8 Marzo 20202 Cuaresma

Homilia de Padre Phil Bloom
Stmaryvalleybloom.org
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2 Cuaresma
Próximo Paso en la Evolución
(8 de marzo de 2020)
Mensaje: Nos encontramos con nuestro verdadero yo en la cima de la montaña con Jesús.
El domingo pasado vimos a Jesús como un hombre inmerso en las Escrituras que enfrentó las tentaciones de Satanás. Imitando a Jesús, deseamos sumergirnos en la Palabra de Dios. La importancia de la Biblia para nosotros como católicos, podemos ver en el hecho de que en nuestras misas leemos de cada sección de las Escrituras. No solo eso, casi todas las palabras y acciones de la Misa provienen de la Biblia o están basadas en la Biblia.
Aún así, no es suficiente que las palabras simplemente entren en nuestros oídos. Queremos que la Palabra de Dios viva en nuestros corazones. El Evangelio de hoy muestra cómo hacerlo.
El primer versículo dice: "Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado". Jesús quiere que nos tomemos un tiempo aparte con él. ¿En tu casa tienes algún lugar para orar? Tal vez un rincon con una vela, crucifijo o imagen sagrada. Sé que algunas personas usan "apps" para rezar. Eso es bueno si funciona. La mayoría de nosotros necesitamos apagar el celular para poder darle tiempo completamente a Jesús. Él desea llevarnos a la cima de la montaña.
En la cima de la montaña podemos escuchar la voz del Padre: "Este es mi Hijo amado, con quien estoy muy complacido; escúchenlo". En la Iglesia Católica tenemos una forma probada de escuchar a Jesús: la lectio divina. Literalmente significa "lectura divina". Tomar un pasaje de la Biblia y leerlo lentamente, detenerte donde te hable. Puede hablar esperanza, arrepentimiento, confianza. Lo que te dice esa voz, escucha.
He encontrado que las lecturas diarias de misa casi siempre tienen una palabra que necesito escuchar. Puedo sentirme desanimado como un soldado confederado al final de la Guerra Civil, como si hubiera luchado en vano por una causa perdida. Luego llego a un verso como el de nuestra primera lectura: "Haré nacer de ti un gran pueblo y te bendeciré". Me doy cuenta de que la misericordia de Dios no ha terminado, que él la renueva todas las mañanas.
Cuando tú y yo nos apartamos con Jesús y lo escuchamos, a menudo supera nuestras expectativas, nuestras expectativas mas extravagantes, como escuchamos hoy: "se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve". En Cristo, tú y yo seremos transformados. C.S. Lewis lo expresó de esta manera:
"La gente a menudo pregunta cuándo sucederá el próximo paso en la evolución, el paso a algo más allá del hombre. Pero desde el punto de vista cristiano, ya ha sucedido. En Cristo apareció un nuevo tipo de hombre: y el nuevo tipo de vida que comenzó en Él debe ser puesto en nosotros ".
El obispo Bob Barron tuvo una comparación más directa: "Somos como larvas que esperan ser mariposas monarcas".
No importa cuánto tengamos tu o yo (salud, dinero, amistad), todavía nos sentimos inquietos, incluso vacíos e insatisfechos. Aun cuando apreciamos las cosas maravillosas de esta vida, nunca estamos realmente en casa. Nos encontramos con nuestro verdadero yo en la cima de la montaña con Jesús. Escúchenlo. Amén.






Homilia de la Parroquia Nuestra Senora de la Caridad del Cobre, Caracas
Homilia.org
2 Cuaresma
El Evangelio (Mt. 17, 1-9) nos relata la Transfiguración del Señor ante Pedro, Santiago y Juan.  Jesucristo se los lleva al Monte Tabor y allí les muestra algo del fulgor de su divinidad.  Y quedan en éxtasis al ver "el rostro de Cristo resplandeciente como el sol y sus vestiduras blancas como la nieve".
La Transfiguración fue, entonces, uno de esos pocos momentos en que Jesús mostró parte de su gloria, que siempre la tuvo, pero que permanecía "escondida".
Lo interesante es que en nosotros sucede algo semejante.  Por la acción de la Gracia, es decir, de la vida de Dios en nosotros, nos vamos pareciendo a Cristo.  Y por la Gracia Divina podemos irradiar luz, vida, resplandor.  Pueda que no se note, pero sucede.  La Gracia nos transfigura con la luz que le es propia, como sucedía a Moisés al estar delante de Dios (Ex. 34, 35).
San Pablo explica esto muy bien, al decir que él y los cristianos que habían recibido la Gracia no tenían que andar con el rostro cubierto como Moisés cuando veía a Dios, sino que "reflejamos, como en un espejo, la Gloria del Señor, y nos vamos transformando en imagen suya, más y más resplandecientes, por la acción del Señor. (2 Cor 3, 18)
Sin embargo, la ausencia de la Gracia nos desfigura con la oscuridad y tinieblas, propias del pecado y del Demonio (Jn. 1, 5; 3, 19; Hech. 26, 18).
De allí la importancia de vivir en Gracia, es decir, sin pecado mortal en nuestra alma.  Además, huyendo del pecado y/o arrepintiéndonos en la Confesión Sacramental cada vez que caigamos.  Una Confesión bien hecha, en la que descargamos nuestros pecados graves y no graves, restaura inmediatamente la Gracia.
La Gracia la recibimos inicialmente en el Bautismo y debe ir en aumento a lo largo de nuestra vida en la tierra con la Comunión, la oración, las obras buenas, etc. hasta el día en que lleguemos al Cielo.  Allí, contemplando la gloria de Dios, seremos también trasfigurados, "seremos semejantes a El, porque lo veremos tal como es" (1 Jn. 3, 2).
Tan bello y agradable era lo que vivieron los Apóstoles en la Transfiguración, que Pedro le propuso Jesús: ¡Señor, qué bueno sería quedarnos aquí".  Así de agradable y de atractiva es la gloria del Cielo, , en la que provoca quedarse allí para siempre.
Y eso precisamente nos lo ha prometido el Señor:  nos ha prometido la felicidad total y absoluta: para siempre, siempre, siempre.  Ese es el gozo del Cielo, que los Apóstoles pudieron vislumbrar en los breves instantes de la Transfiguración del Señor.
Si queremos, al Cielo podemos ir, transfigurados podemos ser, pero la condición es aceptar y cumplir la Voluntad de Dios en esta vida.  Y eso implica a veces pasar por la Cruz.  Esas son las condiciones.





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