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2 Adviento |
La
Oracion Colecta
(4 de diciembre de 2011)
Tema básico: En la oracion Colecta reunimos los hilos de
nuestras vidas. Lo hacemos en una forma enfocada - una manera que da el
tono para la Misa: Al Padre, por el Hijo, en el Espiritu santo.
Un reportero le pregunto al actor Martin Sheen sobre su fe. Le dijo que
es un catolico practicante. Y anadio, "Voy seguir practicandolo hasta
que lo haga correctamente." Es un buen lema para nosotros. antes de dar
la homilia, quisiera practicar tres gestos:
El primer gesto es durante el "Yo confieso." Al decir "por mi culpa,
por mi culpa, por mi gran culpa," se golpea el pecho. Es un gesto
biblico. Despues de ver la crucifixion de Jesus, volvieron a sus casas,
"golpeandose el pecho." (Lc 23:48)
El segundo gesto es antes del evangelio: Hacemos la senal de la cruz en
la frente, los labios y el corazon. Indica que deseamos recibir a Jesus
en la mente y el corazon, para que sus palabras sean en nuestros labios.
Tercero, durante el Credo nos inclinamos cuando decimos, "Fue concebido
por el Espiritu Santo y nacio de la Virgen..." La inclinacion es
profunda. Si las manos fueran extendidas, tocarian las rodillas.
Inclinamos porque Jesus tomo la carne humana. Se humillo. El gesto es
un signo de humildad. Estos tres gestos nos ayudan a entrar los
misterios en una forma total: mente, espiritu y cuerpo.
Este domingo quisiera enfocar en algo pequeno, pero significante. En la
conclusion de los Ritos Introductorios, tenemos una oracion breve. Se
llama la Oracion Colecta. La palabra viene del latin: cum, que
significa "juntos" y ligere "recoger." La colecta recoge las oraciones
de la comunidad.
El Padre Benedictino Jeremy Driscoll da esta definicion de la Colecta:
"Una oracion cuyo proposito es recoger en pocas lines, todos los hilos
de lo que ha sucedido hasta el momento, y ademas los hilos de muchos
pensamientos individuales, que vienen de muchos rumbos..."
Cuando yo veo la congregacion al comienzo de la Misa, estoy conciente
de situaciones diferentes: Un feligres diagnosticado con una enfermedad
seria, un joven luchando con su fe, un hombre que ha perdido su
trabajo, un matrimonio con conflictos, una persona tentada por algun
pecado, y personas que han recibido noticias alegres. La colecta recoge
todos estos hilos de nuestras vidas.
Si escuchas cuidadosamente a la Colecta, notaras que tiene una
estructura. Como dice el Padre Driscoll, la Collecta sigue "un patron,
segun el uso antiguo." Comienza dirigiendose a Dios. Por ejemplo, "Dios
misericordioso." Y hacer un pedido, por ejemplo, que nada nos impida en
ir al encuentro de tu Hijo. En la lecturas de hoy escuchamos de cosas
que pueden impedirnos: La culpabilidad, aridez, miedo, impaciencia,
apatia, el rehuso de reconocer el pecado. Pero Dios es misericordioso.
Le pedimos quitar eso obstaculos.
La Colecta concluye con la Trinidad. Como decimos, "tu Hijo que vive y
reina contigo en la unidad del Espiritu Santo, un Dios, por los
siglos..." Como dice el Padre Driscoll, en la Colecta "tenemos la forma
de oracion que continuara durante la misa": A Dios Padre, por el Hijo,
en el Espiritu Santo.
Para resumir: En la oracion Colecta reunimos los hilos de nuestras
vidas. Lo hacemos en una forma enfocada - una manera que da el tono
para la Misa: Al Padre, por el Hijo, en el Espiritu santo. Amen.
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Intercesiones Generales para el 2º Domingo de Adviento - Ciclo B
(de Sacerdotes Para la Vida)
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2 Adviento |
DOMINGO 2 de Adviento - Ciclo "B"
4 de Diciembre de 2011 -
Las Lecturas de este Segundo Domingo de Adviento nos invitan a
prepararnos para la celebración de la venida de Jesús, al
celebrar su cumpleaños en esta Navidad.
Todo Adviento, entonces, tiene este sentido de preparación. Todo
Adviento contiene un llamado a la conversión, al cambio de vida.
Será, por tanto, una oportunidad maravillosa para crecer en la
fe, incrementar la esperanza y mejor vivir en la caridad.
El Evangelio de hoy nos presenta a San Juan Bautista, uno de los
principales personajes bíblicos de este Tiempo de Adviento, que
es tiempo de preparación a la venida de Cristo. La Liturgia de
estos días nos recuerda las cosas que hacía y que
decía el Precursor del Señor. Este personaje ya
había sido anunciado en el Antiguo Testamento como “una voz que
clama en el desierto” y que diría: “Preparen el camino del
señor ... Rellénense todas las quebradas y barrancos,
aplánense todos los cerros y colinas; los caminos torcidos con
curvas serán enderezados y los ásperos serán
suavizados” (Is. 40, 1-5).
Los que conocían la profecía de Isaías no deben
haber dudado al ver a San Juan Bautista, pues por el retrato que
hacía de él el Profeta era inconfundible el personaje.
Pero, más aún, al observar lo que decía ya no
quedaba la menor duda sobre su papel como Precursor de Cristo.
Efectivamente, de repente apareció San Juan Bautista en el
desierto. Nos dice el Evangelio que “vestido de pelo de camello,
ceñido con un cinturón de cuero y se alimentaba de
saltamontes y miel silvestre”. Se presentó como un mensajero
inmediatamente antes de Jesús para preparar el camino a
éste, predicando “un bautismo de arrepentimiento, para el
perdón de los pecados” (Mc. 1, 1-8).
Con esta descripción de la predicación de San Juan
Bautista ya podemos ir viendo que la preparación para recibir al
Señor consiste en arrepentirnos y en recibir el perdón de
los pecados.
Pero si observamos el detalle que da el Profeta Isaías sobre
cómo se prepara el camino del Señor tenemos más
información de cómo puede ser ese proceso de
conversión y de arrepentimiento al que estamos llamados muy
especialmente durante este tiempo de Adviento, el cual nos presenta la
Liturgia de la Iglesia en preparación para la venida del
Señor.
“Aplanar cerros y colinas” significa rebajar las alturas de nuestro
orgullo, nuestra soberbia, nuestra altivez, nuestro engreimiento,
nuestra auto-suficiencia, nuestra arrogancia, nuestra ira, nuestra
impaciencia, nuestra violencia, etc.
“Rellenar quebradas y barrancos” significa rellenar las bajezas de
nuestro egoísmo, de nuestra envidia, nuestras rivalidades,
odios, venganzas, retaliaciones ... pecados todos que dificultan el
poder vivir en armonía unos con otros, pecados que impiden la
realización de ese Reino de Paz y Justicia que Cristo viene a
traernos.
“Enderezar los caminos torcidos y con curvas” significa rectificar el
camino, cambiar de rumbo si vamos por caminos torcidos y equivocados,
que no nos llevan a Dios. ¿A dónde queremos ir?
¿Hacia dónde estamos dirigiéndonos?
¿Estamos preparándonos para que el Señor nos
encuentre, como nos dice San Pedro en la Segunda Lectura, “en paz con
El, sin mancha, ni reproche”? (2 Pe. 3, 8-14).
Más aún, el Precursor del Mesías anuncia algo muy
importante: “Yo los bautizo a ustedes con agua, pero El los
bautizará con Espíritu Santo”. Luego el mismo Cristo
confirmará este anuncio de Juan el Bautista. En el
diálogo con Nicodemo, Jesús le dice a éste: “En
verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo,
de arriba”. Y ante el asombro de Nicodemo, Cristo le explica: “El que
no renace de agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el
Reino de Dios ... Por eso no te extrañes que te haya dicho que
necesitas nacer de nuevo, de arriba” (Jn. 3, 3-7).
¿Qué es nacer de nuevo, de arriba? Para entender esto, no
hay más que ver a los Apóstoles antes y después de
Pentecostés (ver Hech. 2 y 5, 17-41). Antes eran torpes para
entender las Sagradas Escrituras y aún para entender las
enseñanzas que recibieron directamente del Señor.
También eran débiles en su fe. Eran, además,
temerosos para presentarse como seguidores de Jesús, por miedo a
ser perseguidos.
Pero sí hicieron algo: creyeron en el anuncio del Señor:
“No se alejen de Jerusalén, sino que esperen lo que
prometió el Padre, de lo que Yo les he hablado: que Juan
bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el
Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hech. 1, 4-5).
Y ¿cómo se nace de nuevo, de arriba? ¿Cómo
se nace del Espíritu Santo? Para esto también hay que ver
a los Apóstoles muy especialmente en los días entre la
Ascención del Señor y Pentecostés y también
a lo largo de todos los acontecimientos narrados en los Hechos de los
Apóstoles:
“Todos ellos perseveraban en la oración y con un mismo
espíritu, en compañía de algunas mujeres, de
María, la Madre de Jesús y de sus hermanos”. (Hech. 1,
14).
El Adviento nos prepara para todo esto, y nos prepara también
para la celebración de la Navidad, en que recordamos la venida
histórica de Cristo. Pero la Carta de San Pedro que nos trae la
Segunda Lectura nos recuerda el segundo significado del Adviento: nos
recuerda que también nos preparamos para la segunda venida de
Cristo, es decir, para el establecimiento de ese Reino que Cristo
vendrá a establecer y del que habló a Nicodemo. San Pedro
nos describe, sin ahorrar detalles, cómo será ese
día.
Nos dice que el día del Señor “llegará como los
ladrones”; es decir, inesperadamente. Pasa luego a describir
cómo será ese momento: “Los cielos desaparecerán
con gran estrépito, los elementos serán destruidos por el
fuego y perecerá la tierra con todo lo que hay en ella”.
Nos invita a una vida de “santidad y entrega” en espera del día
del Señor. Nos asegura que vendrán “un cielo nuevo y una
tierra nueva, en que habite la justicia”. Y concluye con la llamada que
se repite de varias maneras a lo largo de la Sagrada Escritura, pero
muy especialmente en este tiempo de Adviento: vigilancia y
preparación. “Apoyados en esta esperanza,, pongan todo su
empeño en que el Señor los halle en paz con El, sin
mancha ni reproche”.
El Adviento es tiempo propicio para responder a la llamada de San Juan
Bautista. Es la misma llamada que nos hace el Mesías que viene y
que nos hace la Iglesia siempre, pero muy especialmente en Adviento:
conversión, cambio de vida, enderezar el camino, rebajar las
montañas y rellenar las bajezas de nuestros pecados, defectos,
vicios, malas costumbres, faltas de virtud; nacer de arriba, nacer del
Espíritu Santo, etc.
El Mesías fue anunciado en el Antiguo Testamento y llegó
hace unos 2.000 años. La venida de Cristo al final del tiempo
también ha sido anunciada y puede venir en cualquier momento
“como los ladrones” -nos dice el Señor y nos lo recuerda San
Pedro. Pero el final del tiempo nos llega también a cada uno el
día de nuestra muerte, que puede sorprendernos -igual que los
ladrones- en cualquier momento. ¿Hemos preparado el camino para
nuestro encuentro con el Señor? ¿Hemos nacido de arriba,
del Espíritu Santo? ¿Estamos preparados?
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