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María, Madre de
Dios
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María, Madre de
Dios
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SOLEMNIDAD SANTA MARÍA MADRE DE DIOS -
Tiempo de Navidad - Ciclo "C" -
1º de Enero de 2010
María es Madre de Dios. Y esa verdad que recibimos desde
que nos dan los primeros conocimientos de nuestra religión, se
dice tan fácilmente, pero -si nos fijamos bien- es un milagro
colosal, incomprensible, infinito. Tampoco, por cierto fue
siempre aceptada esta verdad. La Iglesia tuvo que convocar un
Concilio, el de Efeso, en el año 431 para condenar una
herejía que pretendía demostrar que María era
madre de Jesús-Hombre mas no de Jesús-Dios. Y desde
ese momento “María, Madre de Dios” es dogma de fe para los
cristianos.
La Santísima Virgen María es, entonces, verdaderamente
Madre de Dios porque su Hijo, Jesucristo, no sólo es Hombre,
sino también Dios. No podía María, por
supuesto, engendrar la divinidad de su Hijo, que como Dios es eterno,
pero sin duda es Madre de Jesucristo que es Dios. Luego, es Madre
de Dios. Así lo reconoció su prima Santa Isabel
cuando, “llena del Espíritu Santo” ante la presencia de
María, exclamó: “¿Quién soy yo para
que venga a verme la Madre de mi Señor”? (Lc. 1, 41-43).
Todas las gracias, dones y privilegios excepcionales de María se
derivan del hecho de su maternidad divina, inclusive los recibidos
cronológicamente antes de ser hecha Madre de Dios, como, por
ejemplo, su Inmaculada Concepción. Así
también, todas las gracias, dones y privilegios que nosotros
recibimos son causados por ser María Madre de Dios, porque
“concibiendo a Cristo, engendrándolo, padeciendo con su Hijo
cuando moría en la cruz, cooperó ... con el fin de
restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra
Madre en el orden de la gracia” (LG 10).
Por ello, en este ambiente de celebración del Nacimiento del
Hijo, la Iglesia nos invita a celebrar el primer día de cada
año a María, Madre de Dios ... y Madre nuestra, feliz
anexo que la moderna piedad popular ha agregado a esa
oración: “Bendita sea por siempre la Santa Inmaculada
Concepción de la Bienaventurada siempre Virgen María,
Madre de Dios ... y Madre nuestra”.
“Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, para rescatarnos, a fin
de hacernos hijos suyos. Puesto que ya somos hijos ... podemos
exclamar ‘¡Abba!’, que quiere decir ¡Papá!
¡Papito!” (Gal. 4, 4-7). Parodiando a San
Pablo, puesto que ya somos hijos, si podemos llamar así al
Padre, también podemos llamar a la Madre:
¡Madre! ¡Madrecita! ¡Mamá! ¡Mamita!
Y “tanto amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo,
para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna”
(Jn. 3, 16). Así también, parodiando a
San Juan Evangelista, podemos con propiedad decir que “tanto nos
amó María, que también Ella, nos entregó a
su Hijo único, para que todos tengamos vida eterna”.
Por eso Ella, que nos ha engendrado a tan alto precio -nada menos que
al precio de la vida de su Hijo amadísimo- quiere que vivamos
como verdaderos hijos suyos y del Padre Eterno. Pero pareciera
que nosotros no queremos vivir así. Decimos que queremos las
gracias que nos vienen por manos de la Virgen, pero también
queremos nuestra voluntad. Y las dos cosas no pueden ir
juntas. Decimos que queremos vivir bajo el manto de la Virgen,
pero también queremos vivir bajo el manto de nuestros
caprichos. Decimos que queremos recibir los dones divinos, pero
creemos que nuestros propios deseos son más importantes que esos
dones.
Por eso en este primero de año, podríamos escribirle al
Señor una carta en blanco, que comenzara en imitación a
la Madre de Dios, por un “Hágase en mí según tus
deseos” y terminara con un “Amén. Así sea”, dejando
que El, Padre infinitamente Sabio y Bondadoso, la llenara de sus
deseos, de sus designios, de sus planes para nuestra vida.
Así podremos recibir desde este primer día del año
la bendición con las palabras que Dios mismo nos dejó:
“El Señor los bendiga y los guarde, haga brillar su rostro sobre
ustedes y les conceda su favor, vuelva su mirada misericordiosa a
ustedes y les conceda la Paz” (Num. 6, 22-27).
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María, Madre
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