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4 Tiempo Ord
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Sin Preocupaciones
(1ero de febrero de 2009)
Tema Básico: Pedimos a Jesus protegernos del miedo - las
preocupacione que pueden convertirse en angustia.
Unos expertos medicos dicen que hasta la mitad de sintomas medicas
tienen su origen en el miedo. El paciente teme la perdida del trabajo,
de ser descubierto, el fallecimiento de un ser querido, la traicion o
la vejez - y el temor se manifiesta en sintomas medicas como un dolor
fisico. El doctor examina el paciente y no descubre ninguna causa
fisica. Sin embargo el dolor o la paralisis es real. El miedo que causa
esa sintomas viene de las preocupaciones que llegan a la angustia - un
miedo no enfocado que no desaparece.
San Pablo dice que nos gustaria que fueramos "sin preocupaciones." Esta
dando consejos a solteros en cuanto al matrimonio, pero su deseo aplica
mas generalmente. San Pablo podia unirse a lo que decimos a la
conclusion del Padre Nuestro, de vivir "protegidos de toda
perturbacion."
Recien el Papa Benedicto hablo del problema comun del miedo y
preocupaciones. Desde luego, reconoce que el miedo es una dimension
natural de la vida - y distingue entre miedo imaginarios de la
niñez que desaparecen y los enraizados en la realidad. Esos
tenemos que enfrentar con empeño y confianza en Dios. No
obstante, dice el Santo Padre, "hay una forma mas profunda del miedo,
una forma existencial, que a veces se convierte en la angustia: ese
miedo viene de un sentido de vacuidad, conectada con una cultura
empregnada de nihilismo." Para vencer este miedo, esta angustia,
requiere el poder de Cristo - su intervencion en nuestras vidas.
En el Evangelio escuchamos de Jesus encontrando un hombre con un
espiritu inmundo. Temia que que Jesus iba a "acabar con nostros."
Parece que el espiritu inmundo habia apoderado aspectos de su
personalidad del hombre. Hablaba incoherentemente y Jesus le ordeno a
callarse - el espiritu inmundo salio del hombre. Lo que al principio
parecia destruccion en realidad era la liberacion.
La Iglesia Catolica sigue el ministerio de exorcismo - echar espiritus
malignos. En los ultimos años varios sacerdotes y diaconos han
recibido entrenamiento formal para administrar el rito de exorcismo. No
he tomado ese entrenamiento, pero recognozco esa autoridad como parte
del ministerio sacerdotal. Antes de bautizar a un niño o adulto,
el sacerdote hace un exorcismo sencillo - no que la persona esta
poseida, sino que tendra que enfrentar tentaciones y ataques
diabolicos. Por eso, el sacerdote hace un exorcismo declarando la
superioridad del poder de Cristo. En el Sacramento de Reconciliacion u
otro encuentro pastoral, a veces discierno una fuerza espiritual que
agarra a la persona. Como parte de la absolucion u otra oracion,
ordenaré que espiritu malo se saliera.
En la tradicion cristiana, las oraciones de exorcismo son rezadas
suavemente - no como en las peliculas. Una vez un sacerdote trajo una
muchaca llamada Agnese Salamoni a; Padre Pio - San Pio of Pietrelcina.
Ella era la "niña modelo de la parroquia," pero habia caido en
una depresion. A pesar de no ser un exorcista formal, sintio la
presencia de un poder maligno. Solamente dijo, "Fuera." La niña
se mejoro,pero la curacion no fue instantaneo. Requirio mucha mas
oracion.
Pues, supongo que pocos de ustedes se consideran como exorcista. Sin
embargo, Dios puede usar uno u otro de nosotros para una palabra de
liberacion. Un ejemplo: Posiblemente han escuchado de la Dra. Alveda
King - sobrina de del Dr. Martin Luther King, Jr. En los años
setenta habia procurado dos abortos. Como la Corte Suprema habia
legalizado el aborto, ella creo a los consejeros de Plan Fami (Planned
Parenthood) que le dijeron, "No es un bebito, solamente pedazos de
tejidos." Embarazada por tercera vez, menciono a su abuelito - el Dr.
Martin Luther King, Sr - lo que Planned Parenthood le dijo. "No," el
respondio, "estan mintiendo. Es un niño." La Dra. Alveda King
abrazo a su hijo y despues busco perdon y sanacion por los abortos.
Ahora tiene una paz profunda - una libertad de angustia - y es un lider
fuerte en el movimiento Pro-Vida.
Si comenzamos cada dia con una oracion, Jesus puede usarnos para traer
liberacion, sanacion y paz a otros. Primero tenemos que pedir que -
como el Dr. Martin Luther King, Sr. - que tengamos paz, libertad del
miedo, dentro del corazon. En la misa, pedimos a Jesus protegernos de
las perturbaciones - especialmente el miedo que se puede convertir en
la angustia. Puede causar acciones incoherentes. Puede paralizar.
Solamente Jesus puede liberarnos de tales poderes diabolicos. Para
vencer el miedo requiere el poder de Jesus - su intervencion en nuestra
vida.
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4 Tiempo Ord
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DOMINGO 4 del Tiempo Ordinario - Ciclo "B" -
1º de Febrero de 2009
La Primera Lectura del Deuteronomio nos habla de la promesa que
Yahvé hizo al pueblo prometiéndole profetas que les
dirían lo que El les mandara a decir. Nos dice esta lectura que
el pueblo había pedido a Dios que no quería volver a
oír su voz. Por eso, “en aquellos días, habló
Moisés al pueblo, diciendo: ‘El Señor Dios hará
surgir en medio de ustedes, entre sus hermanos, un profeta como yo. A
él lo escucharán” (Dt. 18, 15-20). Así lo
prometió Dios a Moisés y así fue con toda la serie
de profetas (escritores y no escritores, mayores y menores), que
sucedieron a Moisés, hasta que llegó “el Profeta”, que no
es otro sino el mismo Dios hecho Hombre: Jesucristo.
Profeta es quien dice al pueblo de Dios lo que Dios quiere que se le
diga. Profeta no es simplemente quien habla de Dios; es, más
bien, quien habla en nombre de Dios y bajo su inspiración. El
profeta es a la vez receptor y transmisor: recibe la palabra de Dios y
la transmite. Se dice que el profeta es “boca de Dios”, pues el profeta
habla con su boca la palabra de Dios.
Ahora bien, Jesucristo es la Palabra misma; es decir, Jesucristo es la
expresión de Dios para nosotros los seres humanos. De
allí que Jesús, al comenzar a predicar y a actuar,
sorprendiera a la gente de su época. Nos dice el Evangelio de
hoy que, al enseñar, “sus oyentes quedaron asombrados de sus
palabras”. Y al expulsar un demonio, “todos quedaron estupefactos ... y
decían ‘este hombre sí tiene autoridad pues manda hasta a
los espíritus inmundos y éstos le obedecen’” (Mc. 1,
21-28). Jesucristo era el Profeta que, además de hablar en
nombre de Dios y de enseñar con autoridad, también
expulsaba a los demonios.
Sobre la lucha contra los espíritus malignos es importante tomar
en cuenta algunas recomendaciones. Como el Demonio y los demonios
están siempre al acecho para hacer caer a los seres humanos en
el pecado y para hacerlos andar por el camino que lleva a la
condenación, debemos recordar que Jesucristo nos habla de la
importancia de la vigilancia. Y el medio más eficaz de vigilar,
para impedir que el mal se acerque a nosotros es vigilar en
oración, llenando así nuestro corazón de Dios que
es Quien expulsa el Mal. Así el Enemigo no podrá
encontrar sitio en nuestro corazón. Y no tiene sitio allí
si la persona está bien unida a Dios. ¿En qué
consiste esa unión con Dios? Consiste en aceptar la Voluntad de
Dios y renunciar a la propia voluntad. Consiste en aceptar los deseos
de Dios y renunciar a los propios deseos. Consiste esa unión con
Dios en aceptar la forma de pensar y de ser de Dios y renunciar a las
propias formas de pensar y de actuar. Y esto es así, por quien
está unido a Dios de esa manera es fuerte con la fortaleza misma
de Dios. Esta es la vigilancia que nos pide el Señor.
Volviendo a la Primera Lectura, es lamentable que el vocablo “profeta”
sea tomado para referirse a quien predice el futuro. Ciertamente el
profeta puede hablar del futuro, si Dios así lo desea. Pero el
mensaje profético incluye muchísimo más que eso.
“La palabra del profeta edifica, exhorta y consuela” (1 Cor. 14, 3). El
mensaje del profeta suele ser exigente, pues recuerda con claridad los
compromisos de la humanidad para con Dios. Es inflexible con el pecado,
especialmente con la idolatría. El mensaje profético
también es consolador, pues reconforta y reanima al pueblo de
parte de Dios, y descubre la esperanza en medio de la oscuridad.
También suele ser un mensaje edificante, pues enseña y
corrige; educa y forma, además de sanar y purificar, y de llamar
a la conversión.
El profeta no se hace a sí mismo, sino que es Dios Quien lo
escoge. Es Dios Quien tiene la iniciativa y domina a la persona del
profeta. Y suele Dios llamar al profeta de una manera irresistible y
hasta seductora. Eso lo supo Jonás, a quien vimos en las
lecturas de la semana pasada en medio de una tormenta, luego en el
vientre de una ballena, hasta que predicó lo que Dios le
indicó.
He aquí lo que dice el profeta Amós sobre el llamado de
Dios al profeta: “Así como nadie queda impertérrito al
oír el rugido del león, así también nadie
se negará a profetizar cuando escucha lo que le habla el
Señor” (Am. 3, 8). Y Jeremías: “Me has seducido,
Yavé, y me dejé seducir. Me hiciste violencia y fuiste el
más fuerte ... Sentí en mí algo así como un
fuego ardiente aprisionado en mis huesos, y aunque yo trataba de
apagarlo, no podía” (Jer. 20, 7 y 9).
¿A quiénes escoge Dios como profetas? Por supuesto, a
quienes El quiere. Pero incluye a toda clase de personas: hombres y
mujeres, ricos y pobres, adultos y adolescentes, y aún desde el
seno materno. “Antes de formarte en el seno de tu madre, ya te
conocía; antes de que tú nacieras, yo te consagré,
y te destiné a ser profeta de naciones” (Jer. 1,5).
Al principio de la Historia de la Salvación, Dios guía a
su pueblo mediante los Patriarcas que son también profetas, pues
reciben instrucciones de él para su pueblo. Tal es el caso de
Abraham y también de Moisés, quien es considerado como un
auténtico profeta, además de ser patriarca.
Luego viene la época de los Jueces, que no eran jueces como los
conocemos hoy -personas que dirimían problemas de justicia- sino
más bien guías y gobernadores del pueblo escogido. Samuel
fue el último y más grande gran Juez de Israel. De
él leíamos hace dos domingos, cuando recibió la
palabra de Dios, Quien le dio la misión de hablar en su nombre.
Es decir, Samuel también fue profeta.
Luego viene la época de los Reyes, en la cual los tres ejes de
la sociedad israelita son el Rey, el Sacerdote y el Profeta. Surge,
entonces, la época del profetismo. Los profetas iluminan a los
Reyes. Tal es el caso de Natán, Gad, Eliseo, muy especialmente
Isaías y por momentos Jeremías. A ellos les tocaba decir
si la acción emprendida era la deseada por Dios y si calzaba
dentro de sus planes.
Llega un momento en que se interrumpe el profetismo (cfr. 1 Mac. 4, 46
y Sal. 74, 39). Comienza entonces el pueblo de Israel a vivir en la
espera del “Profeta” prometido. De allí el entusiasmo que
suscitó San Juan Bautista, quien es el último de los
Profetas del Antiguo Testamento, pues, aunque el relato de su vida y de
su predicación esté recogido en el Nuevo Testamento,
él es anterior a Cristo, es quien prepara el camino a
Jesús.
Ahora bien, la misión del profeta es más bien ingrata,
pues la palabra de Dios suele ser un estorbo para todos: para reyes,
príncipes, autoridades, sacerdotes, falsos profetas y para el
pueblo en general. De allí que muchos profetas se resisten a
ejercer su función. Pero Dios no se arrepiente e insiste.
Volvemos al ejemplo de Jonás. Cuando Moisés se resiste,
sus excusas de nada le valen (Ex. 3, 11-12). Tampoco las de
Jeremías (Jer. 1, 6-7).
De allí, también, que los profetas tenga sus crisis de
depresión y de rebeldía. Tal es el caso de Jonás
después de la conversión de Nínive (Jon. 4).
También Moisés (Núm. 11, 11-15) y Elías (1
Re.19, 4). Jeremías llega a quejarse amargamente y casi abandona
su misión (Jer. 15, 18 s; 20, 14-18). También Ezequiel
(Ez. 3, 14s).
Los profetas casi nunca ven el fruto de su misión. La
predicación de Isaías más bien endurece al pueblo
(Is. 6, 9; Mt. 13, 14-15). Sin embargo, el profeta deberá hablar
en nombre de Dios así se le escuche o no (Ez. 2, 5-7 y 3, 11-21).
Vemos, entonces, cómo el carisma de profecía es un
carisma de revelación, por el que Dios da a conocer a los seres
humanos lo que no podríamos descubrir con nuestros limitados
recursos humanos. Como todo carisma, el de profecía
también es para el bien de la comunidad y para levantar la fe
del pueblo de Dios o de un sector del pueblo de Dios. Es así
como el profeta se salva cumpliendo su misión de profetizar y
cumpliendo también el mensaje que Dios da a través suyo.
Y el pueblo de Dios se salva escuchando lo que dicen los profetas y
cumpliendo las indicaciones que Dios da a través de ellos.
¿Han habido profetas después de Cristo? ¿Existen
profetas en nuestros días? Santo Tomás de Aquino tiene
esto que decir al respecto: “En todas las edades los hombres han sido
instruidos divinamente en materias referentes a la salvación de
los elegidos ... y en todas las edades han habido personas
poseídas del espíritu de profecía, no con el
propósito de anunciar nuevas doctrinas, sino para dirigir las
acciones humanas”. (Summa:2:2:174:Res. et ad 3).
“El profetismo no se extingue con la edad apostólica (con los
Apóstoles). Sería difícil comprender la
misión de muchos santos en la Iglesia sin referirse al carisma
profético. " `Las profecías desaparecerán un
día’, explica San Pablo (1 Cor. 13, 8). Pero esto será al
fin de los tiempos. La venida de Cristo a acá, muy lejos de
eliminar el carisma de profecía, provocó su
extensión, la cual había sido predicha: ‘Ojalá
todo el pueblo fuera profeta’, era el deseo de Moisés
(Núm. 11, 29).” (X.León-Dufour, Vocabulario de
Teología Bíblica).
Y el Papa Juan Pablo II nos dejó dicho lo siguiente respecto del
profetismo en nuestros días: “El Espíritu Santo derrama
una gran riqueza de gracias ... Son los carismas. También los
laicos son beneficiarios de estos carismas ... como lo atestigua la
historia de la Iglesia” (JP II, Catequesis del Miércoles
9-3-94). “Conviene precisar con palabras del Concilio la naturaleza del
profetismo de los laicos ... no sólo de un profetismo de orden
natural ... Más bien es cuestión de un profetismo de
orden sobrenatural, tal como se nos presenta en el oráculo de
Joel (3,2), ‘En los últimos días ... profetizarán
vuestros hijos y vuestras hijas’ ... para hacer vibrar en los corazones
las verdades reveladas” (JP II, Catequesis del Miércoles
26-1-94).
Es decir, la función principal de los profetas posteriores a
Cristo es recordar las verdades reveladas y la doctrina y
enseñanzas de la Iglesia de Cristo. Ejercen su misión
profética, nos dice el Concilio Vaticano II, “en unión
con los hermanos en Cristo, y sobre todo con sus pastores, a quienes
toca juzgar la genuina naturaleza de tales carismas y su ordenado
ejercicio, no, por cierto, para que apaguen el Espíritu, sino
con el fin de que todo lo prueben y retengan lo que es bueno (cf. 1
Tes. 5, 12.19.21).
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