12 Julio 202015 Tiempo Ord

Homilia de Padre Phil Bloom
Stmaryvalleybloom.org
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15 Tiempo Ord

Gloriosa Libertad

(12 de julio de 2020)

Mensaje: En la Eucaristia te unes a todo el cosmos dando gracias a Dios. Con Jesús podemos decir: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra..."

porque toda la creación espera, con seguridad e impaciencia, la revelación de esa gloria de los hijos de Dios. La creación está ahora sometida al desorden, no por su querer, sino por voluntad de aquel que la sometió. Pero dándole al mismo tiempo esta esperanza: que también ella misma, va a ser liberada de la esclavitud de la corrupción, para compartir la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Este domingo San Pablo habla de la "la gloriosa libertad de los hijos de Dios.". ¿De qué está hablando San Pablo? ¿Qué es la libertad?

Primero, aclaremos un malentendido. La libertad no significa hacer lo que quiera, cuando quiera. No. Cuando una persona pierde el control de los impulsos, conduce a la esclavitud. Vemos esa esclavitud cuando una persona se vuelve adicta al alcohol, las drogas y la pornografía.

Otras adicciones pueden manifestarse. Algunos me han dicho que durante esta pandemia se han vuelto adictos a las noticias. En lugar de centrarse en las cosas que están frente a ellos, se obsesionan con lo que Trump, Biden o alguien más está haciendo. Este tipo de obsesiones puede conducir a la mayor adicción: el pecado del orgullo, esa arrogancia donde una persona quiere despreciar constantemente a los demás.

Para liberarnos del pecado y la adicción necesitamos el Espíritu Santo. Como dicen en Alcohólicos Anónimos, nos hemos vuelto impotentes y necesitamos un Poder Superior. Necesitamos el Espíritu Santo para experimentar la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

 

El Espíritu Santo nos libera, en primer lugar, por el perdón de los pecados. Hoy nos cuesta reconocer nuestros pecados y pedir perdón. El cardenal Francis George observó que nuestra sociedad lo permite todo y no perdona nada. Vemos personas canceladas por algo que hicieron hace 10, 20 o incluso 50 años. La persona culpable se disculpa, pide perdón, pero no importa. Todavía se cancelan. Afortunadamente, el perdón de Dios supera el nuestro, como la diferencia entre un avión de la fuerza aérea y un avión de papel. Perdonamos algunas cosas, algunas veces, pero Dios perdona todas las cosas, todo el tiempo. Gracias al perdón de Dios, tú y yo podemos experimentar la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

La libertad, en el sentido más profundo, significa cumplir con el propósito. Nuestros fundadores tenían eso en mente cuando hablaban de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. En el sentido clásico, la felicidad significa realizar tu propósito único. Esa es la tarea de la juventud: preguntarle a Dios, ¿por qué estoy aquí? ¿Qué quieres que haga con esta vida que me has dado? Seguir ese plan trae felicidad profunda. A pesar de las tribulaciones podemos conocer la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

Te pido que busques la libertad no solo por tu propio bien, sino por el bien de toda la creación. Como dice San Pablo, "Toda la creación espera, con seguridad e impaciencia, la revelación de esa gloria de los hijos de Dios". Luego explica, "La creación está ahora sometida al desorden". En la escuela aprendimos acerca de la "entropía", la disminución gradual en desorden. Por sí solo, el cosmos no tiene futuro, pero Pablo dice que la creacion "va a ser liberada de la esclavitud de la corrupción, para compartir la gloriosa libertad de los hijos de Dios". El movimiento ambiental surge de un buen instinto: que nuestro comportamiento afecta al resto de la creación. El Papa Francisco habla sobre nuestro deber cristiano de cuidar la tierra, nuestro hogar común. Este planeta y, en última instancia, todo el cosmos está destinado a compartir la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

Antes de concluir, quiero conectar esto brevemente con la Eucaristía. En nuestras misas de fin de semana decimos el credo, la profesión de fe. Contiene el plan de Dios, desde la creación hasta la resurrección del cuerpo y la vida eterna. La misa nos coloca en el plan de Dios donde encontramos nuestro propósito, felicidad profunda, verdadera libertad.

En resumen: el Espíritu Santo nos libera de la esclavitud del pecado. Él te permite a ti y a mí, y a toda la creación, compartir la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Amén.

 

 







Homilia de la Parroquia Nuestra Senora de la Caridad del Cobre, Caracas
Homilia.org
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En la Liturgia de hoy tenemos un Evangelio en el que Jesucristo presenta una parábola: la Parábola del Sembrador. Y podríamos decir que el Señor también nos da su propia “homilía”, ya que después de haber lanzado esa ilustrativa parábola, Él explica a los discípulos lo que significa todo lo que ha dicho.

Recordemos que los discípulos le preguntan al Señor por qué habla a la gente en parábolas. Y el Señor les da el por qué. Y es muy interesante ver los motivos que da el Señor. Pero más que interesante debiera resultarnos “preocupante” -debiera más bien ser motivo de preocupación- el percatarnos de la razón que da Jesús.

Oigamos sus palabras: “Les hablo en parábolas porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden”. Y pasa Jesús a recordar que ya esto estaba dicho, pues había sido anunciado por boca del Profeta Isaías. Así continúa el Señor:“En ellos se cumple aquella profecía de Isaías: ‘Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos...porque no quieren convertirse ni que Yo los salve.’”

Cuando Jesús terminó de exponer la Parábola del Sembrador, cerró con esta frase: “El que tenga oídos que oiga”. Y... ¿qué significa oír a Dios? ¿Quiénes son los que oyen a Dios? Lo dice muy claramente Jesús con las palabras del Profeta Isaías que Él mismo cita. ¿Quiénes son los que oyen? ... Pues si los que no oyen son los que no quieren convertirse, ni ser salvados por El... los que oyen tienen que ser los que están abiertos a la conversión y los que desean ser salvados por Jesucristo.

Pero, veamos cuál es la situación real. ¿Qué es lo que sucede? ... Sucede que la mayoría de nosotros nos encontramos aturdidos por los atractivos del mundo y ocupados con sus exigencias, u ocupados por los problemas diarios. Y entonces no tenemos ni tiempo, ni tranquilidad, ni ganas siquiera, de pensar en la necesidad que tenemos de convertirnos... porque no pensamos sino en las cosas de mundo y en las preocupaciones diarias. Vivimos como si Dios no existiera, como si no necesitáramos ser salvados.

Hay otros que llegamos a pensar que tal vez debiéramos convertirnos... y hasta damos algunos pasos en ese sentido. Pero... ¿quiénes somos los que concientizamos suficientemente la necesidad que tenemos de ser salvados por Jesucristo? ¿No es cierto que más bien tomamos nuestra redención algo así como un “derecho adquirido”, como algo seguro que sucedió hace tiempo, como algo que ya está dado y que en realidad no tiene mayor importancia?

¿Quiénes somos los que realmente pensamos que tenemos una necesidad vitalde ser redimidos por Jesucristo? ... ¿Quiénes? ... ¡Qué lejos estamos de la realidad, qué lejos estamos de la verdad, con nuestra forma de pensar! ¿O podríamos más bien llamarla “forma de no pensar”? Pues, como decíamos antes, realmente no nos ocupamos mucho de pensar en esto...

La Segunda Lectura de la Carta San Pablo a los Romanos (Rm. 8, 18-23)que seguimos leyendo poco a poco a lo largo de estas semanas del Tiempo Ordinario, nos habla de esa necesidad que tenemos de ser redimidos. Nos habla de los sufrimientos de esta vida, por los que tenemos que pasar, pero teniendo la firme esperanza de que seremos definitivamente llevados a la gloria de los hijos de Dios.

Los que en esta vida tratan de vivir en gracia, tienen esa vida divina en la parte espiritual de su ser, pero esperan ser transformados totalmente, cuerpo y alma, en el momento de la resurrección. Y mientras estamos en esta vida, aunque vivamos en gracia, en Dios, y podamos vivir la Paz de Cristo, los sufrimientos y las tentaciones nos impiden gozar de la gloria que nos espera en la otra vida.

Por ahora, nos dice San Pablo, toda la creación -incluyéndonos a nosotros- gime, sufre, como con dolores de parto. Pero estamos esperando nuestra liberación definitiva cuando también nuestro cuerpo sea glorificado en la resurrección final.

Volvamos, entonces, a la Parábola del Sembrador, la cual es muy clara. Como dijimos, el Señor mismo nos la explica. Y ¿qué nos dice el Señor? ... Que debemos ser “tierra buena”para recibirlo a Él. Lo más importante a considerar en esta parábola son nuestras actitudes, nuestros criterios, nuestras maneras de ver las cosas. Jesucristo es el Sembrador que siembra su Palabra, siembra su Gracia, siembra su Amor. ¿Y nosotros... cómo recibimos todo esto? ¿Qué terreno somos para la siembra de la Palabra del Señor?

¿Somos de los que no la entienden porque dejan que “llegue el diablo y le arrebata lo sembrado en el corazón”?

¿O seremos tal vez de los “pedregosos o poco constantes”,que se entusiasman inicialmente -es decir, dejan germinar la semilla- pero enseguida ponen obstáculos o dudas que hacen que la semilla del Señor no pueda echar raíces, y entonces la siembra se pierde?

¿O más bien somos de los “espinosos”,que oyen la palabra, pero la ahogan con las preocupaciones de la vida, con la importancia excesiva que le dan a lo material, con el atractivo que tienen hacia lo mundano, con el apego que tienen al racionalismo y el orgullo intelectual, etc., etc. etc.... que ahogan la Palabra de Dios con ¡tantas otras cosas! que terminan por hacer que la siembra no dé sus frutos?

Según la “homilía” del Señor, si somos así, somos de los que, aún teniendo ojos, no ven, y aún teniendo oídos, no oyen, y aún teniendo inteligencia, no comprenden. Es decir, estamos con los ojos y los oídos tapados…y la inteligencia también.

Entonces cabe preguntarnos: ¿realmente queremos seguir con los ojos cerrados, con los oídos cerrados y con el corazón cerrado? ¿O queremos abrirnos para ser de esa “tierrabuena”, -que es como llama Jesús a las almasde los que sí abren sus ojos, sí abren sus oídos y sí abren su inteligencia y su corazón-, para que el Señor pueda sembrar y para que podamos dar fruto?

En la Primera Lectura (Is. 55, 10-11)Dios nos anuncia por medio del Profeta Isaías que su Palabra no quedará sin resultado, sino que ella cumplirá su misión, la cual es el cumplimiento de la voluntad divina. Y esto lo dice con el mismo paisaje campestre del Evangelio y del Salmo, es decir, la siembra, la lluvia, la semilla, la germinación.

El Salmo 64 que hemos rezado nos habla de la tierra y del agua que la riega, de pastos y de flores, de rebaños y trigales. Y nos habla de la preparación de la tierra. Y ¿quién prepara la tierra? ¿Quién prepara nuestra alma para recibir la semilla y poder dar fruto? La prepara el mismo Señor, el Sembrador.

Así hemos rezado en el Salmo: “Tú preparas las tierras para el trigo: riegas los surcos, aplanas los terrenos, reblandeces el suelo con la lluvia”. Dispongámonos a que el Señor nos prepare para su siembra, dejemos que Él reblandezca nuestro suelo con la lluvia de su Gracia, dejemos que Él aplane nuestro terreno, moldeándolo de acuerdo a su Voluntad. Así podremos ser esa tierra buena que Él busca para sembrar su Palabra y para que dé el fruto esperado.

“Unos dan el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”. Ojalá estemos entre éstos, porque -si es así- el Señor podrá decirnos como a sus discípulos: “Dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos






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