| |
http://www.geocities.com/Heartland/2964/span.html
* disponible en inglés - ve
homilías Inglés
6 Pascua |
Tema Básico: Jesus no nos dejara huerfanos, desamparados; nos
hace parte de su familia. La Peticion Catolica Anual nos recuerda de
esta familia amplia.
Jesus dice, "No les dejare huerfanos, desamparados." Durante mis
años en el Peru tuve la oportunidad de conocer muchos huerfanos
- niños que perdieron sus papás a causa de muerte o
incapacidad. Quisiera menciona una: Francisca. Su mamá murio en
el parto y su papá no podia cuidarla. Por eso la entrego a las
Hijas de la Caridad. Cuando tenia a Francisca en mis brazos, ella llora
fuerte y sin parar. Cuando crecio ella mantenia su distancia, aun
escondiendose me. Una dia, cuando tenia unos cuatro años, me
dejo levantarla. La sostuvo ante mis ojos y le dije, "Francisca, tu
eres mi hija." Me miro y extendio sus brazos para agarrar mi cuello.
Pues, puede ser que tenia miedo que iba a soltarla...pero parecia algo
mas: abrazando - en una forma instinctiva - la familia que Jesus
querria darle.
Jesus nos dice que no nos dejara huerfanos. A veces nos sentimos como
huerfanos - solos, haciendo todo por nuestra propia cuenta. Pero si
abrimos nuestros corazones a Jessu, si lo amamos, si hacemos lo que el
nos manda, el nos dara una familia.
Este domingo tenemos una presentacion sobre la Peticion Catolica Anual.
Una vez al año tenemos esta colecta para apoyar las obras del
Arzobispo Brunett. Nos recuerda que, en Jesus, somos parte de una
familia amplia. Les pido escuchar atentamente al testimonio.
**********
Note: If your computer brings up this page with weird characters (e.g.
báásico instead of basico with accent over the
"a") please go to "View," scroll down to "Encoding" and change from
"Western European" to "Unicode" (or vica versa). One of the encoding
languages should bring up the correct Spanish text.
English Version
|
|
http://www.homilia.org
6 Pascua
|
DOMINGO 6 del Tiempo
de Pascua- Ciclo "A" -
27 de Abril de 2008
El Evangelio de hoy continúa con el discurso de Jesucristo a sus
Apóstoles durante la Ultima Cena. Y en sus palabras el
Señor nos indica los requerimientos del Amor de Dios y
también la recompensa para aquéllos que cumplan esos
requerimientos.
Sabemos que Dios es infinitamente generoso en su Amor hacia nosotros
sus creaturas. Pero también es exigente al requerir nuestro amor
hacia El. Si no, ¿qué significan estas palabras del
Señor? “El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése
me ama ... El que no me ama, no guarda mis palabras ... Si me aman,
cumplirán mis mandamientos.” (Jn. 14, 15-24).
Aquí Jesús nos está mostrando, no solamente las
exigencias del Amor de Dios, sino también nos está
indicando algo que es esencial en el amor: quien ama complace al ser
amado. Y ¿qué es complacer a quien se ama? Es justamente
cuidarse de no ofenderle, de no desagradarle; por el contrario, es
tratar de hacer en todo momento lo que le cause contento y agrado.
Dios nos ama con un Amor infinito -sin límites-, con un Amor
perfecto -sin defectos- ... porque Dios es, no sólo la fuente de
todo amor, sino que El es el Amor mismo (cfr. 1 Jn. 4, 8).
Amar a Dios es complacerlo en todo: en hacer su Voluntad, en cumplir
sus mandamientos, en guardar sus palabras. “El que acepta mis
mandamientos y los cumple, ése me ama ... El que no me ama, no
guarda mis palabras”. Amar a Dios es, entonces, amarlo sobre todas las
personas y sobre todas las cosas; amarlo a El, primero que nadie y
primero que todo ... y amarlo con todo el corazón y con toda el
alma.
En este pasaje del Evangelio de San Juan, Jesús nos dice
cuál es nuestra recompensa por amar a Dios, como El lo merece y
como El lo requiere. Esa recompensa es ¡nada menos! que El mismo:
“Al que me ama a Mí, lo amará mi Padre; Yo también
lo amaré y me manifestaré a él ... y vendremos a
él y haremos nuestra morada en él” (Jn. 14, 21-24).
Pero ... si observamos bien nuestra actualidad: los hombres y mujeres
de hoy ponemos nuestra confianza y nuestra admiración en los
poderosos, en los artistas, en los modelos de belleza, en las estrellas
deportivas, etc. Podríamos decir que nos identificamos con
ellos, les damos todo nuestro aprecio -inclusive nuestro amor- llegando
a imitar sus maneras de ser, siguiendo sus recomendaciones, etc.
Pero ... pensemos bien ... ¿qué mayor Poder que el de
Dios, fuente de todo poder? ¿qué mayor Belleza que la de
Dios, fuente de toda belleza? ¿qué mayor Bondad que la de
Dios, fuente de todo bien? En fin, ¿quién es más
merecedor de nuestro amor, de nuestra confianza, de nuestra
admiración, de nuestra voluntad, que Dios?
Los hombres y mujeres de hoy hemos sido absorbidos por las cosas del
mundo: poder, dinero, riquezas, placeres, frivolidades, vicios,
pecados, conductas erradas, apegos inconvenientes, etc., etc. Unos
más, otros menos, todos estamos sumergidos en un mundo muy
alejado de los valores eternos, muy desprendido de las cosas de Dios,
muy desapegado de lo que realmente es valedero y duradero.
Y corremos el riesgo de no poder recibir esa recompensa que Cristo nos
ofrece, que es El mismo. “El mundo no puede recibirlo porque no lo ve
ni lo conoce” (Jn. 14, 16-17). Se refiere al Espíritu Santo -es
decir, el Espíritu del Padre y del Hijo- que El nos envía
para estar siempre con nosotros, para enseñarnos la Verdad, para
recordarnos todo lo que debemos saber.
En efecto, al estar nosotros sumergidos en lo que el Señor llama
“mundo”, es decir, todos esos apegos frívolos, vacíos,
insignificantes, intrascendentes, negativos, no podemos percibir al
Espíritu Santo. Sólo pueden percibirlo aquéllos
que aman a Dios, aquéllos que tienen a Dios de primero en sus
vidas, aquéllos que buscan hacer la Voluntad de Dios,
aquéllos que buscan complacer a Dios en todo. Si no es
así, se permanece ciego al Espíritu Santo, no se siente
su suave brisa, no se perciben sus gentiles inspiraciones.
En la Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hech. 8,
5-8, 14-17), vemos la importancia que se daba al comienzo de la Iglesia
a que los cristianos recibieran el Espíritu Santo.
Fijémonos que Pedro y Juan se trasladan desde Jerusalén a
Samaria, para que aquéllos que recientemente habían
aceptado la Palabra de Dios, recibieran también el
Espíritu Santo.
Vemos que en esta Lectura se nos dice con cierta preocupación
que esos nuevos cristianos “solamente habían sido bautizados en
nombre del Señor Jesús, pero no habían recibido
aún al Espíritu Santo”, comentario que nos hace volver a
aquellas palabras de Jesús a Nicodemo: “Quien no renace del agua
y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn.
3, 5).
Significa esto que no basta que seamos bautizados y que creamos en la
Palabra de Dios. Necesitamos, además, recibir el Espíritu
Santo.
El es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. El es el
Espíritu del Padre y el Espíritu de Jesús. El es
la promesa que Jesús hizo solemnemente a sus Apóstoles
antes de morir y antes de partir de este mundo. Veamos, entonces,
qué nos dice el Señor hoy.
Nos dice que para recibir al Espíritu Santo, tenemos que creer
en Dios y tenemos que cumplir sus Mandamientos; pero, además,
tenemos que distanciarnos de las cosas del mundo, pues si permanecemos
atados al mundo, nos quedamos ciegos: no podemos ni ver, ni conocer al
Espíritu Santo. Así nos dice el Señor: “El mundo
no puede recibir el Espíritu Santo, porque no lo ve ni lo
conoce. En cambio, ustedes (los que hacen mi Voluntad, los que cumplen
mis Mandamientos) sí lo conocen, porque habita entre ustedes y
estará en ustedes” (Jn. 14, 15-18).
Por eso, Dios nos sigue interpelando con su Palabra, día a
día, semana a semana. Esta semana nos promete el Espíritu
Santo y nos llama a amarle a El, indicándonos cómo:
cumplan lo que Yo pido, guarden mis Mandamientos, hagan mi Voluntad. Y
nos indica también cuál será nuestra recompensa:
nada menos que el tenerlo a El mismo y el ser amados por El como
sólo El sabe hacerlo: en forma perfecta e infinita.
Mientras busquemos en las cosas de este mundo y en los seres de este
mundo lo que nuestro corazón ansía, seguiremos
insatisfechos, deseando siempre algo más. Ese “algo más”
que siempre nos falta es el amor a Dios, pues sólo en El
hallaremos el descanso, la alegría, la paz que ni el mundo, ni
las criaturas pueden darnos. Sólo El es la plenitud infinita que
nuestro corazón busca y no encuentra, y que sólo
hallará cuando lo busque a El.
Sin embargo, nos dice San Pedro en la Segunda Lectura (1 Pe. 3, 15-18)
que a veces la conducta cristiana puede traer críticas, pero
advierte que “mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad
de Dios, que padecer haciendo el mal”.
|
|
http://jmarti.ciberia.es
6 Pascua
|
|
|
|
These homilies may
be copied and adapted for your own use; however, they may not be
commercially published without permission of the author.
|
|
|