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2 Adviento
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Pecados de Impaciencia
(7 de diciembre de 2008)
Tema Básico: Tenemos que aprender el tiempo
de Dios para evitar los pecados de paciencia que
causan tanto daño. Si esperamos pacientemente,
nos dará toda cosa buena.
Este domingo el tema es sobre el tiempo de Dios y
nuestro tiempo. Para introducirlos, comienzo con
un cuento de buen humor:
Una vez un hombre tuvo una conversacion con Dios.
Le dijo, "Senor, siempre me he preguntado sobre el
tiempo. Como son mil años para ti?" Dios respondio, "Para
mi mil años son como un segundo."
Mas atrevido, el hombre pregunto: "Y que de dinero?
Para ti como es un millon de dolares?" Dios contesto, "Para
mi un million de dolares es como un centavo?"
El hombre se entusiasmo y dijo, "Senor, puedes darme
uno de estos centavos?" Dios contesto, "No hay problema,
pero tendras que esperar un segundo."
Hoy San Pedro nos hace recordar que el tiempo de
Dios es diferente que el nuestro. "Para el Senor," dice
San Pedro, "un dia es como mil años y mil
años como un dia." Pedro nos exhorta a ser
paciente porque Dios es paciente con nostros. "El
dia del Senor llegará," nos asegura.
Paciencia es una virtud bien importante. Significa
esperar, sacrificar una satisfaccion inmediata par
un bien mayor. Impaciencia, por otro lado, es la
indisposcion de esperar, el querer todo, ahora mismo.
Muchos de nuestros problemas vienen de la impaciencia.
Consideren la crisis economica. Banqueros, con deseos
de hacer una ganancia rapida, convencieron a jovenes
que podian tener todo, ahora: una casa nueva, un
carro nuevo, todo. No hay necesidad de esperar. Pues,
tristemente, nuestra impaciencia nos ha arruinado.
Este Adviento les invito examinar su conciencia en
terminos de paciencia. Escuchamos hoy que, cuando
Juan los bautizo, "reconocian sus pecados." Al pensarlos,
casis todo pecado viene de la falta de paciencia.
Por ejemplo, la explosion de colera muestra una falta
terrible de paciencia. Robar y engañar son
pecados de impaciencia: En vez de trabajar duro,
una persona quiere agarrar cosas. Y aun pecados como
la fornicacion, adulterio, pornografia, cohabitacion
y contracepcion son pecados de impaciencia. En vez
de respetar el plan de Dios para matrimonio y sexualidad
humana, un quiere todo y lo quiere ahora. Como una
sociedad - ya por unos cincuenta años - hemos
experiementado con cohabitacion (convivir antes de
matrimonio) y contracepcion (control de natalidad).
A pesar de las promesas, cohabitacion y contracepcion
no han resultado en matrimonios fuertes y felices.
Al contrario.
No hay virtud mas basica que la paciencia. Significa
disciplina, trabajo duro, sacrificio, esperar para
el momento apto. Paciencia es dificil. Pero trae
sus premios. Mencione cohabitacion y contracepcion
como ejemplos de impaciencia - y el impacto negativo
que han tenido. Por otro lado, parejas que esperan
hasta el matrimonio y que usan planificacion natural
tiene una tasa baja de divorcio. No resuelve todos
los problemas, pero indica que paciencia trae bendiciones
aun en la vida presente. Repito, paciencia no es
facil - y yo tengo que aprender igual que ustedes.
Adviento es un tiempo precisamente para aprender
paciencia. Es una temporada de "esperanza alegre." Hoy
hemos prendido la segunda vela de la Corona de Adviento.
La Corona (en su forma moderna) fue inventada para
enseñar paciencia. Un hombre llamado Johann
Hinrich Wichern (1808-1881) habia fundado un hogar
para niños de la calle en Hamburgo. Los niños
le preguntaban cuantos dias quedan hasta Navidad.
Como respuesta, desarrollo la Corona de Adviento
con sus velas para dar a los niños alguna
idea.
Usamos la Corona de Adviento para un proposito semejante
- para aprender paciencia. Desde luego, a veces las
cosas parecen oscuras, pero la Corona de Advienta
dice que la luz de Cristo ha venido - y que crecera.
Necesitamos aprender el tiempo de Dios - evitar los
pecados de impaciencia que causan tanto daño.
Si esperamos pacientemente, nos dara toda cosa buena.
Enseñanos, Senor, esperar hasta el momento
apto. Enseñanos, Senor, la esperanza alegre.
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Intercesiones Generales para el Segundo Domingo de
Adviento, Ciclo B (de Sacerdotes Para la Vida)
English Version
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2 Adviento
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Las Lecturas de este Segundo Domingo de Adviento
nos invitan a prepararnos para la celebración
de la venida de Jesús, al celebrar su cumpleaños
en esta Navidad.
Todo Adviento, entonces, tiene este sentido de preparación.
Todo Adviento contiene un llamado a la conversión,
al cambio de vida. Será, por tanto, una oportunidad
maravillosa para crecer en la fe, incrementar la
esperanza y mejor vivir en la caridad.
El Evangelio de hoy nos presenta a San Juan Bautista,
uno de los principales personajes bíblicos
de este Tiempo de Adviento, que es tiempo de preparación
a la venida de Cristo. La Liturgia de estos días
nos recuerda las cosas que hacía y que decía
el Precursor del Señor. Este personaje ya
había sido anunciado en el Antiguo Testamento
como “una voz que clama en el desierto” y
que diría: “Preparen el camino del Señor
... Rellénense todas las quebradas y barrancos,
aplánense todos los cerros y colinas; los
caminos torcidos con curvas serán enderezados
y los ásperos serán suavizados” (Is.
40, 1-5).
Los que conocían la profecía de Isaías
no deben haber dudado al ver a San Juan Bautista,
pues por el retrato que hacía de él
el Profeta era inconfundible el personaje. Pero,
más aún, al observar lo que decía
ya no quedaba la menor duda sobre su papel como Precursor
de Cristo.
Efectivamente, apareció en el desierto. Nos
dice el Evangelio que “vestido de pelo de camello,
ceñido con un cinturón de cuero y se
alimentaba de saltamontes y miel silvestre”.
Apareció como un mensajero inmediatamente
antes de Jesús para preparar el camino a éste,
predicando “un bautismo de arrepentimiento,
para el perdón de los pecados” (Mc.
1, 1-8).
Juan Bautista llamaba a la conversión
y al arepentimiento
Con esta descripción de la predicación
de San Juan Bautista nos queda claro que la preparación
para recibir al Señor consiste en arrepentirnos
y en recibir el perdón de los pecados.
Pero si observamos el detalle que da el Profeta Isaías
sobre cómo se prepara el camino del Señor
tenemos más información de cómo
puede ser ese proceso de conversión y de arrepentimiento
al que estamos llamados muy especialmente durante
este tiempo de Adviento, el cual nos presenta la
Liturgia de la Iglesia en preparación para
la venida del Señor.
“Aplanar cerros y colinas” significa
rebajar las alturas de nuestro orgullo, nuestra soberbia,
nuestra altivez, nuestro engreimiento, nuestra auto-suficiencia,
nuestra arrogancia, nuestra ira, nuestra impaciencia,
nuestra violencia, etc.
“Rellenar quebradas y barrancos” significa
rellenar las bajezas de nuestro egoísmo, de
nuestra envidia, nuestras rivalidades, odios, venganzas,
retaliaciones ... pecados todos que dificultan el
poder vivir en armonía unos con otros, pecados
que impiden la realización de ese Reino de
Paz y Justicia que Cristo viene a traernos.
“Enderezar los caminos torcidos y con curvas” significa
rectificar el camino, cambiar de rumbo si vamos por
caminos torcidos y equivocados, que no nos llevan
a Dios. ¿A dónde queremos ir?
¿Hacia dónde estamos dirigiéndonos?
¿Estamos preparándonos para que el
Señor nos encuentre, como nos dice San Pedro
en la Segunda Lectura, “en paz con El, sin
mancha, ni reproche”? (2 Pe. 3, 8-14).
Más aún, el Precursor del Mesías
anuncia algo muy importante: “Yo los bautizo
a ustedes con agua, pero El los bautizará con
Espíritu Santo”. Luego el mismo Cristo
confirmará este anuncio de Juan el Bautista.
En el diálogo con Nicodemo, Jesús le
dice a éste: “En verdad te digo, nadie
puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, de
arriba”. Y ante el asombro de Nicodemo, Cristo
le explica: “El que no renace de agua y del
Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino
de Dios ... Por eso no te extrañes que te
haya dicho que necesitas nacer de nuevo, de arriba” (Jn.
3, 3-7).
¿Qué es nacer de nuevo, de arriba?
Para entender esto, no hay más que ver a los
Apóstoles antes y después de Pentecostés
(cfr. Hech. 2 y 5, 17-41). Antes eran torpes para
entender las Sagradas Escrituras y aún para
entender las enseñanzas que recibieron directamente
del Señor. También eran débiles
en su fe. Eran, además, temerosos para presentarse
como seguidores de Jesús, por miedo a ser
perseguidos.
Pero sí hicieron algo: creyeron en el anuncio
del Señor:
“No se alejen de Jerusalén, sino que
esperen lo que prometió el Padre, de lo que
Yo les he hablado: que Juan bautizó con agua,
pero ustedes serán bautizados en el Espíritu
Santo dentro de pocos días” (Hech. 1,
4-5).
Y ¿cómo se nace de nuevo, de arriba? ¿Cómo
se nace del Espíritu Santo? Para esto también
hay que ver a los Apóstoles muy especialmente
en los días entre la Ascensión del
Señor y Pentecostés y también
a lo largo de todos los acontecimientos narrados
en los Hechos de los Apóstoles:
“Todos ellos perseveraban en la oración
y con un mismo espíritu, en compañía
de algunas mujeres, de María, la Madre de
Jesús y de sus hermanos”. (Hech. 1,
14).
El Adviento nos prepara para todo esto, y nos prepara
también para la celebración de la Navidad,
en que recordamos la venida histórica de Cristo.
Pero la Carta de San Pedro que nos trae la Segunda
Lectura nos recuerda el segundo significado del Adviento:
nos recuerda que también nos preparamos para
la segunda venida de Cristo, es decir, para el establecimiento
de ese Reino que Cristo vendrá a establecer
y del que habló a Nicodemo. San Pedro nos
describe, sin ahorrar detalles, cómo será ese
día.
Nos dice que el día del Señor “llegará como
los ladrones”; es decir, inesperadamente. Pasa
luego a describir cómo será ese momento: “Los
cielos desaparecerán con gran estrépito,
los elementos serán destruidos por el fuego
y perecerá la tierra con todo lo que hay en
ella”. Nos invita a una vida de “santidad
y entrega” en espera del día del Señor.
Nos asegura que vendrán “un cielo nuevo
y una tierra nueva, en que habite la justicia”.
Y concluye con la llamada que se repite de varias
maneras a lo largo de la Sagrada Escritura, pero
muy especialmente en este tiempo de Adviento: vigilancia
y preparación. “Apoyados en esta esperanza,
pongan todo su empeño en que el Señor
los halle en paz con El, sin mancha ni reproche”.
El Adviento es tiempo propicio para responder a la
llamada de San Juan Bautista. Es la misma llamada
que nos hace el Mesías que viene y que nos
hace la Iglesia siempre, pero muy especialmente en
Adviento: conversión, cambio de vida, enderezar
el camino, rebajar las montañas y rellenar
las bajezas de nuestros pecados, defectos, vicios,
malas costumbres, faltas de virtud; nacer de arriba,
nacer del Espíritu Santo, etc.
El Mesías fue anunciado en el Antiguo Testamento
y llegó
hace unos 2.000 años. La venida de Cristo
al final del tiempo también ha sido anunciada
y puede venir en cualquier momento
“como los ladrones” -nos dice el Señor
y nos lo recuerda San Pedro. Pero el final del tiempo
nos llega también a cada uno el día
de nuestra muerte, que puede sorprendernos -igual
que los ladrones- en cualquier momento. ¿Hemos
preparado el camino para nuestro encuentro con el
Señor? ¿Hemos nacido de arriba, del
Espíritu Santo? ¿Estamos preparados?
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2 Adviento
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