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homilies.net          22 Mar 2009          4 Cuaresma
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Homilia de Padre Phil Bloom

http://www.geocities.com/Heartland/2964/span.html
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4 Cuaresma
La Belleza de Humildad
(22 de marzo de 2009)

Tema Básico: En en ser humano, no hay nada mas bello, mas atractivo que la humildad.

Hoy es el Cuarto Domingo de la Cuaresma. Nuestras lecturas enfocan en una virtud central: la humildad. Quisiera comenzar con un cuento de buen humor. Cuando Oscar Wilde (autor del Retrato de Dorian Grey) estaba visitando Francia, fue introducido a una autora llamada Marie Anne Bovet. Era una buena escritora, pero sencilla, aun feucha. Ella noto que Oscar Wilde estaba sorprendido al verla y dijo, "Verdad que soy la mujer mas fea de Francia?" Wilde hizo una reverencia y ceremoniosamente le dijo, "Del mundo, señora, del mundo."

Pues, esa mujer, Marie Anne Bovet no fue solamente una buena escritora. Era bella en su humildad. No hay nada mas bella, mas atractiva que la humildad.

Humildad es como una lampara. Hace posible ver la belleza verdadera, lo que realmente cuenta. Cuando Miguel Angel Buonarroti tenia ochenta y tantos años, dandose cuenta que la muerte estaba cerca, confio a un amigo que dos cosas le causaban tristeza. "La primera," le dijo, "es no haber cuidado mas la salvacion de mi alma." Añadio, "Y la segunda es el morir precisamente ahora, cuando empiezo a balbucear las primeras palabras de mi arte." Miguel Angel habia producido obras inmortales como el David, Moises, la Piedad y la Capilla Sistina. Tienen una belleza abrumadora. Sin embargo, al final de su vida se dio cuenta que aun estas obras maestras - en la luz de la eternidad - eran como palabras incompletas. "Empiezo a balbucear."

Por su humildad ante Dios, Miguel Angel era como San Pablo. Hoy dice que nadie puede presumir ante Dios. Somos salvados por la gracia. Nuestra salvacion es don de Dios. En el Evangelio tenemos el versiculo famoso - Juan 3:16 - espero que todos lo saben de memoria. "Tanto amo Dios al mundo, que le entrego a su Hijo unico, para que todo el que crea en el no perezca, sino que tenga vida eterna."

Reconocer que debemos todo a Dios es base de auto-estima verdadera. Algunos piensan que la auto-estima viene de hacer todo bien, cumplir cosas grandiosas - y que otros nos reconocen por lo que hacemos. Ese tipo de auto-estima es muy fragil. Si cometo un error, si fallo o si alguien me critica, caigo por abajo. Mi auto-estima disuelve porque depende de algo exterior: mis logros y si otros me escuchan o aprecian.

San Pablo - y Miguel Angel - indican un fuerte mas profundo de estima. Aun si hago las obras mas grandes, son pequenas en comparacion con Dios y la eternidad. Lo que cuenta no es tanto lo que tu y yo hacemos, sino lo que Dios hace por nosotros. Dios nos ama tanto que entrega a Hijo para que tengamos vida en el.

Alguien que tuvo una confianza bella en Dios era San Juan Vianney. Menciono que un recibio dos cartas. Una lo alabo, diciendo que era un gran santo; la segunda lo acuso de ser un hipocrita y un charlatan. San Juan Vianney comento, "La primera nada me da, la segunda nada me quita. Soy lo que soy a los ojos de Dios y nada mas."

En los ojos de Dios nuestras obras tienen importancia solamente si expresan la dependencia de el. Y la cosa maravillosa es que admitiendo nuestros pecados puede tener el mismo resultado: humildad, dependencia de Dios. No significa que sigamos pecando. Un pecado no arrepentido puede jalar a una persona al infierno. Jesus no vino para condenar, sino dar vida. Eso es volver a el, resolver a no pecar mas.

En solamente dos semanas celebraremos el Domingo de Ramos - la inauguracion de la Semana Santa. Lo que traemos a la Semana Santa es la humildad - la conciencia de quienes somos ante Dios. En el ser humano, no hay nada mas bella, mas atractiva que la humildad. Ante Dios, nadie puede presumir. Somos salvados por la gracia. Nos ama tanto que nos da su Hijo unico.

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Intercesiones Generales para el Cuarto Domingo de Cuaresma, Ciclo B (de Sacerdotes Para la Vida)

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Homilia de la Parroquia Nuestra Senora de la Caridad del Cobre, Caracas
http://www.homilia.org
4 Cuaresma
DOMINGO 4 de Cuaresma - Ciclo "B" -
22 de Marzo de 2009

La Segunda Lectura y el Evangelio de hoy nos hablan de salvación y condenación, de fe y obras.

“El que cree en El, no será condenado. Pero el que no cree, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios” (Jn. 3, 14-21).

Duras y decisivas palabras. Palabra de Dios escrita por “el discípulo amado”, el Evangelista San Juan. Palabras que sentencian la importancia de la fe: el que no cree en Jesucristo, Hijo de Dios hecho Hombre ... ya está condenado. Pero cabe, entonces la pregunta: ¿el que sí cree ... ya está salvado? ¿Basta la fe para que seamos salvados?

Esta pregunta necesariamente nos recuerda las diferencias -hasta hace poco infranqueables- entre Católicos y Protestantes. Sólo la fe basta, se adujo en la Reforma que llevó a cabo la lamentable división iniciada por Lutero en 1517.

Fundamentándose en la Sagrada Escritura, la Iglesia Católica siempre ha sostenido que la fe sin obras no basta para la salvación. Traducido a la práctica significa que en el Bautismo recibimos como regalo de Dios la virtud de la Fe y la Gracia Santificante. Y las “obras” consisten en cómo respondemos a ese don de Dios: con buenas obras, con malas obras o sin obras.

Para analizar, entonces, si la fe basta para la salvación y si las obras son necesarias, tenemos que referirnos a un documento, titulado “Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación”, firmado en 1999 entre la Iglesia Católica y la Iglesia Luterana, en que se trata precisamente este tema tan importante. De ese histórico documento extraemos las siguientes citas (resaltados nuestros):

“Sólo por gracia mediante la fe en Cristo y su obra salvífica y no por algún mérito, nosotros somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones capacitándonos y llamándonos a buenas obras. (#15)

“... en cuanto a pecadores nuestra nueva vida obedece únicamente al perdón y misericordia renovadora, que Dios imparte como un don y nosotros recibimos en la fe y nunca por mérito propio, cualquiera que éste sea”. (#17)

“El ser humano depende enteramente de la gracia redentora de Dios ... (el ser humano), por ser pecador es incapaz de merecer su justificación ante Dios o de acceder a la salvación por sus propios medios”. (#19)

“Cuando los católicos afirman que el ser humano “coopera” (en su salvación) ... consideran que esa aceptación personal es en sí un fruto de la gracia y no una acción que dimana de la innata capacidad humana”. (#20)

Es conclusión: no somos capaces, por nosotros mismos, de justificarnos, es decir, de santificarnos o de salvarnos. Nuestra salvación depende primeramente de Dios. Pero el ser humano tiene su participación, la cual consiste en dar respuesta a todas las gracias que Dios nos ha dado y que sigue dándonos constantemente para ser salvados. Eso es lo que la Teología Católica llama “obras”. De tal magnitud es nuestra imposibilidad de acceder por nosotros mismos a la salvación, que hasta la capacidad para dar esa respuesta a los dones de Dios, no viene de nosotros, sino de Dios.

De allí que también San Pablo nos diga: “La misericordia y el amor de Dios son muy grandes; porque nosotros estábamos muertos por nuestros pecados, y El nos dio la vida con Cristo y en Cristo. Por pura generosidad suya hemos sido salvados ... En efecto, ustedes han sido salvados por la gracia, mediante la fe; y esto no se debe a ustedes mismos, sino que es un don de Dios” (Ef. 2, 4-10).

La Primera Lectura nos trae el final del Segundo Libro de las Crónicas (2 Cro. 36, 14-23), y en ella se nos relata cómo se pervirtió el pueblo de Israel, pues todos, incluyendo los Sumos Sacerdotes “multiplicaron sus infidelidades”. Como si fuera poco, despreciaron la palabra que los Profetas, mensajeros de Dios, les llevaban. Llegó un momento, nos dice el relato, que “la ira de Dios llegó a tal grado, ya no hubo remedio”. La ciudad de Jerusalén con su Templo queda destruida por la invasión de los Caldeos, y “a los que escaparon de la espada, los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos”. El reino pasó al dominio de los Persas, cumpliéndose lo anunciado por uno de esos Profetas despreciados, Jeremías. Luego se nos relata el regreso del pueblo de Israel de Babilonia a Jerusalén en los tiempos de Ciro, Rey de Persia.

Y esto necesariamente nos trae a un tema candente: ¿Castiga Dios?

Cabe, entonces, preguntar: ¿qué es el castigo? ¿para qué son los castigos? Cuando un padre o una madre castigan a su hijo ¿por qué lo hacen? ¿por venganza, acaso? O el castigo es la forma de corregir al hijo, para que se encamine por el bien. Es muy importante reflexionar sobre esto, para comprender que “la ira de Dios” y “los castigos de Dios” de que nos hablan la Escritura, especialmente el Antiguo Testamento, son más bien manifestaciones de la misericordia divina. Dios -efectivamente- castiga, pero castiga para que los seres humanos aprendamos a enrumbarnos por el camino adecuado, por el camino que nos lleva a Dios.

Es lo que le sucedió al pueblo de Israel con ese exilio de 70 años a Babilonia. Al regresar venían reformados, purificados. Cuando Dios permite un “aparente” mal –en este caso, la expulsión, el exilio y hasta la destrucción del Templo de Jerusalén- es para obtener un mayor bien.

Las infidelidades de los seres humanos para con Dios, nuestro Creador y nuestro Dueño, pueden llegar a niveles en que, como nos dice esta Primera Lectura, ya no haya otro remedio. Por eso Dios a veces castiga. Y castiga para que enderecemos el rumbo, para que volvamos nuestra mirada a El.

“Si mi pueblo -sobre el cual es invocado mi Nombre-
se humilla:
orando y buscando mi rostro,
y se vuelven de sus malos caminos,
Yo -entonces- los oiré desde los cielos,
perdonaré sus pecados
y sanaré su tierra.”
(2 Crónicas 7, 14)

Es orando y convirtiéndonos como Dios nos oirá, perdonará nuestros pecados y sanará nuestra tierra.

Antes de que nos llegue el final a cada uno con la muerte o antes de que llegue el final de los tiempos, Dios nos advierte por medio de su Palabra, por medio de las enseñanzas de la Iglesia, por medio de su Madre que se aparece en la tierra para advertirnos, para guiarnos, para llamarnos a la conversión. Inclusive nos llama y nos advierte por medio de sus mensajeros, los profetas. Y ... ¿hacemos caso a todas estos llamados?

Llegará un momento en que ya sea el final, bien porque nos llegue con nuestra propia muerte o bien porque se termine el tiempo y pasemos a la eternidad. En cualquiera de las dos instancias, en ese momento ya no hay sino salvación o condenación.

El Evangelio nos dice cuál es la causa de la condenación: “La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz”.

Cristo es la Luz que vino a este mundo, no para condenarlo, sino para salvarlo.

¿En qué consiste preferir la luz a las tinieblas? ¿En qué consiste aprovechar la salvación que Jesucristo nos trajo?

Consiste en creer en El, seguirlo a El, tratar de ser como El y de actuar como El.

De esa forma estamos prefiriendo la Luz a las tinieblas. De esa forma, estamos aprovechando las gracias de salvación, que “sin ningún mérito nuestro”, nos han sido “regaladas” por Dios, a través de su Hijo, Jesucristo.

Y Dios nos regala así, porque a pesar de nuestras infidelidades, a pesar de las veces que nos oponemos a El, de las veces que lo retamos, de las veces que lo cuestionamos, de las veces que le damos la espalda, El nos quiere salvados para que vivamos con El para siempre en la gloria del Cielo.
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Homilia de Padre Jesus Marti Ballester
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