04 Noviembre 201831 Tiempo Ord

Homilia de Padre Phil Bloom
Stmaryvalleybloom.org
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Homilia de la Parroquia Nuestra Senora de la Caridad del Cobre, Caracas
Homilia.org
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Solemnidad de Todos los Santos
Tiempo Ordinario - Ciclo "B" - 1 deNoviembre de 2018


Las Lecturas de hoy nos indican una meta y un camino... La meta: nuestra salvación... El Camino que nos lleva a esa meta es el Camino de la Santidad, el Camino de las Bienaventuranzas que nos relata el mismo Jesucristo en el Evangelio de hoy (Mt. 5, 1-12). "La marca con el sello en la frente" que recibirán los salvados y de la cual nos habla la Lectura del Apocalipsis (Ap. 7, 2-4 y 9-14) es para "los servidores de nuestro Dios", como también lo dice esa Primera Lectura. ¿Y quién es "servidor de Dios"? Aquél que cumple la Voluntad de Dios, aquél que busca hacer la Voluntad de Dios y no su propia voluntad. Ya en esto de ser "servidores" de Dios, vamos viendo cómo es el Camino de la Santidad, ese Camino que nos lleva a la salvación, que nos lleva a la felicidad eterna en el Cielo. Ser servidor es ser "esclavo", aunque ahora trate de evadirse ese vocablo por su significación sociológica. Pero ¡qué apropiada es esa palabra para la vida espiritual! El esclavo es aquél que no tiene voluntad propia, sino que hace lo que su dueño le indica y le pide. Eso es lo que han sido los Santos: "servidores de Dios". Eso es lo que han hecho todos los Santos con "S" mayúscula, reconocidos por la Iglesia como Santos. Y es también lo que han hecho todos los santos anónimos que hoy recordamos en esta Solemnidad de Todos los Santos. Ellos han seguido el Camino... y nosotros también estamos llamados a seguirlo: Todos - sin excepción. Todos estamos llamados a ser Santos. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica, basándose en el llamado de Cristo: "Todos los fieles de cualquier estado o régimen de vida son llamados a la santidad". Pero la palabra "santidad", a veces nos intimida y hasta nos asusta, porque nos parece ¡demasiado! Sin embargo, recordemos que no sólo es posible llegar al Cielo, sino que es ése el deseo de nuestro Padre Dios y de Jesucristo, Su Hijo, y de Su Santo Espíritu. Para eso hemos sido creados por Dios Padre, para eso vino Jesucristo a redimirnos, para eso contamos con todas las gracias del Espíritu Santo. La santidad es una exigencia evangélica que nos recuerda el Magisterio de la Iglesia.
"Sed perfectos como Mi Padre es perfecto" (Mt. 5, 48).
"Así como el que os ha llamado es Santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta" (1a.Pe. 15).
"Todos los fieles de cualquier estado o régimen de vida ... son llamados a la santidad" (CIC #2013).
Pero nos parece la santidad algo inalcanzable. ¿Y por qué lo ha de ser? ¿Por qué? ¿No somos nosotros exactamente iguales a todos los que han llegado a ser Santos? ¿No somos iguales a tantos santos anónimos, tal vez personas conocidas nuestras, y hasta parientes o familiares, que han respondido al llamado del Señor a seguir Su Camino, para llegar a la meta de la salvación? Sepamos que la santidad para cada uno de nosotros no es imposible: es perfectamente posible. Eso sí: lo que no se ha dicho es que sea fácil. Eso no lo ha dicho nadie. La Santidad no es fácil. Es un camino difícil. Pero no por difícil es imposible. Sabemos que Dios nos quiere santos. Y si nos quiere santos, sabemos que El nos da todas las gracias, es decir: todas las ayudas que necesitamos para serlo. ¿Qué se requiere entonces para ser santos? Si Dios nos da las gracias, ¿qué es lo que nosotros debemos poner? ¿En qué consiste nuestro esfuerzo? Nuestro esfuerzo para alcanzar la santidad consiste en responder a esas gracias de santificación que nos ayudan en nuestro Camino hacia el Cielo. Ser santo es seguir la Voluntad de Dios con la ayuda de sus gracias. Ser santo es tratar de ser como Dios quiere que sea. Es desear lo que Dios desea para mí. Es hacer lo que Dios quiere que yo haga. Es reconocer a Dios como nuestro Dueño y no creernos independientes de El. Es preferir la Voluntad de Dios en vez de la mía. Es decir "sí" a Dios y decirme "no" a mí mismo. Decíamos que la Santidad es posible, pero que no es fácil. Y en el Evangelio de hoy vemos descrito el Camino de la Santidad como el Camino de las Bienaventuranzas. Allí nos dice el Señor que el sufrimiento es parte del Camino de Santidad. Todas las Bienaventuranzas nos muestran que el Camino de Santidad es un camino de sufrimiento, pues aún las que no se refieren directamente al sufrimiento, indirectamente lo incluyen, pues para ser misericordiosos, mansos, puros de corazón y pacíficos, debemos luchar contra nuestra propia voluntad y aceptar con serenidad situaciones difíciles que nos hacen sufrir. El sufrimiento no nos gusta, pero está incluido en el Camino de Santidad. Tenemos, entonces, un llamado a la santidad. Podemos ser santos. Dios desea que seamos santos. El nos da todas las gracias. ¿Las aprovechamos y tratamos de ser santos?


Conmemoración de los Fieles Difuntos
Tiempo Ordinario - Ciclo "B" -2 de Noviembre de 2018


La festividad de los Fieles Difuntos nos invita a pensar en nuestra meta definitiva, después de concluir nuestra pasantía aquí en la tierra, meta de la cual nos habló Jesucristo durante la Ultima Cena, la noche antes de su muerte: "En la Casa de Mi Padre hay muchas mansiones, y voy a allá a prepararles un lugar ... para que donde Yo esté estéis también vosotros. Y a donde Yo voy, vosotros sabéis el Camino" (Jn.14,2-4). Y ¿cuál es ese "Camino"? Es el camino de la Voluntad de Dios que nos lleva a ese Cielo prometido. Consiste en buscar la Voluntad de Dios para mí; es decir, en tratar de ser como Dios quiere que yo sea y hacer lo que Dios desea que yo haga, en preferir la Voluntad de Dios en vez de la propia voluntad, en decir "sí" a Dios y "no" a mí mismo. Los fieles difuntos que recordamos este Domingo y también durante este mes de Noviembre, son aquellas personas que nos han precedido en el paso a la eternidad, y que aún no han llegado a la presencia de Dios en el Cielo.

Son almas que han sido fieles a Dios, pero que se encuentran en estado de "purificación" en el Purgatorio, y que necesitan nuestras oraciones durante esa purificación antes de llegar al Cielo. Por esta razón, es costumbre en la Iglesia Católica orar por nuestros difuntos y ofrecer Misas por ellos, como forma de aliviarles el sufrimiento de su necesaria purificación antes de pasar al Cielo. (Ver CIC #1031-32 y 2Mac. 12,46) El recuerdo de nuestros seres queridos ya fallecidos nos invita también a reflexionar sobre lo que sucede después de la muerte; es decir, Juicio: Cielo, Purgatorio o Infierno. Primero hay que recordar que la muerte es el más importante momento de la vida del ser humano: es precisamente el paso de esta vida temporal y finita a la vida eterna y definitiva. También hay que pensar que la muerte no es un momento desagradable, sino un paso a una vida distinta. Bien dice el Prefacio de Difuntos: "la vida no termina, se transforma y al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos una mansión eterna".

También hay que pensar que la muerte no es un momento desagradable, sino un paso a una vida distinta. Por tanto, no hay que temer la muerte. Y esta afirmación se basa, no sólo en la enseñanza de la Iglesia, sino en los múltiples testimonios de aquéllos que dicen haber pasado por el dintel de la muerte y haber regresado a esta vida. Sabemos que fuimos creados para la eternidad, que nuestra vida sobre la tierra es pasajera y que Dios nos creó para que, conociéndolo, amándolo y sirviéndolo en esta vida, gozáramos de El, de su presencia y de su Amor Infinito en el Cielo, para toda la eternidad ... para siempre, siempre, siempre ... De las opciones que tenemos para después de la muerte, el Purgatorio es la única que no es eterna. Las almas que llegan al Purgatorio están ya salvadas, permanecen allí el tiempo necesario para ser purificadas totalmente. La única opción posterior que tienen es la felicidad eterna en el Cielo. Sin embargo, la purificación en el Purgatorio es "dolorosa".

La Biblia nos habla también de "fuego" al referirse a esta etapa de purificación: la obra de cada uno vendrá a descubrirse. El día del Juicio la dará a conocer ... El fuego probará la obra de cada cual ... se salvará, pero como quien pasa por fuego" (1a. Cor. 3, 13-15). Y nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: "Los que mueren en la gracia y amistad con Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de la muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo." (#1030) La purificación es necesaria para prepararnos a la "Visión Beatífica", para poder ver a Dios "cara a cara". Sin embargo, el paso por la purificación del Purgatorio ha sido obviado por algunos. Todos los santos -los canonizados y los anónimos- son ejemplos de esta posibilidad. ¡Es posible llegar al Cielo directamente! Y, además, es deseable obviar el Purgatorio, ya que no es un estado agradable, sino más bien de sufrimiento y dolor, que puede ser corto, pero que puede ser también muy largo. Por eso es aconsejable aprovechar las posibilidades de purificación que se nos presentan a lo largo de nuestra vida terrena, pues el sufrimiento tiene valor redentor y efecto de purificación. Al respecto nos dice San Pedro, el primer Papa: "Dios nos concedió una herencia que nos está reservada en los Cielos ... Por esto debéis estar alegres, aunque por un tiempo quizá sea necesario sufrir varias pruebas. Vuestra fe saldrá de ahí probada, como el oro que pasa por el fuego ... hasta el día de la Revelación de Cristo Jesús, en que alcanzaréis la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas" (1a.Pe. 1, 3-9).


Domingo 31 del Tiempo Ordinario - Ciclo "B"
4 de Noviembre de 2018


En el Evangelio de hoy presenciamos un diálogo entre Jesús y un letrado de la Ley, que le hace una pregunta clave al Señor: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?" (Mc. 12, 28-34). Y al concluir este diálogo Jesús le hace un comentario final: "No estás lejos del Reino de Dios". Y en esta respuesta el Señor hace gala de una promesa anterior: "No crean que yo vine a suprimir la Ley o los Profetas. No vine a suprimirla, sino a darle forma definitiva" (Mt. 5, 17). Efectivamente, para responder a la pregunta, Jesús recordó un texto antiguo que nos trae la Primera Lectura tomada del Deuteronomio (Dt. 6, 2-6). Este libro es uno de los libros de la Ley antigua y la Primera Lectura contiene el texto que los judíos repetían dos veces al día como plegaria de la mañana y de la tarde, el cual comienza con la palabra: "Escucha" y continúa con el mandato: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas". Pero no se queda el Señor con el solo mandamiento de amar a Dios, sino que le da a éste un toque nuevo, agregando que hay un segundo mandamiento también: "Amarás a tu prójimo como a tí mismo". Con esta novedad complementaria del precepto antiguo, Jesús está cumpliendo lo que había dicho sobre la Ley de Moisés en el Sermón de la Montaña, cuando adivirtió que no la eliminaría, sino que la completaría, dándole la forma final. Ahora bien, ¿por qué el precepto antiguo comienza con la palabra "escucha"?

¿Por qué la oración judía comienza también con esa palabra? "Escucha" es una invitación a meditar el precepto del Señor, para vivir de acuerdo a ese precepto. No es casual que el mandato de Yahvé comience con esa orden de "escuchar". Porque para hacer vida la Palabra de Dios y sus mandatos no basta hablar y pedir, sino que hay que escuchar. Hay que escuchar a Dios. Es necesario orar, escuchando, para poder dejar que la Palabra de Dios penetre y se haga vida en nosotros, para poder ir haciendo la Voluntad de Dios en cada instante de nuestra vida, no importen las circunstancias. Siempre es necesario "escuchar" para poder cumplir lo que Dios nos pide, pero la oración en escucha se hace particularmente importante cuando las "circunstancias" se vuelven especialmente difíciles en nuestro amor a Dios y al prójimo, y requerimos gracias especiales de Sabiduría y Fortaleza del Espíritu Santo. Sobre la necesidad de orar escuchando para poder hacer la Voluntad de Dios, también nos advierte el mismo Jesús: "No es el que me dice ¡Señor! ¡Señor! el que entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre del Cielo" (Mt. 7, 21). Volviendo al personaje del Evangelio, el letrado que había hecho la pregunta a Jesús no podía dejar de estar de acuerdo con El, pero no se queda sólo en decir que está de acuerdo, sino que agrega que el amar a Dios y el amar al prójimo como a uno mismo, "vale más que todos los holocaustos y sacrificios". Se ve que conocía la Ley y los Profetas, pues con esto recuerda palabras de los antiguos Profetas. Uno de ellos, Samuel, que fue el último Juez de Israel y también Profeta dijo: "A Yahvé no le agradan los holocaustos y sacrificios, sino que se escuche su voz." (1 Sam. 15, 22).

También Oseas, que supo bien lo que era el perdón y la misericordia, ya que a él, el Señor le hizo experimentar el dolor y la vergüenza de la traición, nada menos que de su esposa, a quien nunca dejó de amar. Así dice el Señor por su boca: "Misericordia quiero y no sacrificios" (Os. 6, 3-6). Ahora bien ¿significa esto que Dios no desea nuestras ofrendas? De ninguna manera. Significa que primero que nuestras ofrendas, desea que lo amemos a El sinceramente y que amemos a nuestros hermanos, como El nos ama. De allí que posteriormente Jesús ahonde esta idea con esta exigente advertencia: "Si al presentar tu ofrenda en el altar, te recuerdas que un hermano tuyo tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ahí ante el altar, anda primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve luego a presentar tu ofrenda" (Mt. 5, 23-24). Esto textos son exigentes. ¡Bien exigentes! Responder bien por mal no es fácil. Perdonar cuando se nos ha ofendido injustamente no es fácil. Saludar y amar a quien es nuestro enemigo no es fácil. Amar a quien nos ha hecho daño no es fácil. Y más que difícil, es imposible. Imposible si pretendemos cumplir estas exigencias con nuestras fuerzas "humanas", que más bien nos orientan hacia otras direcciones: hacia el rencor, la venganza, el desquite, la discordia, la pelea, etc. De allí que la oración en escucha a Dios sea indispensable para poder cumplir los mandatos exigentes y nada fáciles del Señor. De allí que requiramos ese "escuchar" a Dios, el experimentar su misericordia para con nosotros, para dejar que sea El Quien ame a través de nosotros, ya que por nosotros mismos no podemos amar. Esta incapacidad de amar por nosotros mismos nos lo recuerda San Juan en su Evangelio y en sus Cartas:
"Este en mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado" (Jn. 15, 12). "Amémonos los unos a los otros, porque el Amor viene de Dios. Todo el que ama conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor ... El Amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero" (1 Jn.4, 7-8 y 10). El Amor viene de Dios. Es decir: no podemos amar por nosotros mismos, sino que Dios nos capacita para amar. Es más: es Dios Quien ama a través de nosotros. Si oramos así con sinceridad, amando a Dios "con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas", vamos bien. Si nos damos a El, y si amamos a nuestros hermanos "como a nosotros mismos", vamos bien. Si los tratamos como deseamos ser nosotros tratados, haciéndoles el bien, perdonando, aunque seamos ofendidos, tal vez así Jesús pueda decirnos como al letrado: "no estás lejos del Reino de Dios".
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