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* disponible en inglés - ve
homilías Inglés
3 Pascua
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El Dios de Nuestros Padres
(26 de abril de 2009)
Tema Básico: No vamos a Dios como individuos, sino como
hijos del Nuevo Israel.
In la primera lectura hemos escuchado las palabras de San Pedro - la
portavoz de la Iglesia naciente. Es interesante como comienza. No habla
de Dios como un ser abstracto. No, el habla de un Dios que actua en la
historia humana. Eso es lo que San Pedro dice, "El Dios de Abraham, de
Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres." Relacionamos a Dios como
parte de un pueblo: Israel, los hijos de los patriarcas: Abraham, Isaac
y Jacob. En Jesus tu y yo somos hijos de Abraham, Isaac y Jacob. En
Jesus pertenecemos al Nuevo Israel - la Iglesia.
Es verdad que cada debe tener un relacion personal con Jesus, con Dios.
En que otro modo podemos relacionarnos a el sino como personas? Pero
personal no significa que somos individuos aislados. Al contrario,
somos parte de una familia: La parroquia es una familia de familias.
Aque recibimos los sacramentos - especialmente el Sacrificio de la Misa
- que nos une a Jesus y uno al otro.
Como catolicos, no paramos con la parroquia. No somos
congregacionalistas. La Iglesia al final de las cuentas no pertenece a
nosotros. Pertenece a Jesus. Escogio a Pedro y los Apostoles. Ellos
escogieron a los obispos como sus sucesores. Aqui en la Arquidiocesis
de Seattle, tenemos al Arzobispo Brunett como nuestro obispo.
La mayor responsabilidad del Arzobispo Brunett es proveer parrocos para
las parroquias. Eso implica el entrenamiento de seminaristas y el apoyo
de sacerdotes, diaconos y otros que nos guian.
Este domingo oimos de la importancia de la mision del Arzobispo Brunett
y la Arquidiocesis de Seattle. Les pido dar la plena atencion a la
presentacion sobre la Peticion Catolica Anual. Antes de presentarlo,
recuerdense que somos parte de algo mayor que nosotros mismos. Nuestro
Dios es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios de nuestros padres.
Somos hijos de Israel, hijos del Nuevo Israel fundado por Jesus. Con
eso quisiera que den plena atencion ___________.
**********
*Hechos 3:13. En forma semejante, Jesus explica en el evangelio que su
sufrimiento, muerte y resurreccion cumplen "todo lo que estaba escrito
de mi en la ley de Moises, en los profetas y los salmos."
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Intercesiones Generales para Tercer Domingo de Pascua (de Sacerdotes
Para la Vida)
English Version
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3 Pascua
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DOMINGO 3 del Tiempo de Pascua - Ciclo "B" -
26 de Abril de 2009
El Evangelio de hoy nos narra la primera aparición de Jesucristo
resucitado a sus Apóstoles y discípulos reunidos en
Jerusalén (Jn. 6, 1-15). Anteriores a esta
aparición, la Sagrada Escritura nos narra la de María
Magdalena, nos menciona que el Señor se había aparecido
también a San Pedro y, adicionalmente, nos cuenta la de dos
discípulos suyos que iban desde Jerusalén hacia
Emaús.
El Evangelio de hoy no nos cuenta ese relato, sino que nos narra el
regreso de esos dos discípulos de Emaús a
Jerusalén. Recordemos cómo fue esa
aparición: Cristo se hizo pasar por un caminante
más que iba por el mismo sitio y, caminando junto con ellos,
“les explicó todos los pasajes de la Escritura que se
referían a El”. Luego accedió a quedarse con
ellos y “cuando estaba en la mesa, tomó un pan, pronunció
la bendición, lo partió y se lo dio”. Fue en ese
momento cuando los discípulos de Emaús lo reconocieron
... pero El desapareció.
Con motivo de este tiempo de Pascua, veamos cómo aplicamos este
relato a la Santa Misa. Nos dice el Catecismo de la Iglesia
Católica (cf. #1346, 1347, 1373, 1374, 1375, 1376, 1377) que la
Liturgia de la Eucaristía se desarrolla con una estructura que
se ha conservado a través de los siglos y que comprende dos
grandes momentos que forman una unidad básica. Estos
momentos son:
La Liturgia de la Palabra, que
comprende las lecturas, la homilía y la oración universal.
La Liturgia Eucarística, que comprende el
Ofertorio, la Consagración y la Comunión.
Es importante recordar que la Liturgia de la Palabra y la Liturgia
Eucarística constituyen “un solo acto de culto”, según
nos lo dice el Concilio Vaticano II (SC 56). En efecto, la mesa
preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la
Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (cf. DV 21).
Es lo mismo que sucedió camino a Emaús:
Jesús resucitado les explicaba las Escrituras a los dos
discípulos, luego, sentándose a la mesa con ellos
“tomó el pan, pronunció la bendición, lo
partió y se lo dio” (Lc. 24, 13-35).
Sin embargo, constituye un error el pensar o el pretender que la
presencia de Jesús es igual durante la Liturgia de la Palabra
que durante la Consagración y la Comunión.
Cristo está presente de múltiples maneras en su
Iglesia: en su Palabra, en la oración de su Iglesia,
“allí donde dos o tres estén reunidos en su
nombre”, en los Sacramentos, en el Sacrificio de la Misa,
etc. Pero, nos dice el Concilio Vaticano II (SC 7) y la
enseñanza de la Iglesia a lo largo de los siglos, que “sobre
todo (está presente) bajo las especies eucarísticas”.
“El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas
es singular.” Este énfasis en la singularidad de la
presencia viva de Cristo en el pan y el vino consagrados nos lo
recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, el cual es un
compendio resumido de toda la enseñanza de la Iglesia a lo largo
de los siglos. Este Catecismo promulgado durante el Pontificado
de Juan Pablo II, incluye además muchas de sus
enseñanzas.
Continúa el Catecismo:
“En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están
‘contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre
junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y,
por consiguiente, Cristo entero’"
Aclara el Catecismo:
“Esta presencia se denomina ‘real’, no a título exclusivo, como
si las otras presencias no fuesen ‘reales’, sino por excelencia, porque
es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente
presente”. “Mediante la conversión del pan y del vino en
su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este Sacramento.”
“Por la consagración del pan y del vino en la que se opera el
cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de
Cristo nuestro Señor y de toda la sustancia del vino en la
substancia de su Sangre, la Iglesia Católica ha llamado justa y
apropiadamente este cambio transubstanciación”.
“La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la
consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies
eucarísticas. Cristo está todo entero presente en
cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de
modo que la fracción del pan no divide a Cristo”.
Pasamos entonces a ver que tres Lecturas de este domingo nos hablan de
la Misericordia de Dios, al darnos el Señor su gran muestra de
misericordia para con nosotros, cual es el perdón de las faltas
que cometemos contra El.
En el Evangelio, en esta primera aparición a los
Apóstoles y discípulos reunidos en Jerusalén,
Jesús les da todas las pruebas para que se convenzan que
realmente ha resucitado. Les disipa todas las dudas que pueden
tener y que de hecho tienen en sus corazones. Les demuestra que
no es un fantasma, que realmente está allí vivo en medio
de ellos. Como nos les bastaba ver las marcas de los clavos
en sus manos y pies, les da una prueba adicional: les pide algo
de comer, y come.
Luego les recuerda cómo El les había anunciado todo lo
que iba a suceder y estaba sucediendo ya, y cómo se estaban
cumpliendo las Escrituras con su muerte y resurrección. Y
ya al final les dice que ellos son testigos de todo lo sucedido y les
habla de que “la necesidad de volverse a Dios para el perdón de
los pecados debe predicarse a todas las naciones, comenzando por
Jerusalén”.
Y eso hacen los Apóstoles. En la Primera Lectura (Hech. 3,
13-19) tenemos un discurso de Pedro quien, aprovechando la
aglomeración de gente que se formó enseguida de la
sanación del tullido de nacimiento, hace un recuento de
cómo sucedieron las cosas y cómo fue condenado
Jesús injustamente: “Israelitas: ... Ustedes lo
entregaron a Pilato, que ya había decidido ponerlo en
libertad. Rechazaron al santo, al justo, y pidieron el indulto de
un asesino; han dado muerte al autor de la vida, pero Dios lo
resucitó de entre los muertos.”
Sin embargo, a pesar de la falta tan grave, del “deicidio” que se
había cometido, Pedro les habla de la misericordia de Dios en el
perdón: “Ahora bien, hermanos, yo sé que ustedes
han obrado por ignorancia, al igual que sus jefes ... Por lo
tanto, arrepiéntanse y conviértanse para que se les
perdonen sus pecados”.
En la Segunda Lectura (1ª Jn. 2, 1-5) también San Juan nos
habla del arrepentimiento y del perdón de los pecados.
“Les escribo esto para que no pequen. Pero, si alguien peca,
tenemos un intercesor ante el Padre, Jesucristo, el justo. Porque
El se ofreció como víctima de expiación por
nuestros pecados y no sólo por los nuestros, sino por los del
mundo entero”.
Importante hacer notar cuál es la condición para recibir
el perdón de los pecados. Esa condición, no se
refiere a la gravedad de las faltas, por ejemplo. No se nos habla
de que unas faltas se perdonan y otras no, como si algunas faltas
fueran tan graves que no merecerían perdón.
¡Si se perdona hasta el “deicidio”! Se nos habla,
más bien, de una sola condición: arrepentirse,
volverse a Dios. Es lo único que nos exige el
Señor.
Por supuesto, el estar arrepentidos tiene como consecuencia
lógica el deseo de no volver a ofender a Dios, lo que llamamos
“propósito de la enmienda”. Pero, sin embargo, si a pesar
de nuestro deseo de no pecar más, volvemos a caer, el
Señor siempre nos perdona: 70 veces 7 (que no significa el
total de 490 veces) sino todas las veces que necesitemos ser
perdonados.
¿Realmente tenemos conciencia de lo que significa esta
disposición continua del Señor a perdonarnos?
¿Nos damos cuenta del gran privilegio que es el sabernos siempre
perdonados por El? ¿Medimos, de verdad, cuán grande
es la Misericordia de Dios para con nosotros que le fallamos y le
faltamos con tanta frecuencia?
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3 Pascua
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