12 Marzo 20172 Cuaresma

Homilia de Padre Phil Bloom
Stmaryvalleybloom.org
* Disponible en Inglés - ve Homilías Inglés
2 Cuaresma
La Mejor Cuaresma: Oracion Cambia Todo
(12 de marzo de 2017)

Mensaje: Crear un espacio libre de distracciones para 10 minutes de silencio - comunion con Dios. Preguntale que piensa el que debes hacer. Oracion cambia todo.

Hoy celebramos el Primer Domingo de Cuaresma 2017. Les invito hacer la Mejor Cuaresma. Al final de la homilia te pedira sacar tu Diario de la Misa, un cuaderno, un pedazo de papel o aun tu celular y escribir un pensamiento - del canto, lecturas o homilia - un pensamiento que te ayudara ser la Mejor Version de Ti Mismo. Algunos dicen "la misa es aburrida" pero realmente escuchamos? Nos abrimos a lo que Dios quiere decirnos? Pues, pruebalo - un solo pensamiento para llevar a tu oracion.

El Miercoles de Ceniza Matthew Kelly hablo de ponerno en medio de las complicaciones de este mundo y hacer una diferencia. Vimos como podemos hacerlo por tomar un paso de oracion, ayuno o limnosna.

Hoy enfocamos en la oracion. Aqui es la pregunta de Resistiendose a la Felicidad:
Oracion cambia todo; como ha la oracion impactado tu vida?

Como Matthew Kelly dice, "Nada cambia hasta que damos la oracion diaria un lugar en nuestras vidas." Continua, "Toma diez minutos para sentarse con Dios en silencio. Presentarle el mayor asunto con que estas luchando en este momento, y preguntarle a Dios, 'Que piensas que debo hacer?'"

Jesus no tomo solamente diez minutos, sino cuarenta dias. Habia recibido el bautismo de Juan y necesito tiempo solo con su Padre antes de lanzar su ministerio publico.

Vemos que el diablo echa obstaculos en el camino. Quiere molestar la oracion - nuestra comunicacion con Dios. Como dice Matthew Kelly, "Resistencia quiere ocuparnos con cualquier cosa menos la unica cosa que mas nos ayudara a crecer."

He notado que cuando me siento para rezar, ciertos piensamientos inundan mi mente. Me acuerdo de lo que tengo en el refrigerador y que rico seria un sandwich de queso fundido. O empiezo pensando en alguna tarea o quizas alguna ofensa y como podia haber respondido.

De donde viene todo esto? Resistencia odia la oracion. Resistencia sabe que la oracion puede hacer toda la diferencia. Diez minutos de silencio esuchando a Dios - puede hacer toda la diferencia.

Muchos de ustedes han hecho un compromiso a unirse con otros miembros de la parroquia en rezar a las 3 pm por nuestro pais y sus lideres. Si pierdes un tiempo especifico, no te desanimes. Rezar en la tarde o en el momento que puedes.

Notar que Jesus fue al desierto. Cuando rezamos debemos crear un espacio como el desierto - libre de distracciones. Yo se que si miro al correo electronico o las noticias, entro en una cadena de distracciones. Entonces, no al celular y la computadora en su lugar de oracione. Esos mensajes esperaran 10 o 20 o una hora.

Ahora, yo se que les dije que puedan usar el celular al final de la homilia para escribir una manera que Dios esta diciendote como esta semana puedes ser Mejor Version de Ti Mismo. Si usas tu celular, transferir tu pensamiento a una cuaderno. Lo que escribes, usalo durante tu oracion esta semana.

Quiero que hagas la Mejor Cuaresma. Podemos hacerlo por seguir el ejemplo de Jesus al ir al desierto. Crear un espacio libre de distracciones para 10 minutes de silencio - comunion con Dios. Preguntale que piensa el que debes hacer. Oracion cambia todo. En las palabras del Salmo de hoy: "Crea en mi un corazon puro, renuevame por dentro con espiritu firme."

(Pausa) Ahora, saca tu Diario de Misa o cuadernito o aun celular y escribe una idea que puede ayudarte esta semana ser la mejor version de ti mismo.


Homilia de la Parroquia Nuestra Senora de la Caridad del Cobre, Caracas
Homilia.org
2 Cuaresma
Domingo 2 de Cuaresma Ciclo "A"
12 de Marzo de 2017

Las Lecturas de este Segundo Domingo del Tiempo de Cuaresma nos hablan de cómo debe ser nuestra respuesta al llamado que Dios hace a cada uno de nosotros ... y cuál es nuestra meta, si respondemos al llamado del Señor.

En la Primera Lectura (Gn. 12, 1-4a) se nos habla de Abraham, nuestro padre en la fe. Y así consideramos a Abraham, pues su característica principal fue una fe indubitable, una fe inconmovible, una fe a toda prueba. Y esa fe lo llevaba a tener una confianza absoluta en los planes de Dios y una obediencia ciega a la Voluntad de Dios. A Abraham Dios comenzó pidiéndole que dejara todo: "Deja tu país, deja tus parientes y deja la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré".

Y Abraham sale sin saber a dónde va. Ante la orden del Señor, Abraham cumple ciegamente. Va a una tierra que no sabe dónde queda y no sabe siquiera cómo se llama. Deja todo, renuncia a todo: patria, casa, familia, estabilidad, etc. Da un salto en el vacío en obediencia a Dios. Confía absolutamente en Dios y se deja guiar paso a paso por El. Abraham sabe que su vida la rige Dios, y no él mismo.

Dios le exigió mucho a Abraham, pero a la vez le promete que será bendecido y que será padre de un gran pueblo. En la Segunda Lectura (2 Tim. 1, 8-10) leemos a San Pablo insistiendo en el llamado que Dios nos hace. Nos dice: "Dios nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida"; es decir, a que le entreguemos a El todo lo que somos y lo que tenemos, pues todo nos viene de El. Y nos dice además San Pablo que Dios nos llama, no por nuestras buenas obras, sino porque El lo dispone así de gratis, sin merecerlo nosotros.

Si Abraham respondió con tanta confianza y tan cabalmente al llamado de Dios, un Dios desconocido para él -pues Abraham pertenecía a una tribu idólatra- ¡cómo no debemos responder nosotros que hemos conocido a Cristo!

El Evangelio (Mt. 17, 1-9) nos relata la Transfiguración del Señor ante Pedro, Santiago y Juan. Jesucristo se los lleva al Monte Tabor y allí les muestra algo del fulgor de su divinidad. Y quedan extasiados al ver "el rostro de Cristo resplandeciente como el sol y sus vestiduras blancas como la nieve". Es de hacer notar que este evento tiene lugar unos pocos días después del anuncio que Cristo les había hecho de que tendría que morir y sufrir mucho antes de su muerte. Jesús quería que esta vivencia de su gloria fortaleciera la fe de los Apóstoles. Ellos habían quedado muy turbados al conocer que el Señor sería entregado a las autoridades y que sería condenado injustamente a una muerte terrible… Y que luego resucitaría.

Tanta relación tiene la Transfiguración de Jesucristo con su Pasión y Muerte, que en el relato que hace San Lucas de este evento, se ve a Moisés y Elías "resplandecientes, hablando con Jesús de su muerte que debía cumplirse en Jerusalén" (Lc. 9, 31).

Con esto Jesucristo quiere decirle a los Apóstoles que han tenido la gracia de verlo en el esplendor de su Divinidad, que ni El -ni ellos- podrán llegar a la gloria de la Transfiguración -a la gloria de la Resurrección- sin pasar por la entrega absoluta de su vida, sin pasar por el sufrimiento y el dolor. Así se los dijo en el anuncio previo a su Transfiguración sobre su Pasión y Muerte: "El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera asegurar su propia vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la hallará" (Mt. 16, 24-25). Esa renuncia a uno mismo fue lo que Dios pidió a Abraham ... y Abraham dejó todo y respondió sin titubeos y sin remilgos, sin contra-marchas y sin mirar a atrás. Esa renuncia a nosotros mismos es lo que nos pide hoy el Señor para poder llegar a la gloria de la Resurrección.

No hay resurrección sin muerte a uno mismo y tampoco sin la cruz de la entrega absoluta a la Voluntad de Dios. A eso se refiere el "perder la vida por mí", que nos pide el Señor. Y recordemos lo que El mismo nos advierte: el que quiera asegurar lo que cree que es su propia vida, terminará por perderla, pero el que pierda por Mí eso que considera su propia vida, podrá entonces hallarla. Recordemos, también, que la resurrección y la gloria del Cielo es la meta de todo cristiano. En efecto, así aprendimos en desde nuestra Primera Comunión: fuimos creados para conocer, amar y servir a Dios en esta vida, y luego gozar de El en la gloria del Cielo. Esa gloria nos la muestra Jesús con su Transfiguración. Ahora bien ¿cómo puede ser esto de que Jesús a veces se veía como un hombre cualquiera y a veces mostraba su divinidad? Veamos la explicación teológica: el alma de Jesús, unida personalmente al Verbo -que es Dios (Jn. 1, 1)-, gozaba de la Visión Beatífica, lo cual tiene como efecto la glorificación del cuerpo. Pero esa glorificación corporal no se manifestaba en Jesús corrientemente, porque Jesús quiso asemejarse a nosotros lo más posible. La Transfiguración fue, entonces, uno de esos pocos momentos privilegiados en que Jesús mostró parte de su gloria.

La gloria es el fruto de la Gracia. Y Jesús es la Gracia misma. Jesús posee la Gracia en forma infinita y eso se traduce en un gloria infinita. Esa gloria infinita transfigura totalmente la carne que recibió al hacerse ser humano, como nosotros. ¿Para qué este razonamiento teológico? ¿Tiene esta explicación algún sentido para nuestra vida espiritual, alguna aplicación práctica? Sí la tiene. Veamos ... En nosotros sucede algo semejante. La Gracia nos transforma. Esto lo trata San Pablo (2 Cor. 3, 12-18) cuando nos habla del velo con que Moisés se cubría la cara después de estar en la presencia de Dios (Ex. 34, 35). Mientras la Gracia nos transfigura con la luz que le es propia, como sucedía a Moisés al estar delante de Dios, el pecado nos desfigura con la oscuridad y tinieblas, propias del pecado y del Demonio (Jn. 1, 5; 3, 19; Hech. 26, 18).

Y es audaz San Pablo al afirmar que él y los cristianos que habían recibido la Gracia no tenían que andar con el rostro cubierto como Moisés, sino que "reflejamos, como en un espejo, la Gloria del Señor, y nos vamos transformando en imagen suya, más y más resplandecientes, por la acción del Señor". (2 Cor 3, 18)

Esa es la acción de la Gracia, es decir, de la vida de Dios en nosotros: luz, vida, resplandor, etc. Pero más que eso, la Gracia Divina nos va haciendo imagen de Cristo. De allí la importancia de vivir en Gracia, es decir, sin pecado mortal en nuestra alma. Además, huyendo del pecado y/o arrepintiéndonos en la Confesión Sacramental cada vez que caigamos. Una Confesión bien hecha, en la que descargamos nuestros pecados graves y no graves, restaura inmediatamente la Gracia. Y esa Gracia debe ir siempre en aumento: con la Eucaristía, la oración, las obras buenas, la práctica de las virtudes, etc.

La Gracia la recibimos inicialmente en el Bautismo y hemos de irla aumentando a lo largo de nuestra vida en la tierra, hasta el día en que disfrutemos ya de la Visión Beatífica de Dios en el Cielo y, en la contemplación de la gloria de Dios, seremos también trasfigurados, "seremos semejantes a El, porque lo veremos tal como es" (1 Jn. 3, 2). Para ese momento sí podremos verlo "cara a cara" (1 Cor. 13, 12).

Tan bello y agradable era lo que vivieron los Apóstoles en la Transfiguración, que Pedro le propuso al Señor hacer tres tiendas, para quedarse allí. ¡Señor, qué bueno sería quedarnos aquí", exclama San Pedro. Así de agradable y de atractiva es la gloria del Cielo, en la que provoca quedarse allí para siempre. Y eso precisamente nos lo ha prometido el Señor: nos ha prometido la felicidad total y absoluta, para siempre, siempre, siempre. Ese es el gozo del Cielo, que los Apóstoles pudieron vislumbrar en los breves instantes de la Transfiguración del Señor.

La entrega requerida para llegar a esa meta nos la muestra Abraham, padre de los creyentes, que dejó todo a petición de Dios. Y nos la muestra, por supuesto, el mismo Jesucristo con su entrega absoluta a la Voluntad del Padre, hasta llegar a la muerte en la cruz, para luego resucitar glorioso y transfigurado. Y esa resurrección la ha prometido también a todo aquél que cumpla la Voluntad de Dios.
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