09 Septiembre 201823 Tiempo Ord

Homilia de Padre Phil Bloom
Stmaryvalleybloom.org
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23 Tiempo Ord
Pecado de Insinuaciones
(9 de septiembre de 2018)

Mensaje: Que Cristo nos abra los oídos y límpianos los labios para que oigamos su palabra y la hablemos suavemente a otros.
EsteEste mes leemos de la carta de Santiago. En una parte describe los pecados de la lengua. Es un miembro pequeño, dice, pero al igual que el timón de la nave puede determinar la dirección de la vida. La misma lengua puede tanto maldecir como bendecir. En el Evangelio de hoy, Jesús sana a un sordomudo tocando su lengua. Este es un buen momento para abordar los pecados que implican un mal uso del don del hablar.

Casualmente, esta semana estoy en el Oregon Shakespeare Festival, que presenta una producción de Otelo. Como sabrás, la obra cuenta cómo un villano llamado Iago derriba a Otelo. Utiliza chismes e insinuaciones para convertir a Othello en su desvergonzada esposa, Desdémona. Volvamos al Evangelio. Jesús toca los oídos de un sordo y dice Efeta, que significa, Ábrete. Debe haber sido maravilloso escuchar sonidos – niños, aves, sobre todo la voz de Jesús mismo. Pero también mucho trabajo aprender el significado de tantas palabras – y distinguir lo que requiere atención de lo que uno puede ignorar.

Igualmente, cuando Jesús te toca a ti o a mí, no significa que ya sabemos todo y podemos empezar a corregir a otros. No, eso es cuando comenzamos a escucharlo – leyendo la Biblia, el Catecismo, los documentos de Vaticano II y otras fuentes de su enseñanza. Yo sé que unos sacerdotes jóvenes se han desanimado – no tanto por ataques de “liberales” (si alguien va contra la corriente de la cultura, sabe que lo sucederá) pero por criticas de los que pensaba que eran sus aliados. Muchas veces las criticas no son bien fundadas o son expresadas en una forma dura como un juicio personal./>
Solamente después es escuchar a Jesús, debemos hablar. Y tenemos que pedirle que nos tocara los labios antes de hacerlo. Al proclamar el Evangelio el sacerdote reza, “Purifica mi corazón y mis labios, Dios todopoderos, para que anuncie dignamente tu Evangelio.” Es una oración que todos podemos hacer antes de tratar de hablar de parte del Señor. Al concluir el Evangelio, antes de dar la homilía, dice “Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados.” Siempre es esencial reconocer su propio pecado – y que la meta no es condenar sino ofrecer liberación del pecado.

Como tu, sería un tonto si no reconozco que necesito corrección. ¿Pero como y cuando ayuda? Una vez hacia algo en la parroquia que yo pensaba que estaba bien. Un hombre se me acercó en un momento cuando no tenía miles de distracciones, expresó su preocupación en una manera amigable y me mostró el documento apropiado. Mientras no estaba alegre al ser corregido, aprecié su preparación, pensaba sobre lo que me dijo y hice el cambio indicado. También me ayudó saber que era un hombre de oración que amaba a la parroquia y se preocupaba de mi persona. Isaías profetizó:
Los oídos de los sordos se abrirán,
Saltará como venado el cojo
Y la lengua del mudo cantará.
Que Cristo nos abra los oídos y límpianos los labios para que oigamos su palabra y la hablemos suavemente a otros.



Homilia de la Parroquia Nuestra Senora de la Caridad del Cobre, Caracas
Homilia.org
23 Tiempo Ord
Domingo 23 del Tiempo Ordinario - Ciclo "B"
9 de Septiembre de 2018

El Evangelio de hoy nos trae un milagro de curación en que Jesús dice: Effetá: ábrete. Y al pronunciar Jesús esta palabra y al tocar la lengua de un sordo y tartamudo, éste quedó totalmente curado de esa doble limitación. Y los presentes exclamaban: "¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos" (Mc. 7, 31-37). Los milagros son signos exteriores de cosas más profundas que Dios realiza en cada persona. Son signos de la conversión, del perdón del pecado, de la gracia divina que actúa, de la vida nueva que Cristo comunica. Este milagro en particular ha sido un símbolo especial en la Iglesia desde los primeros siglos. La Iglesia lo ha tomado como referido a lo que sucede en el Bautismo.

Los que hayan ido a un Bautizo, podrán haberse dado cuenta de que hay un momento en la ceremonia cuando el Celebrante hace mención a este milagro. Así le reza al bautizado: "El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe". En efecto, el Bautismo nos ha liberado de la sordera para escuchar la voz de Dios y de la traba en la lengua para proclamar nuestra fe en El. Pero el Demonio, que no ceja en tratar de llevarnos a su bando y a la condenación eterna, puede poner nuevas sorderas y nuevas trabas. Sin embargo, después de Cristo y después del Bautismo ya hemos sido redimidos, rescatados, y tenemos todos los medios necesarios para poder escuchar la voz de Dios y para proclamar nuestra fe en El. Todos los obstáculos y trabas del Demonio quedan bajo control, siempre y cuando aprovechemos las gracias que Dios nos comunica en todo momento.

Y ¿en qué consiste la sordera espiritual? En no poder escuchar a Dios. El ruido del mundo puede opacar y hasta tapar la voz de Dios. El mundo puede aturdirnos. Las insinuaciones del Demonio tratan de que captemos la voz de Dios como no importante, hasta tonta, contraria a "nuestras" ideas, etc. Más aún: el Demonio nos hace creer que la voz de Dios es contraria a nuestros pretendidos "derechos".

Y, si nuestros "derechos" nos vienen de Dios ? ¿cómo creer que lo que El nos proporciona como su Ley, o nos presenta como su Voluntad, va a estar en contra nuestra? Como siempre, el Demonio pretende engañar y ?de hecho- engaña a los que se quieren dejar engañar, porque prefieren las nefastas y malignas sugerencias del Maligno, que la suave y respetuosa voz de Dios. Volviendo a la sordera: las enfermedades físicas pueden ser un gran peso, sobre todo si no se llevan con entrega a la voluntad de Dios. Pero, con todo el peso que éstas pueden causar, las otras, las espirituales, son mucho más dañinas y peligrosas. Un ciego espiritual es aquél que no puede ver los caminos de Dios.

Un cojo espiritual es aquél que no puede andar por los caminos de Dios. Un sordo espiritual es aquél que no puede oír la voz de Dios. Un mudo espiritual es aquél que no puede proclamar su fe en Dios. Estos enfermos espirituales están en una situación mucho más grave que los que tienen impedimentos físicos de la vista, el oído o la lengua. Porque un ciego que no puede ver el mundo físico que lo rodea, podría -si está abierto a Dios- ver en su corazón el camino que El le señala. Y un sordo que no pueda oír a nadie, podría oír a Dios en su corazón. Ya en el Antiguo Testamento habían sido anunciados los milagros de curaciones físicas y espirituales que el Mesías realizaría. Sobre todo, el profeta Isaías los anunció como si los hubiera visto (Is. 35, 4-7), pasaje que nos trae la Primera Lectura de hoy. Jesús hace mención a este pasaje de Isaías cuando San Juan Bautista manda a preguntarle si era el Mesías esperado. Así responde el Señor a su primo, el Precursor: "Vayan y cuéntenle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los leprosos quedan sanos, los muertos resucitan, y la Buena Nueva llega a los pobres" (Mt. 11, 4-5 y Lc. 7, 22-23). Y Juan Bautista entendió clarito lo que Jesús le mandó a decir. Y, además de las curaciones, Jesús hace saber a Juan que la Buena Nueva ha llegado a los pobres. ¿Por qué a los pobres? ¿A quiénes se refiere Cristo? ¿Quiénes son los "pobres" que reciben la Buena Nueva que Cristo nos vino a traer? Es muy importante notar que en la pobreza también distinguimos la material y la espiritual. En cuanto a la pobreza material, Dios no hace distinciones y exige que nosotros tampoco las hagamos, como bien instruye el Apóstol Santiago (St. 2, 1-5). Y si alguna preferencia tiene el Señor es por los pobres, pero sobre todo por los que son pobres espirituales.

La pobreza material puede ir acompañada o no de la pobreza espiritual. La pobreza material por sí misma no santifica. La pobreza espiritual, sí. La material hay que remediarla. La espiritual hay que promoverla. La espiritual consiste en sabernos necesitados de Dios, en sabernos débiles si no tenemos la fuerza de Dios, en reconocernos incapaces de nada si Dios no nos capacita, en saber poner nuestra esperanza sólo en Dios.
Desde el Antiguo Testamento se habla de esta pobreza espiritual:
Is. 66, 6: "fijo realmente mis ojos en el pobre y en el corazón arrepentido, que se estremece por mi Palabra".
Is. 61, 1: "Me ha enviado para llevar la buena nueva a los pobres".
Sof. 2, 3: "Busquen a Yavé, todos ustedes pobres del país que cumplen sus mandatos".
Sof. 3, 12: "Dejaré un pueblo humilde y pobre, que buscará refugio sólo en el Nombre de Yavé".

Tener pobreza espiritual es saber que es Dios Quien hace maravillas en nosotros, como bien lo proclamó la Santísima Virgen María en el Magnificat: "el Poderoso ha hecho maravillas en mí" (Lc. 1, 46-55). Esa promesa se cumplirá en aquéllos que seamos pobres espirituales, quienes -como María- nos demos cuenta que no somos nosotros, sino que es Dios el que hace maravillas en quienes Lo reconocemos a El como el Todopoderoso. "¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman?", nos dice el Apóstol Santiago. Y una de las condiciones para heredar su Reino es el hacernos pobres espirituales.

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