo se nace de nuevo, de arriba? ¿Cómo
se nace del Espíritu Santo? Para esto también hay que ver
a los Apóstoles muy especialmente en los días entre la
Ascensión del Señor y Pentecostés y también
a lo largo de todos los acontecimientos narrados en los Hechos de los
Apóstoles: Nos dice la Escritura que perseveraban en la
oración junto con María, la Madre de Jesús (Hech.
1, 14).
Quien ha nacido del Espíritu Santo se da cuenta de que ya no es
él o ella misma quien rige su vida, sino Aquél que vive
dentro de sí; se da cuenta de que vive para Dios; se da cuenta
de que pertenece a Dios, de que Dios es lo más importante en su
vida y de que toda su vida está orientada hacia Dios, en
preparación de la venida de Cristo, que tendrá lugar al
fin de los tiempos o que nos llega a cada uno en el momento de nuestra
muerte.
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