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3 Pascua |
Los Incorruptibles
(6 de abril de 2008)
Tema Básico: Los incorruptibles, como
el Beato Pier Giorgio Frassati, dan un pequena
indicacion de lo que nos espera en Cristo.
Durante estos cincuenta dias de Pascua enfocamos
en el misterio central de nuestra fe - la Resurreccion
de Jesus. Vemos que su cuerpo ha sido transformado
radicalmente: Por ejemplo, hoy dos discipulos
no lo reconocen. Pero a pesar de la transformacion
hay continuidad: Muestra sus heridas y, como
vemos hoy, se hace presente en el partir del
pan. Podemos concluir que la Resurreccion de
Jesus no es solamente espiritual, sino corporal
o fisica.
Para entender esto, quisiera mencionar un misterio
medico-cientifico. Ustedes saben, por supuesto,
que cuando morimos nuestros cuerpos se descomponen
rapidamente - pero no todos. Unos cuerpos se
quedan incorruptos, aun sin embalsamar. Un ejemplo
es un joven italiano llamado Pier Giorgio Frassati
que vivio al principio del siglo veinte. Era
un estudiante de ingenieria que participo en
grupos juveniles que opusieron al fascismo y
servieron a los pobres. Mientras visitaba a los
enfermos, el mismo se enfermo y murio a la edad
de veinticuatro. En 1981 - casi seis decadas
despues de su fallecimiento - desenterraron su
cuerpo como parte de la proceso de canonizacion.
Tuvieron una sorpresa. Cuando abrieron su ataud,
descubrieron que su cuerpo estaba incorrupto.
Los que van al Dia Mundial de Jovenes van a tener
la oportunidad de rezar ante la tumba del Beato
Pier Giorgio. Estan trasladando su cuerpo desde
Torino hasta Sydney. Los que asisten al Dia Mundial
de Jovenes pueden ver este ejemplo de un cuerpo
incorrupto.
El Beato Pier Giorgio no es unico cuyo cuerpo
no se descumpuso. Hay varios, incluyendo a San
Franciso Javier, Santa Clara, Beato Juan XXIII
y el Padre Pio - sus cuerpos estan parcial o
completamente incorruptos. Se refieren a estos
santos como los "incorruptibles." No estoy exactamente
que pensar de este fenomeno, pero indica algo
revelado en la Biblia. Jesus no vino solamente
para salvar nuestras almas, sino un dia restaurar
nuestros cuerpos a una forma inmortal. Como dice
San Pablo, Jesus "transformara nuestros cuerpos
fragiles y hacerlos gloriosos como el suyo."
Es cierto que la materia que constituye nuestros
cuerpos esta constantemente cambiando, pero mantenemos
una forma que lo da continuidad. La forma no
permite reconocernos aun despues de muchos años.
Seguro que nos evejecemos, pero la forma basica
queda. Algo semejante sucedera en el dia del
Juicio Final, cuando Dios resucitara nuestros
cuerpos mortales - unos al castigo, otros a la
gloria.
Los incorruptibles, como el Beato Pier Giorgio,
son un pequeno testimonio de aquel evento futuro.
En su caso Dios usara sus cuerpos actuales. En
nuestro caso (al menos estoy bastante seguro
que yo volvere al polvo) Dios usara nuestra forma
o "alma" para restaurar nuestros cuerpos. La
lecturas de hoy tienen un versiculo que refiere
a nuestras vidas futuras. Viene del Salmo 16:
"Se me alegra el corazon y se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena;
porque no me entregaras a la muerte,
ni dejaras a tu fiel conocer la corrupcion."
Dios no dejara que el cuerpo de su fiel conozca
la corrupcion. A quien refiere esto? En un sentido
aplica al Beato Pier Giorgio y los otros incorruptibles.
Pero San Pedro - en los Hechos - da una aplicacion
mas especifica. Les invito seguir su logica.
Cita el versiculo y recuerda a sus oyentes que
es de un Salmo de David. No obstante, dice San
Pedro, el versiculo no puede aplicar a David
mismo porque su tumba esta en Jerusalen. Si la
abre, encontrara solamente huesos y polvo. El
cuerpo de David ha descompuesto. Pero si uno
va a la tumba de Jesus, se encontrara algo diferente.
La tumba de Jesus esta vacia. Su cuerpo no esta
alli. Por que? San Pedro da la explicacion: El
mismo Jesus, crucificado por nuestros pecados,
ahora esta vivo. Somos testigos oculares, dice
San Pedro. Jesus no fue restaurado a una vida
humana ordinaria, como Lazaro, sino a una nueva "gloriosa" existencia.
Recibimos hoy una mirada a esta vida gloriosa.
En el Evangelio, dos discipulos estan saliendo
para Jerusalen. Estan desanimados y desilusionados.
Todo lo que esperaba ha llegado a un fin terrible.
Encuentran un peregrino que empieza a hacerles
preguntas. En el curso de la conversacion el
peregrino habla de las profecias sobre un Mesias
que sufre. Sus palabras ponen fuego en sus corazones.
No quieren que el se vaya. El peregrino cumple
su deseo en forma magnifica. Toma pan, lo bendice
y lo parte. En aquel momento, lo reconocen. El
peregrino desaparece porque ahora esta presente "al
partir el pan."
Jesus nos dice, "El que come este pan vivira
para siempre." El Beato Pier Giorgio asistio
a la misa diaria - y paso muchas horas, a veces
noches enteras ante Jesus en el Santisimo. Es
muy apropiado que su cuerpo este incorrupto.
Los incorruptibles, como el Beato Pier Giorgio,
nos dan una indicacion de lo que esperamos en
Cristo. Como ellos, tu y yo somos invitados a
encontrar a Jesus "al partir el pan," la santa
Misa. A causa de Jesus, podemos decir las palabras
del Salmo 16:
"Se me alegra el corazon y se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena;
porque no me entregaras a la muerte,
ni dejaras a tu fiel conocer la corrupcion."
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3 Pascua
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Hoy, Domingo 3 de Pascua, continúa la Liturgia en tono de júbilo,
porque Cristo ha resucitado. El “Aleluya” sigue resonando como un
grito de celebración victoriosa, pues Jesús ha vuelto de la muerte
a la Vida, para comunicarnos esa Vida a nosotros.
Esta es la tónica de la Primera Lectura (Hch.2, 14.22-23), tomada de los
Hechos de los Apóstoles, la cual nos narra el discurso de Pedro el día
de Pentecostés. Después de haber recibido el Espíritu Santo,
San Pedro irrumpe en palabras que explicaban el triunfo de Jesús sobre
la muerte, discurso que estaba lleno de alegría porque Cristo, quien había
sido entregado a la muerte en la cruz, había resucitado.
El Salmo 15 es un Salmo del Rey David, que San Pedro recuerda en su discurso,
el cual nos llena de esperanza en nuestra propia resurrección. Hemos cantado: “Se
me alegra el corazón ... porque Tú no me abandonarás a la
muerte”. Y en él le hemos pedimos al Señor que nos enseñe
el camino de la vida, para poder ser saciados del gozo de su presencia en alegría
perpetua junto a El. Hemos repetido en el Salmo:
“Enséñanos, Señor, el camino de la Vida”.
En la Segunda Lectura (1 Pe.1, 17-21), San Pedro nos habla también de
camino, de “nuestro peregrinar por la tierra”, pidiéndonos
que vivamos en esta vida “siempre con temor filial”. Es decir, siempre
con el respeto y el amor que debemos a Dios nuestro Padre, porque hemos sido
rescatados, no pagando con algo efímero, como pueden ser el oro y la plata,
sino el precio de nuestro rescate ha sido ¡nada menos! que la vida de su
Hijo, “la sangre preciosa de Cristo”.
En el Evangelio (Lc. 22, 13-35) vemos el famoso pasaje de un camino, el camino
entre Jerusalén y un poblado situado a unos once kilómetros de
distancia, llamado Emaús. Por ese camino iban dos discípulos de
Jesús, que hacían este recorrido tres días después
de los sucesos de la muerte del Señor, precisamente el día en que
Cristo había resucitado. Y mientras iban caminando y comentando todo lo
que acababa de suceder en Jerusalén, el mismo Jesús Resucitado
se les apareció haciéndose pasar por un viajero más que
iba caminando en la misma dirección.
Nos dice el Evangelio que los ojos de los discípulos estaban
“velados” y no pudieron reconocer a Jesús. (Lc. 24, 13-35).
Jesús se hace el desentendido, el que no sabía nada de lo sucedido,
y ellos se impresionan: “¿Serás tú el
único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?”.
Jesús sigue haciéndose el desentendido, con lo que logra que ellos
expresen exactamente qué piensan de Jesús:
“Nosotros esperábamos que él sería el libertador de
Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron.”
Luego le contaron que algunas mujeres de su grupo los habían dejado “desconcertados”,
pues habían ido esa madrugada al sepulcro y llegaron contando que no habían
encontrado el cuerpo y que se les habían aparecido unos ángeles
que les habían dicho que Jesús estaba vivo. Le refirieron que también
los hombres, los Apóstoles, habían constatado lo del sepulcro vacío,
pero añadían incrédulos que a Jesús no lo habían
visto.
Varias cosas resaltan en esta primera parte del relato evangélico: ¿Por
qué estaban “velados” los ojos de Cleofás y de su compañero,
quienes no pudieron reconocer a Jesús Resucitado cuando se les incorporó en
el camino hacia Emaús? Más aún, ¿por qué
estaban “desconcertados” ante la información dada por las
mujeres que fueron al sepulcro?
Realmente se nota en ellos una gran falta de fe. Si Jesús había
anunciado a sus discípulos, a sus seguidores que resucitaría al
tercer día ¿cómo, entonces, no iban a creer el cuento de
las mujeres, si lo que ellas informaron fue justamente lo que El ya había
anunciado? ¡Qué
incredulidad ante el testimonio de los mismos Apóstoles quienes ratificaron
lo del sepulcro vacío!
Fijémonos en el comentario completo: “Algunos de nuestro compañeros
fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero
a El no lo vieron”. ¡Qué falta de fe! Tenían que ver
para creer. Y nuestra fe ...
¿cómo es? ¿Necesita también de pruebas ... o podemos
creer sin comprobaciones?
Pero no sólo había falta de fe en estos dos discípulos:
había también apego a sus propios criterios. Fijémonos que
ellos dicen haber esperado un Mesías diferente a lo que Jesús fue:
ellos esperaban un Mesías que fuera “libertador de Israel”. ¿Y
qué
nos dice este comentario sobre el Mesías? Con esto nos muestran que no
aceptaban del todo lo que Jesús había hecho o lo que había
dejado de hacer, sino que más bien tenían su propia idea de cómo
debían ser las cosas, de cómo debía actuar el Mesías.
Con razón el Señor los reprende duramente:
¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón
para creer todo lo anunciado por los profetas!
¿No tendría también que reprendernos el Señor así? ¿No
podría el Señor tacharnos de “insensatos”, pues también
tenemos nuestros propios criterios e ideas, por cierto no muy ajustados a los
criterios e ideas de Dios? ¿No podría el Señor tacharnos
de “duros de corazón” también, pues somos duros para
creer?
Luego de esta fuerte corrección, comienza Jesús a explicarles todos
los pasajes de la Escritura que se referían a El.
Y, al sentirse ellos emocionados con estas explicaciones, le piden a Jesús
que no siga de camino. “Quédate con nosotros”, le dicen.
Jesús accede y al estar dentro sentado a la mesa, nos dice el Evangelio
que “tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y
se los dio”. Fue en ese momento cuando “se les abrieron los ojos
y lo reconocieron”. Al escuchar lo que Jesús les iba diciendo, su
corazón se emocionaba e iban entendiendo lo que les explicaba ... Y al
recibir a Cristo en la Eucaristía, pudieron reconocerlo y pudieron creer
que realmente había resucitado.
¿Qué otra enseñanza podemos sacar del camino a Emaús?
Nosotros debemos escuchar a Jesús. Debemos buscarlo primeramente en su
Palabra contenida en la Biblia y en las lecturas de cada domingo. Debemos estar
en sintonía con El, para reconocerlo cuando se nos acerque en nuestro
camino. Para estar en sintonía con el Señor, debemos buscarlo sobre
todo en la oración, pero -además- recibirlo con frecuencia en la
Sagrada Eucaristía.
En la Palabra de Dios, en la oración y en la Eucaristía tenemos
las gracias necesarias para poder creer sin ver, para desprendernos de nuestros
propios criterios y de nuestra propia manera de ver las cosas. Sólo así podremos
reconocer al Señor cada vez que nos enseña su Verdad, cada vez
que nos muestra sus criterios, cada vez que nos regala con la gracia de su presencia
en nosotros y en medio de nosotros. Así tiene sentido pedirle: “Quédate
con nosotros”.
En esto consiste nuestro camino a Emaús. En esto consiste ese
“camino de la Vida”, que hemos pedido al Señor en el Salmo.
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