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4 Tiempo Ord
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Tema Básico: Jesus no dice que debemos aceptar pasivamente las
desgracias, sino nos dice que jamas seremos felices si no podemos
encontrar la paz ante tales pruebas.
Una vez un profesor de la universidad abrio su corazon a sus alumnos.
Les dijo que cuando era un joven, su mayor sueno era de obtener un
doctorado. Contemplaba el dia cuando no seria solamente Mark Muesse,
sino el Dr. Mark Muesse. Cuando el dia llego, su familia y amigos
tuvieron una gran celebracion. Pero el Dr. Muesse dijo que se sintio
extranamente vacio. La realidad no igualo al sueno.
Asi son nuestras vidas. Podemos imaginar que ciertas cosas no harian
felices: buena salud, seguridad financiera y una vida larga para
nuestros seres queridos. Pero Jesus nos dice algo diferente. No que
esas cosas son malas, sino que jamas seremos felices si no podemos
encontrar la felicidad en medio de tales pruebas. Nuestro problema es
que no podemos ver nuestras vidas desde el principio hasta el fin. La
buena fortuna puede volver amarga y lo que al principio parece la mala
suerte puede llegar a ser una bendicion. Un cuento famoso muestra esta
paradoja:
Hace muchos annos un hombre que recibio un caballo magnifico. Todos los
vecinos vinieron para felicitarlo. Le dijeron, "Usted es el hombre mas
afortunado de nuestro pueblo." El respondio, "Quizas si, quizas no."
Despues de unos dias el caballo se escapo. Los vecinos vinieron para
consolarlo. "Que mala suerte," le dijeron. El hombre respondio, "Quizas
si, quizas no." La semana siguiente el caballo regreso con siete
caballos salvages siguiendolo. Los vecinos le felicitaron por su buena
suerte. El hombre respondio, "Quizas si, quizas no." Cuando su hijo
trato de entrenar un caballo salvaje, se cayo y se rompio la pierna.
Los vecinos comentaron sobre su mala suerte. El hombre respondio,
"Quizas si, quizas no." Entonces un ejercito entro el pueblo y llevaron
a todos los jovenes para ser soldados. Pero dejaron el hijo a causa de
la pierna quebrantada. Desde luego los vecinos le dijeron que era muy
afortunado. El hombre respondio, "Quizas si, quizas no."
En las bienaventuranzas Jesus menciona todas las desgracias que pueden
caer sobre una persona: la bancarotta y deudas, perdida de seres
queridos, hambre y abstinencia, desastres politicos, malentendidos,
acusaciones falsas y, peor de todo, la burla de amigos anteriores.
Jesus no dice que debemos aceptar pasivamente esas condiciones, sino no
dice que jamas seremos felices si no podemos encontrar paz ante tales
pruebas.
Dichosos los pobres de espiritu,
porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos los que lloran,
porque seran consolados.
Dichosos seran ustedes cuando los injurien, los persigan
y digan cosas falsas de ustedes por causa mia.
Alegrense y salten de contento,
porque su premio sera gande en los cielos.
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4 Tiempo Ord
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DOMINGO 4 del Tiempo
Ordinario - Ciclo "A" -
3 de Febrero de 2008
Las Lecturas de hoy nos hablan de las llamadas “Bienaventuranzas”, que
es aquella lista de motivos de felicidad que nos da el Señor en
el Sermón de la Montaña, al comienzo de su vida
pública, y que hoy nos narra el Evangelio de San Mateo (Mt. 5,
1-12).
Analizadas las Bienaventuranzas desde un punto de vista meramente
humano, podrían parecernos una verdadera contradicción.
Pero ya se había anunciado de Jesucristo en el momento de su
Presentación en el Templo, que había venido “para ser
signo de contradicción” (Lc. 2, 34). Y uno de los discursos del
Señor en que se palpa bien este anuncio es precisamente el de
las Bienaventuranzas.
Todas las Lecturas de hoy, incluyendo el Salmo 145 nos llaman
también a esas actitudes virtuosas -aparentemente inhumanas- que
nos llevan a la bienaventuranza, a la verdadera felicidad.
“Busquen la santidad, busquen la humildad”, nos dice el Profeta
Sofonías en la Primera Lectura (So. 2,3: 3, 12-13).
San Pablo en su Carta a los Corintios (1Co. 1, 26-31) nos habla de esa
humildad, de esa sencillez que pide el Profeta Sofonías y que
Cristo ratifica en el discurso de las Bienaventuranzas. Y lo hace San
Pablo hablando claramente del peligro de confiar en “criterios humanos”
.
Entre los que han sido llamados por Dios, nos dice, “no hay muchos
sabios, ni poderosos, ni nobles según los criterios humanos.
Más bien Dios ha elegido a los ignorantes de este mundo, para
humillar a los sabios; a los débiles de este mundo, para
avergonzar a los fuertes; a los insignificantes, a los que no valen
nada, para que nadie pueda presumir delante de Dios”.
Así son los criterios de Dios ¡tan diferentes de los
criterios humanos! Pero ¿nos damos cuenta de esto? ¿O
seguimos con los criterios que nos vende el mundo: el poder, la
riqueza, el mucho valer, la auto-suficiencia, etc., con las que
-contrario a los que nos dicen las Lecturas de hoy- estamos presumiendo
delante de Dios, buscando glorias humanas, pensando que podemos por
nosotros mismos, creyéndonos muy capaces de lograr cualquier
cosa que nos propongamos, sin recordar que hasta cada latido de nuestro
corazón depende de Dios que nos creó?
Y las Lecturas de hoy son muy claras y muy precisas. Contradictorias de
los criterios humanos, sí; pero no dejan espacio para la duda.
La Primera Lectura nos habla del “día de la ira del
Señor”. “Aquel día, dice el Señor, Yo
dejaré en medio de ti, pueblo mío, un puñado de
gente pobre y humilde. Este resto de Israel confiarán en el
nombre del Señor”.
Los que queden el día del Juicio de Dios serán “los
pobres y humildes”. Será un “resto”; es decir, lo que quede: una
pequeña porción. ¿Cómo formar parte de ese
“resto”? La respuesta está en el discurso de las
Bienaventuranzas. Veamos cada una de estas actitudes que nos pide el
Señor para ser contados entre los que heredaremos el Reino de
los Cielos:
“Dichosos, felices, bienaventurados, los pobres de espíritu”.
Esta pobreza de que nos habla el Señor no se trata de la pobreza
material, sino de una pobreza “de espíritu”, la cual consiste en
poner nuestra confianza en Dios y no en nosotros mismos.
Así que “ricos”, según éste y otros pasajes del
Evangelio, significan los que se creen capaces sin Dios. Y “pobres” son
los que se sienten nada sin Dios, los que se saben que nada pueden sin
Dios. La pobreza espiritual es lo contrario a la auto-suficiencia, al
orgullo, al creer que todo se puede lograr, sólo
proponiéndoselo uno. También significa no poner la
confianza en el dinero, en los bienes materiales, sino sólo en
Dios.
Así que no es la pobreza material lo que -necesariamente- nos
lleva a la bienaventuranza, sino la correcta actitud de corazón
ante lo que Dios es y ante lo poco o nada que somos ante Dios. La
pobreza material es causa de bienaventuranza sólo en la medida
en que nos lleva a esa actitud interior de pobreza de espíritu.
“Dichosos los que lloran”. Se refiere esta bienaventuranza a los que
sufren, pero a los que sufren como el Señor desea: no rechazando
el sufrimiento que más tarde o más temprano, más
fuerte o menos fuerte, nos llega a cada uno. No rechazando la cruz que
el Señor nos presenta para seguirlo a El, como El nos pide.
Esta bienaventuranza consiste en aceptar el sufrimiento, imitando a
Cristo, uniendo nuestro sufrimiento al suyo, dándole así
valor redentor, como nos indicaba el Papa Juan Pablo II en su
Encíclica sobre el sufrimiento humano: valor redentor para
nosotros mismos y para los demás.
Consiste esta actitud en imitar a Cristo en su sufrimiento. Todo lo que
vivimos en sufrimiento aceptado en Cristo, es la cruz que el
Señor nos regala para poder imitarlo y para poder “ser
consolados”, como nos promete esta bienaventuranza.
“Dichosos los mansos”. En la traducción actual se habla de
sufridos, pero más exacto, para no confundir esta
bienaventuranza con la anterior, es referirse a los mansos, a “los
mansos y humildes de corazón”, como nos indica el Señor
en otro pasaje. La humildad y la mansedumbre son requerimientos
esenciales para “heredar la tierra”, la tierra prometida, la
bienaventuranza del Cielo.
“Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia”. Justicia en el
contexto bíblico significa “santidad”. Se habla de hombres
“justos”, como hombres “santos. Así que el Señor nos
está hablando del deseo de ser santos, de tener hambre y sed de
“santidad”. ¿Y qué es desear ser santos? Es desear
cumplir la voluntad de Dios en todo. Así que el buscar la
voluntad de Dios y no la nuestra, nos lleva a la verdadera felicidad de
las Bienaventuranzas.
“Dichosos los misericordiosos”. Ser misericordioso es saber perdonar y
excusar a los demás y -sobre todo- sabernos necesitados de la
misericordia divina, porque somos pecadores y le fallamos a Dios
continuamente. Así, siendo tolerantes y sabiendo perdonar a los
demás, podremos ser objeto de la Misericordia infinita de Dios.
“Dichosos los limpios de corazón”. La limpieza o pureza de
corazón consiste en buscar a Dios por lo que El es, tener
rectitud de intención, honestidad interior. Significa esto, no
tener dobleces en ninguna circunstancia, no tener hipocresía
interior, y esto muy especialmente en la vida espiritual, en nuestra
relación con Dios.
La limpieza de corazón es también no tener el
espíritu sucio por el apego al pecado, a los vicios, a las
pasiones, por el apego a los criterios del mundo. Y esta pureza de
corazón nos dispone para comprender las cosas de Dios.
Así podremos ver las cosas de Dios como El las ve, no como las
ve el mundo. Así podremos “ver a Dios” en cada circunstancia de
nuestra vida, como nos promete esta Bienaventuranza.
“Dichosos los que trabajan por la paz”. Y ¿quiénes
trabajan por la paz? Los que son pacíficos, los que llevan la
Paz de Cristo en su corazón. Así van llevando esa Paz por
todas partes y a todas las personas.
“Dichosos los perseguidos por causa de la justicia”. No se refiere esto
a todos los presos o perseguidos por cualquier causa, o porque hayan
cometido un delito. Aquí “justicia” se refiere también a
“santidad”. Fijémonos que el Señor explica esta
última Bienaventuranza en la siguiente frase: “Dichosos
serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas
falsas de ustedes por causa mía”.
Es claro que el Señor está llamando bienaventurados a los
que son perseguidos por seguir a Cristo, por tratar de ser santos. Y
esto va desde las persecuciones que llevan al martirio, como la de los
primeros cristianos, a la de los católicos que por mucho tiempo
estuvieron sometidos a practicar su fe en la clandestinidad en los
países comunistas, y hasta las críticas que reciben los
cristianos practicantes que ponen a Dios por encima de otra cosa. Y
esta crítica puede venir de amigos o enemigos ... y puede tener
lugar hasta dentro de la propia familia.
Las Bienaventuranzas son actitudes exigentes, aparentemente inhumanas
-si las juzgamos con criterios de mundo, si las juzgamos sin pureza de
corazón.
Las Bienaventuranza son regalos del Espíritu Santo, para
aquéllos que estemos convencidos que son el camino que lleva a
la eterna Bienaventuranza del Cielo, a la definitiva y Verdadera
Felicidad, que sólo alcanzaremos en la otra Vida.
Pidamos, entonces, el don de las Bienaventuranzas al Espíritu
Santo y por intercesión de nuestra Madre, María
Santísima, que vivió las Bienaventuranzas en la tierra y
vive la Bienaventuranza del Cielo, reinando con su Hijo Jesucristo.
¿Por qué y para qué del sufrimiento humano?
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