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Purifica Mis Labios
(7 de febrero de 20010)
Tema básico: Conscientes de nuestros pecados - y deseando perdon
y sanacion - rezamos, "Senor, purifica mis labios."
Hace unos años tuve una conversacion con miembros de la familia.
Mencione que habia leido un estudio interestante. Los cientificos
habian descubierto que si dos personas se besan en cierta manera, algo
de su ADN se que en la saliva del otro - para siempre. Mi sobrina
empezaba a escupir. Como muchos, esta llevando algo de ADN que preferia
no tener.
Pues, no se si esto es lo que Isaias querria decir por "labios
impuros." Dice:
"Ay de mi! Estoy perdido,
porque soy un hombre de labios impuros,
que habito en medio de un pueblo de labios impuros."
Desde luego, labios impuros pueden resultar de besar. Pero Isaias tiene
algo mas: En vez de usar nuestros labios para alabar a Dios, los usamos
para mentir, quizas para tomar el nombre de Dios en vano. En vez de
decir palabras de aliento, los usamos para explosiones de colera o para
hablar mal de otros. Como la gente antigua, tenemos labios impuros.
Cuando venimos a la misa, pedimos al Senor purificar nuestros labios.
Antes de leer el Evangelio, el sacerdote rezar en silencio, "Purifica
mi corazon y mis labios, Dios todopoderos, para que anuncia dignamente
tu Evangelio." Purifica mis labios. Es una buena oracion, no solamente
para el sacerdote sino al comienzo de la misa y sobre todo en tiempo de
Comunion, "Senor, purifica mis labios."
Decir esa oracion es reconocer los pecados. Pecado es como el ADN.
Puede estar con nosotros sin darnos cuenta. Cuando entramos en
presencia a Dios, no obstante, el pecado es evidente. Cuando el Santo
se mostro a Isaias, el profeta dijo, "Ay de mi! Estoy perdido." Algo
semejante sucedio a Pedro. Al principio marvillaba a la abundancis de
pescado, pero luego vio la verdadera maravilla. Miro a Jesus y dijo,
"Alejate de mi, Senor, soy un pecador."
Cuando nos acercamos a Dios, hay que admitir quienes somos: creaturas,
seres creados. Nadie se hizo a si mismo. Dios nos hizo, debemos todo a
el, pero no lo hemos reconocido. Hemos tratado de hacerlo por nuestra
propia cuenta - y no ha ido bien. Como Pedro somos pecadores. Como
Isaias tenemos labios impuros.
Reconocemos nuestros pecados - pero no paramos alla. Si solamente
enfocamos en nuestras fallas, seria fatal. Quisiera contarles de un
hombre que casi hizo ese error. En 1978, el mes de octubre, un
periodista estaba solo en un hotel. Delante de el tenia una botella de
wisqui y unas pildoras. Iba terminar su vida. En el fondo habia un
radio. Escucho una voz con acento polaco. La voz dijo, "No tengas
miedio." Era el nuevo papa, Juan Pablo II.
Algo paso dentro de aquel hombre. Por medio del Papa Juan Pablo,
escucho a Jesus. Puso las pildoras en el tacho. Empezo una nueva vida.
A pesar de su sentido de fracaso, escucho esa palabras bellas, "No
tengas miedo."
Jesus dijo las mismas palabras a Pedro hoy. Y dice a ti y a mi, "No
temas." Quizas no hemos llegado al borde de desesperacion, quizas no
tenemos la conciencia fuerte de Pedro, pero sabemos que hemos fallado
en algo. Nuestros errores del pasado estan con nosotros con el ADN. Han
herido a otros, a nosotros mismos y a Dios.
Sin embargo, Jesus dice, "No temas." Jesus quiere perdonar, pero quiera
hacer algo mas. En la primera lectura. En nuestra primera lectura vemos
como un angel llevo un carbon encendido y toco los labios del profeta.
Los primeros cristianos vio el carbon encendido como una figura de la
Eucaristia. Especialmente cuando recibimos la Comunion, Jesus quiere
purificar nuestros labios. Y quiere calentar y limpiar nuestros cuerpos
y almas.
Este domingo, como Isaias, com Pedro, reconocemos nuestros pecados. No
es algo negativo sino positivo. No hace escuchar la voz de Jesus y
recibir su perdon, su sanacion y por medio de la Eucaristia, permitirlo
tocarnos y sanaranos.
Conscientes de nuestros pecados - y deseando perdon y sanacion -
rezamos, "Senor, purifica mis labios."
English Version
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5 Tiempo Ord |
DOMINGO 5 del Tiempo Ordinario - Ciclo "C" -
7 de Febrero de 2010-
Las tres lecturas de hoy nos presenta a tres hombres:Isaías,
Pedro y Pablo.Tres personas ... como cualquiera de nosotros.Escogidos
por Dios, llamados por Dios, que supieron responder a Dios.
“Aquí estoy, Señor. Envíame”, le
respondió Isaías, a quien vemos en la Primera Lectura
(Is. 6, 1-8).
En el Evangelio vemos a Pedro, acompañado de Santiago y
Juan.“Desde hoy serás pescador de hombres”, le dijo Jesús
a Pedro. Entonces, “llevaron las barcas a tierra, y dejándolo
todo, lo siguieron (Pedro, Santiago y Juan)” (Lc. 5, 1-11).
En la Segunda Lectura vemos a Pablo.Y recordamos la lectura del
día que celebramos su conversión (25 de enero) cuando,
respondiendo a la luz y la voz que oye camino a Damasco,
pregunta:“¿Qué debo hacer, Señor?”(Hech. 22, 3-16).
En los relatos del llamado que Dios les hace, podemos apreciar
cómo Dios se manifiesta a cada uno de estos hombres por El
escogidos.Y se manifiesta en forma poderosa, impresionante, convincente.
Al Profeta Isaías se le presenta en una visión que lo
deja estupefacto.En breves momentos de intimidad con Dios,
Isaías puede apreciar la santidad y el poder de Dios.Ni siquiera
puede describir a Yahvé, porque sólo ve que “la orla de
su manto llenaba todo el Templo”.
Queda Isaías invadido de un temor que no es susto:es el respeto
a Dios, que se manifiesta ante la presencia de Dios que abruma a la
creatura cuando se encuentra ante su Creador.Y en esa diferencia
abismal que separa a ambos, la creatura siente su nada, su indignidad,
su impureza.
Cuenta Isaías que uno de los Serafines, que se encontraba junto
a Dios, llevando una brasa hasta la boca del futuro Profeta, le
dice:“Tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados están
perdonados”. Así, cuando siente la voz del Señor
preguntando “¿A quién enviaré?¿Quién
irá de parte mía?”, Isaías no duda y
enseguida responde:“Aquí estoy, Señor. Envíame”.
Muchas enseñanzas nos trae este pasaje.Los hombres y mujeres no
podemos inventarnos misiones de parte de Dios; no podemos asumir por
nuestra propia cuenta y riesgo misiones específicas de parte de
Dios.
Pero ¡eso sí! cuando Dios llama, no hay pretexto para
decir no.Ni siquiera la propia indignidad o supuesta incapacidad pueden
ser excusas. Porque si Dios llama, prepara a sus enviados con todo lo
necesario para la misión encomendada.
Tal es el caso de los Apóstoles.Nos cuenta el Evangelio que
Jesús se subió a la barca de Pedro, con quien -por
cierto- ya había tenido un contacto previo(cfr. Jn. 1, 35-42),y
le pide alejarse un poco de tierra, para predicar desde allí.Al
final de la predicación les ordena ir más adentro para
pescar.
Pedro, pescador experimentado, dice que no hay pesca, que ya han
probado, pero “confiado en tu palabra, Señor, echaré las
redes”. Sucedió, entonces, la llamada “pesca
milagrosa”:atraparon tantos peces que “las barcas casi se
hundían”.
Al ver la manifestación del poder de Dios, a Pedro le sucede
como a Isaías:se reconoce pecador e indigno y siente ese temor
reverencial, que no es miedo.“¡Apártate de mí,
Señor, porque soy un pecador!”.“No temas. Desde ahora
serás pescador de hombres”, le dice el Señor.Y nos cuenta
el Evangelio que llevaron las barcas a tierra y, dejándolo todo,
lo siguieron.
A San Pablo le sucede lo mismo, cuando camino a Damasco para perseguir
cristianos, la luz divina lo tumba al suelo y queda enceguecido.
Su sentimiento de indignidad lo resume en una palabra terrible, que nos
trae la Segunda Lectura de hoy:“Finalmente se me apareció
también a mí, que soy como un aborto.Porque yo
perseguí a la Iglesia de Dios y por eso soy el último de
los apóstoles e indigno de llamarme apóstol” (1ª
Cor. 15, 1-11).
Aunque indignos, fueron escogidos por Dios.Ahora bien ... ¡todos
somos indignos, todos somos incapaces!Pero cuando Dios llama, purifica,
prepara y equipa al escogido para la misión que le encomienda.
Y San Pablo nos explica qué es lo que sucede: es Dios Quien obra
en quien ha llamado.“Por gracia de Dios soy lo que soy ... he trabajado
... aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios”.
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