Jueves 22 o Domingo 25 de Mayo de 2008
Jesucristo murió, resucitó y subió a
los Cielos, y está sentado a la derecha
de Dios Padre. Pero también permanece
en la hostia consagrada, en todos los sagrarios
del mundo. Y allí está vivo, en
Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; es decir: con
todo su ser de Hombre y todo su Ser de Dios,
para ser alimento de nuestra vida espiritual.
Es este gran misterio lo que conmemoramos en
la Fiesta de Corpus Christi.
El Jueves Santo Jesucristo instituyó el
Sacramento de la Eucaristía, pero la alegría
de este Regalo tan inmenso que nos dejó el
Señor antes de partir, se ve opacada por
tantos otros sucesos de ese día, por los
mensajes importantísimos que nos dejó en
su Cena de despedida, y sobre todo, por la tristeza
de su inminente Pasión y Muerte.
Por eso la Iglesia, con gran sabiduría,
ha instituido esta festividad en esta época
en que ya hemos superado la tristeza de su Pasión
y Muerte, hemos disfrutado la alegría
de su Resurrección, hemos también
sentido la nostalgia de su Ascensión al
Cielo y posteriormente hemos sido consolados
y fortalecidos con la Venida del Espíritu
Santo en Pentecostés.
La Eucaristía es el Regalo más
grande que Jesús nos ha dejado, pues es
el Regalo de su Presencia viva entre los hombres.
Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo
ha realizado el milagro de irse y de quedarse.
Cierto que se ha quedado -dijéramos- como
escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia
no deja de ser real por el hecho de no poderlo
ver.
En efecto, es tan real la presencia de Jesucristo,
Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía,
que cuando recibimos la hostia consagrada no
recibimos un mero símbolo, o un simple
trozo de pan bendito, o nada más la hostia
consagrada -como podría parecer- sino
que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro
ser: Su Humanidad y Su Divinidad entran a nuestra
humanidad -cuerpo, alma y espíritu- para
dar a nuestra vida, Su Vida, para dar a nuestra
oscuridad, Su Luz.
Y nuestra alma necesita de ese alimento espiritual
que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así como
necesitamos del alimento material para nutrir
nuestra vida corporal, así nuestra vida
espiritual requiere de la Sagrada Comunión
para renovar, conservar y hacer crecer la Gracia
que recibimos en el Bautismo, gracia que es la
semilla de nuestra vida espiritual.
“Quien come Mi Carne y bebe Mi Sangre permanece
en Mí y Yo en
él” (Jn.6, 56)
Es así como, recibiendo a Jesucristo en
la Eucaristía, dice el Señor a
Santa Catalina de Siena, “... el alma está en
Mí y Yo en ella. Como el pez que está en
el mar y el mar en el pez, así estoy Yo
en el alma y ella en Mí, Mar de Paz ...”(cf. “El
Diálogo”).
El misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo
es un misterio de Amor, pues la presencia viva
de Jesucristo en la hostia consagrada es muestra
del infinito Amor de Dios por nosotros, Sus criaturas,
pues en la Eucaristía se hace presente
nuevamente el sacrificio de Cristo en la cruz,
es decir, Su entrega de Amor por nosotros los
hombres.
Recordemos que Dios Padre nos entregó a
su Hijo para pagar nuestro rescate, para redimirnos. ¡Qué precio
para rescatarnos! ¡La Vida de Jesucristo
entregada en la Cruz! Y esa entrega del Hijo
de Dios por nosotros los hombres, se renueva
en cada Eucaristía.
Es así como, al recibir a Jesucristo,
todo Dios y todo Hombre en la Sagrada Comunión,
recibimos Su Amor, y en virtud de esto somos
templos del Amor Divino y testigos de ese Amor,
para compartirlo con los demás y prodigarlo
a todos.
Pero para que se realice en nosotros y a través
nuestro el contenido del Misterio Eucarístico
es necesario recibir el Sacramento del Cuerpo
de Cristo en estado de gracia.
¿Y qué significa estar en “estado
de gracia”? Recordando el Catecismo de
Primera Comunión:
La gracia es un regalo sobrenatural dado por
Dios para ayudarnos en el camino que nos lleva
al Cielo. Y la gracia se pierde por el pecado,
es decir, por nuestro rechazo a Dios o a Sus
Mandamientos. Asimismo, la gracia puede aumentarse
con la oración, con las buenas obras y
con los Sacramentos recibidos adecuadamente.
Por ejemplo: para comulgar bien se necesita,
además de comprender a Quién se
va a recibir y de guardar el ayuno requerido,
no haber cometido pecado grave o haberlo confesado
al Sacerdote, estando verdaderamente arrepentido.
Acercarnos, pues, a la Comunión con un
corazón no arrepentido, no limpiado en
el Sacramento de la Confesión, es ir a
comulgar con un corazón cerrado, oscuro,
que no permite la entrada de la Luz de Dios,
con lo cual se oscurece uno más y se cierra
más aún a la Gracia y al Amor de
Dios.
Para comulgar bien Dios nos pide ir con un corazón
puro, limpio y receptivo a El.
Por eso nos espera con Sus Brazos abiertos en
el Confesionario, para que nos reconciliemos
con El, sintiendo un verdadero arrepentimiento
por habernos alejado de Su Voluntad y por haber
despreciado Su Amor. Y es Jesucristo mismo Quien
nos espera. Es El Quien nos escucha, nos perdona
y nos consuela, para luego darnos la plenitud
de Su Gracia y de Su Amor en el Sacramento del “Corpus
Christi”, la Sagrada Eucaristía.
Pero, además de estar en estado de gracia,
para recibir a Cristo en la Eucaristía
hay otras condiciones interiores, profundas,
que están sobreentendidas y que a veces
pasamos por alto:
• FE en la presencia real de Cristo en
la Eucaristía
• CONFIANZA plena en Dios
La consecuencia de la Fe es la confianza. Fe
y confianza en Dios son como dos caras de una
misma moneda: no hay fe sin confianza y viceversa.
• ABANDONO Y ENTREGA TOTAL A DIOS
Al tener plena confianza en Cristo, podemos entregarnos
a El sin reservas, totalmente, a todo lo que
El tenga dispuesto.
Estas disposiciones fundamentales de parte nuestra
permiten que haya
“común-unión” o Comunión:
unión de Cristo con nosotros y de nosotros
en Cristo. Si no tenemos estas disposiciones,
no puede darse la Comunión.
Recibimos a Cristo con nuestra boca. Pero eso
no basta, pues tenemos que unirnos a El en el
pensamiento, en el sentir, en la voluntad; con
nuestro cuerpo, con nuestra alma (entendimiento
y voluntad) y con nuestro corazón.
Bien claro pone esto la Liturgia de la Iglesia
en la oración después de la Comunión
el Domingo 24 del Tiempo Ordinario:
“La gracia de esta comunión, Señor,
penetre en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu,
para que sea su fuerza, no nuestro sentimiento,
lo que mueva nuestra vida”.
Siendo así, nuestra vida humana podrá entonces
participar de su Vida Divina, de manera que sea
El y no nuestro “yo” el principio
que guíe nuestra existencia.
¡Qué agradecidos debemos estar por
el Amor Infinito de Dios al regalarnos la presencia
viva de Jesucristo en la hostia consagrada! ¡Qué agradecidos
por poder recibir ese alimento tan necesario
para nuestra vida espiritual! ¡Qué
agradecidos porque Jesucristo se ha quedado con
nosotros para ser nuestro alimento espiritual!
¿Por qué Cristo es el Cordero?
Cristo Pastor y Pasto |