8 Agosto 202119 Tiempo Ord

Homilia de Padre Phil Bloom
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Homilia de la Parroquia Nuestra Senora de la Caridad del Cobre, Caracas
Homilia.org
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Después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, muchas personas tuvieron más interés en Jesús. Pero siempre requerían de un signo. ¡Cómo si no eran suficientes los milagros que iba realizando por todos lados!

En una de esas conversaciones que tuvieron con Jesús, se refirieron al maná que comieron sus antepasados en el desierto. Y Jesús les habló de “otro pan”, muy superior al maná, porque quien lo comiera no moriría. Ellos le pidieron a Jesús que les diera de ese “pan”. Llegó a un punto el diálogo en que Jesús les dijo que Él mismo era ese “pan”: “Yo soy el Pan de Vida que ha bajado del Cielo”.

¡Más vale que no, porque se armó un gran escándalo! “¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿Acaso no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo es que nos dice ahora que ha bajado del Cielo?” (Jn. 6, 41-51

Se escandalizaban porque no tenían fe, mucho menos la confianza que viene con la fe. No confiaron en la palabra de Jesús y enseguida se pusieron a revisar de dónde había venido. Y, guiados por sus propios razonamientos, concluyeron que Jesús no podía haber venido del Cielo.

Se equivocaron. Igual nos pasa a nosotros cuando confiamos en nuestras conclusiones y no en las de Dios.

Hay cosas “imposibles”, que sólo se entienden y se aceptan en fe. Como la Eucaristía, ese “Pan” bajado del Cielo. A simple vista es una pequeñita oblea de harina de trigo. Pero esa hostia consagrada es ¡nada menos! que Jesucristo, con todo su ser de hombre y todo su ser de Dios.

Ahora bien, para creer hace falta la fe. Cierto que la fe es un regalo que Dios nos da, pero –igual que los regalos- hay que recibirla y usarla. Y ¿cómo se usa la fe? Creyendo las cosas que sabemos que Dios nos ha revelado. Entre otras cosas, que al comulgar recibimos a Jesús. ¿Lo vemos? No. Pero ¿lo creemos? Sí. Eso es la fe.

Ese alimento que es Cristo en la Eucaristía es muy “especial”, porque nos da Vida Eterna. Bien les dice Jesús: “el que coma de este Pan vivirá para siempre”. ¡Gran regalo que nos ha dejado el Señor! Y ese Regalo es Él mismo.

En el Antiguo Testamento hay un pasaje en la vida del Profeta Elías que nos recuerda algo muy importante sobre la Eucaristía. Elías estaba moribundo en el desierto. Dios, entonces, envió un Ángel que lo despertó para darle comida. Alimentado así, Elías caminó por el desierto “cuarenta días y cuarenta noches hasta llegar al Horeb”, el monte de Dios. (1 R 19, 4-8).

Y es que el alimento del Cuerpo y la Sangre de Cristo nos alimenta y nos da la fuerza para realizar el viaje hasta la vida eterna, viaje que -por cierto- ya hemos comenzado todos los que vivimos en esta tierra. ¡Y mejor es que vayamos bien alimentados!

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